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Enzo Pérez, el símbolo en una tarde en la que el fútbol quedó en segundo plano

Enzo Pérez tuvo un partido discreto desde lo futbolístico, pero terminó siendo uno de los grandes protagonistas de la noche por todo lo que significó su regreso al Gambarte.


Enzo Pérez no tuvo un gran partido. Tampoco estuvo cerca de tenerlo. El mediocampista de Deportivo Maipú jugó lejos del arco de Godoy Cruz, más cerca de los centrales que del bloque ofensivo y con una participación mucho más relacionada con el orden que con la generación de juego.

Se lo vio lento, con poco desplazamiento e impreciso en varios pases. No fue el futbolista determinante que alguna vez supo ser ni apareció como una pieza decisiva desde lo futbolístico en el triunfo del Cruzado.

Su aporte estuvo, quizás, en otro lugar.

Desde la palabra, intentando ordenar, acomodar posiciones y transmitir experiencia a sus compañeros. Un rol menos visible y mucho menos determinante con la pelota, pero posiblemente importante para sostener a un equipo que tuvo que resistir durante buena parte del partido.

Pero si el rendimiento futbolístico de Pérez fue discreto, su partido emocional fue enorme.

Desde que llegó al Gambarte supo que tendría que convivir con un escenario incómodo. Los silbidos aparecieron desde la llegada del colectivo de Maipú. Después llegaron los insultos. Y hubo una palabra que se repitió durante toda la tarde: “desagradecido”.

Cada vez que tocó la pelota, la respuesta volvió desde las tribunas.

Y Pérez no se escondió.

Siguió jugando, siguió intentando ordenar a su equipo y terminó viviendo una de esas escenas que difícilmente olvidará: arrodillado en la mitad de la cancha, festejando una victoria de enorme importancia para Maipú y besándose el escudo.

Ahí estuvo, probablemente, la verdadera dimensión de su partido.

Porque más allá de lo que hizo o dejó de hacer con la pelota, Enzo Pérez sabía perfectamente lo que estaba en juego. No solamente eran tres puntos. Era su regreso al lugar donde comenzó una parte fundamental de su carrera, ahora con otra camiseta y frente a un público que le hizo saber que no estaba de acuerdo con algunas decisiones de su historia.

El fútbol fue discreto. El símbolo fue enorme.

Pérez se fue del Gambarte con una victoria que seguramente tendrá un significado especial. Recibió silbidos, insultos y reproches durante buena parte de la tarde, pero terminó celebrando con la camiseta de Maipú, besando el escudo y mirando hacia un escenario que alguna vez fue parte de su historia.

Quizás no fue su mejor partido.

Pero probablemente sí fue uno de los más intensos emocionalmente.