Las Leonas: el corazón que siempre puede más, aunque la infraestructura no alcance
Las Leonas son una prueba de la capacidad argentina para producir deportistas exitosos. ¿Qué podríamos lograr si no tuviéramos que hacerlo "a pesar de todo"?
Las Leonas cortaron con la hegemonía de Países Bajos y son campeonas del mundo.
Foto: EFEHay triunfos que se gritan. Hay triunfos que emocionan. Y hay triunfos que, además de hacernos sentir orgullosos, deberían hacernos pensar. Cada vez que Las Leonas levantan una copa, que cantan el himno con la camiseta celeste y blanca, que se abrazan después de una victoria, hay algo que nos atraviesa. Porque detrás de esas jugadoras hay talento, sí. Hay trabajo, disciplina, profesionalismo y condiciones excepcionales.
Pero también hay otra historia. Una que casi nunca entra en la foto del festejo: la historia de un deporte que, demasiadas veces, se sostiene a pulmón. La de padres que hacen cuentas para pagar viajes, cuotas, elementos, traslados, concentraciones y todo aquello que, aunque no aparezca en una planilla, resulta imprescindible para que una jugadora pueda competir. La de familias que acomodan horarios, vacaciones y presupuestos para acompañar un sueño que muchas veces comienza cuando sus hijas son apenas unas niñas.
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Porque para llegar a ese nivel no alcanza con entrenar. Hay que dormir bien, estudiar, entrenar, viajar, recuperarse, alimentarse correctamente y volver a empezar. Hay que encontrar horas donde no las hay. Hay que repartir el día entre la escuela o la universidad, el trabajo —cuando llega—, el gimnasio, el club y los entrenamientos.
Y también hay que ocuparse de todo lo que sucede alrededor: la consulta con el psicólogo para aprender a manejar la presión, el kinesiólogo para recuperar un cuerpo que recibe cada semana una exigencia enorme, el nutricionista intentando hacer magia con un presupuesto que muchas veces no alcanza para cumplir exactamente con lo que recomienda. Porque hasta alimentarse para ser deportista de alto rendimiento puede convertirse en un esfuerzo familiar.
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Y están los viajes. Kilómetros y kilómetros para entrenar, para jugar, para ser evaluada, para formar parte de una concentración. Horas arriba de un colectivo que también son horas que se restan al descanso, al estudio, a la familia. Todo aquello que parece pequeño cuando se mira desde afuera es enorme cuando se vive desde adentro.
Y, sin embargo, ahí están. Con un corazón enorme, con una cabeza cada vez más preparada, con una pasión que no se negocia... Buscando siempre un poquito más. Un poco más de entrenamiento, un poco más de preparación, un poco más de conocimiento, un poco más de competencia.
Porque saben que todo lo que puedan conseguir afuera después puede volver al club, a Mendoza, a su equipo, a una selección provincial. Y, quizás algún día, a la Selección argentina.
Para las jugadoras del interior, el camino es todavía más largo. Hay una desigualdad de la que se habla poco: no todas las jugadoras tienen las mismas posibilidades de entrenar. Para una jugadora del interior, conseguir minutos en una cancha de agua puede ser casi un privilegio. Y el hockey sobre agua es otro deporte: la bocha corre distinto, la velocidad es otra, la toma de decisiones tiene que ser más rápida. El cuerpo responde diferente.
Pero una cancha de agua no está en cada club. Y una bocha no cuesta lo mismo para todos.
Entonces hay que viajar. Si aparece la posibilidad de formar parte de un proceso regional o nacional, hay que subirse a un micro y recorrer cientos de kilómetros. Llegar a una concentración intentando estar lo más fresca posible, dormir en un hotel o alojamiento, compartir habitación, llegar a un lugar donde muchas veces nadie conoce tu nombre, tu posición, tu historia ni todo lo que tuviste que hacer para estar ahí.
Y entonces aparece una camiseta, una cancha y una oportunidad. Y hay que darlo todo, porque quizás no haya una segunda oportunidad. Y si querés tener un poco más de posibilidades, si querés estar más cerca de los lugares donde te puedan ver, aparece otra decisión enorme: mudarte a una gran ciudad y dejar a tus afectos a kilómetros, cambiar de club, de vida. Aprender a arreglarte sola.
Todo por perseguir un sueño que parece imposible. El sueño de vestir la celeste y blanca.
