Adiós al Víctor Legrotaglie: gracias por todo, Maestro
Cuentan que escapó de otro mundo, un universo que no existe, un inalcanzable y lejano paraíso al que pertenecen unos pocos. Que desafió a la lógica y se robó las inferiores para irrumpir con su fina estampa directamente en las canchas de Primera. Que eligió su propia banda para defender los colores de toda su vida y que amó esa camiseta en blanco y negro casi un tanto más que a los suyos.
Que dormía poco y soñaba mucho. Que le armó un desbarajuste de fútbol a un San Lorenzo temible una lejana tarde de octubre. Que vestía con el 8 en la espalda pero jugaba con el 10 en los pies. Que tiene los pasajes que le envió el Inter y el Real Madrid guardados en el cajón de su mesa de luz porque eligió atesorar los recuerdos en el amor de su barrio.
Cuentan que Víctor Antonio Legrotaglie ganó un sinfín de partidos y perdió la final de su vida cuando una goleada en contra le robó a su pequeño hijo Cocó. Que entre algunos de sus compadres estuvo un tal Nicolino y que juntos eran intocables. Que mandó alguna que otra noche a la tribuna y que se mandó alguna que otra brillantez en una tarde de fútbol cualquiera. Dicen eso y tanto más.
Aún se lo suele ver en el patio enorme de su casa, sufriendo con un amor inolvidable, recreando una y otra vez sus gestas más entrañables, esas que descansan inmortalizadas en las retinas de aquellos que tuvieron el placer de verlo gambetear sin internet. Ya no viste pantalones cortos, colgó su galera. La función terminó. Gracias por todo, Maestro.
