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Gimnasia se olvidó de sí mismo: pasó del aplauso al desconcierto en 15 minutos fatales

Gimnasia volvió a mostrar su versión más inestable: jugó un gran primer tiempo, pero se desdibujó tras el descanso y perdió ante un rival que no perdonó.

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Alf Ponce Mercado / MDZ

Hay equipos que tienen una identidad. Y hay equipos que tienen varias, como si fueran personas distintas atrapadas en el mismo cuerpo. Gimnasia y Esgrima de Mendoza pertenece, por ahora, a ese segundo grupo. El que se olvida de sí mismo.

Porque durante 45 minutos fue un equipo serio. Ordenado. Incluso maduro. Supo cuándo morder y cuándo soltar. Cuándo defender y cuándo animarse. Un equipo que no solo entendía el partido, sino que lo interpretaba con cierta elegancia, como quien lee un libro por segunda vez.

Pero el problema es que, en el entretiempo, alguien apagó la luz. O peor: alguien le borró la memoria.

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El Gimnasia desconocido que nadie quiere ver

El complemento fue otra cosa. Otro equipo. Otra historia. Como si esos primeros 45 minutos no hubieran existido. Como si el libreto se hubiera perdido en el vestuario.
Y en ese vacío, en ese momento donde el fútbol exige carácter o al menos coherencia, apareció Estudiantes de La Plata.

Y lo hizo como hacen los equipos grandes: con jerarquía, con contundencia, con la tranquilidad de quien sabe que no necesita dominar, sino acertar.

En quince minutos resolvió todo.

Gimnasia, en cambio, entró en esa zona incómoda donde no se sabe si atacar o resistir. Donde las decisiones llegan tarde. Donde la pelota quema. Y ahí, el partido se le fue de las manos. Otra vez.

Porque no es la primera vez que le pasa.

Hay algo en este equipo que se rompe fácil. Algo que no logra sostenerse en el tiempo. Una especie de inestabilidad emocional futbolística, una versión ciclotímica que lo hace pasar del aplauso al silencio en cuestión de minutos.

Gimnasia de Mendoza vs Estudiantes Torneo Apertura 2026

Un equipo con cambios que no cambian nada

Los cambios, por ejemplo. Ese recurso que debería modificar el rumbo, apenas sirvió para confirmar el problema. No cambiaron nada. Y cuando los cambios no cambian, dejan de ser cambios: son simples sustituciones, movimientos administrativos en una planilla.

La salida de Paredes, obligado por lesión, fue más que una variante: fue un golpe estructural. Con él se fue parte del orden. Cortez entró y no desentonó, pero tampoco pudo ser lo que el equipo necesitaba. Porque no se trata de rendir bien, se trata de encajar. Y por momentos no encajó.

Después vino lo de Módica. Otra lesión. Otro problema. Y entonces apareció Ferreira, con la tarea ingrata de ser referencia en un equipo que ya no sabía ni cómo atacaba. No pudo aguantar una pelota difícil, no logró incomodar. Para un nueve, eso es casi una sentencia.

Armoa tampoco terminó de explicar por qué sigue teniendo crédito. Ni siquiera en los minutos que tuvo. Y los ingresos de Carrera y Simoni fueron apenas un suspiro: poco tiempo, poca influencia, poca solución.

El problema no es solo individual. Es colectivo. Es conceptual.

Gimnasia no entiende los momentos del partido. No interpreta cuándo sostener y cuándo arriesgar. No encuentra respuestas desde el banco. Y sin chispa en los últimos metros, el gol se vuelve una utopía.

En el fútbol argentino, y más en la Liga Profesional de Fútbol, la diferencia muchas veces está en la jerarquía. Y ahí, hoy, Estudiantes le saca varios cuerpos.

No hizo falta mucho más.

Porque mientras uno dudaba, el otro resolvía.

Y en ese contraste, en esa distancia invisible pero determinante, se escribió una derrota que no sorprende… pero empieza a preocupar.