La lista
Y hay otra palabra que atraviesa la vida de una deportista desde muy chica: lista. La lista de convocadas, la lista de las que siguen, la lista de las que quedan afuera... aprender desde pequeña a convivir con la ansiedad de esperar un nombre. Aprender a celebrar cuando aparece y a levantarse cuando no está. Porque el alto rendimiento también es eso: aprender a tolerar la incertidumbre.
Y ahí aparecen los padres, los compañeros de equipo, los entrenadores, los amigos, los que abrazan cuando llega la convocatoria y los que sostienen cuando no llega. Los que ayudan a entender que quedar afuera de una lista no significa quedar afuera del sueño. Porque el sueño sigue. Y quizás esa sea una de las mayores fortalezas de nuestros deportistas: la capacidad de volver a intentarlo.
¿Hasta cuándo vamos a celebrar solamente el resultado?
Argentina tiene una capacidad extraordinaria para producir deportistas que compiten y ganan en el mundo. Las Leonas son una prueba permanente de eso. Pero también lo son nuestros atletas, nuestros equipos, nuestros nadadores, nuestros jugadores de hockey, nuestras selecciones juveniles.
Año tras año aparecen historias de deportistas argentinos que llegan a lo más alto. Y, sin embargo, hay algo que no cambia: seguimos dependiendo demasiado del esfuerzo individual. De la familia que puede pagar. Del club que hace malabares. Del entrenador que pone horas de más. De la jugadora que resigna descanso. Del padre que maneja cientos de kilómetros. De la madre que organiza toda la vida familiar alrededor de un entrenamiento.
Es casi como si cada triunfo confirmara que podemos hacerlo a pesar de todo. Y quizás la pregunta debería ser otra: ¿Qué podríamos lograr si no tuviéramos que hacerlo a pesar de todo?
No se trata de quitarle mérito al sacrificio. Todo lo contrario, se trata de reconocerlo. Porque si a nuestros deportistas les hacemos el camino un poco más fácil, probablemente no dejarán de esforzarse, no van a entrenar menos, no van a perder el hambre, no van a competir con menos pasión. Seguramente van a llegar más lejos.
Con mejores instalaciones, con más canchas de agua, con más horas de entrenamiento, con acceso real a profesionales de la salud deportiva, con nutrición adecuada, con apoyo psicológico, con mejores condiciones para viajar y descansar...
No para regalarles el lugar, sino para darles las herramientas que necesitan para pelearlo. Porque detrás de cada Leona hay una niña que alguna vez empezó a correr detrás de una bocha. Y detrás de esa niña hay una familia que creyó, un club que le abrió sus puertas, un entrenador que vio algo, un grupo de compañeras, un psicólogo, un kinesiólogo, un nutricionista. Un micro, una cancha, una bocha, una lista. Una oportunidad.
Y cientos de horas de esfuerzo que nadie ve.
Por eso cada vez que Las Leonas ganan, festejamos. Claro que festejamos. Porque nos emocionan, porque nos representan y porque nos recuerdan que el talento argentino puede estar entre los mejores del mundo.
Pero quizás también sea momento de mirar un poco más allá de la medalla. De mirar a las que vienen, a las que entrenan cuando ya no tienen más horas en el día, a las que estudian después de entrenar, a las que viajan toda la noche para llegar a una concentración, a las que esperan una lista, a las que quedan afuera y vuelven al club al día siguiente, a las que sueñan con una cancha de agua, a las que juntan dinero para comprar una bocha, a las que se van del interior para estar un poco más cerca de su sueño. Y también a esos padres que, silenciosamente, hacen posible que todo eso suceda.
Porque hay sueños que parecen imposibles. Pero cuando hay talento, trabajo, pasión y un corazón enorme, muchas veces terminan siendo reales.
La pregunta que nos queda como sociedad es si vamos a seguir esperando que nuestros deportistas demuestren que pueden hacerlo a pesar de todo, o si alguna vez vamos a decidir que también merecen que el camino hacia la gloria sea un poco más justo.
Mientras tanto, ahí están ellas. Las Leonas. Y detrás de ellas, miles de pequeñas Leonas que siguen corriendo detrás de una bocha con la ilusión intacta, con la ansiedad de una próxima lista, con sus familias empujando, con sus clubes sosteniendo. Con un sueño enorme.
Y con esa maravillosa costumbre argentina de creer que, aunque parezca imposible, se puede.