Las sonrisas de las islas olvidadas con las migajas en el mantel
El primer resultado impactante del Mundial de Rugby 2023 fue de Fiji. Uno de los equipos isleños -que llegaba bien perfilado a Francia- derrotó al seleccionado australiano (con tres fiyianos en su plantel) y cortó una racha de 69 años sin triunfos ante los Wallabies, con su sello distintivo de un juego ambicioso de ataque, pelota viva y disfrute total; pero agregando control a situaciones libradas al azar en un pasado no tan lejano. ¿Casualidad? Hay argumentos para pensar lo contrario, al margen de la sangría histórica que han sufrido los seleccionados del Pacífico a manos de las potencias que buscan talento joven en las islas.
Nadie Veivuke miraba atenta la televisión. El seleccionado de Fiji de Seven se presentaba en los Juegos del Pacífico 2011 en Nueva Caledonia. Cuando juega la selección, el país se paraliza. Luego de las dos consagraciones olímpicas en 2016 y 2021, la celebración incluyó varios feriados en el camino. En el triunfo y en la derrota también, siempre aparecerán los espacios para sonrisas varias y señales de constante agradecimiento. Así fue que la chica que disfrutaba del espectáculo deportivo a distancia, descubrió a su novio con un inconfundible primer plano y la gráfica que lo marcaba con nombre y apellido: Levani Botia.
Actualmente una de las estrellas del equipo de XV, que en ese entonces trabajaba como guardia en una prisión. El Seven es pasión total en Fiji y los torneos abundan: jugando para el equipo de oficiales fue descubierto por Waisale Serevi (el jugador más importante de la historia de la disciplina) y lo invitó a formar parte del seleccionado. Claro, Botia tenía muy clara aquella primera charla con Nadie: “no me gustan los jugadores de rugby”, le dijo. Mentira al margen, todo resultó de maravillas para el jugador ya que llevan años de casados con Veivuke y disputa su tercera Copa del Mundo con su selección. Cuando cuentan la anécdota, los dos ríen.
La historia de Semesa Rokodugini también tiene tintes armamentistas. Es que la relación Fiji-Reino Unido sigue vigente y el país isleño forma parte de la Mancomunidad de Naciones. Al igual que abuelo y padre, Rokoduguni sirvió en el ejército con misiones incluidas en territorio de Afganistán. En este caso, el potente wing, aceptó el llamado para representar al seleccionado de Inglaterra por la regla de naturalización al pasar tres años en un mismo país. Eran épocas de importación al por mayor para el seleccionado de La Rosa, que podía armar una tercera línea completa con el neozelandés Brad Shields, el sudafricano Michel Rhodes y el fiyiano Nathan Hughes. Este último encendió el debate en la previa de un muy polémico -afuera del campo- test entre Inglaterra y Fiji. “Me encantaría que Fiji tuviera más recursos, pero así son las cosas. Simplemente tienen que afrontarlo y vivir de lo que tengan”, dijo Hughes en su momento y agregó que “es la decisión que tomé: juego rugby para mantener a mi familia y darles refugio”. Mientras explicaba que no cantaría los dos himnos, sólo el God Save The King, abría la puerta a un tema claro y concreto: las diferencias económicas entre las grandes potencias y los equipos emergentes eran astronómicas. En aquel encuentro, cada jugador inglés embolsó unas 20 mil libras esterlinas. Los fiyianos se contentaron con 400 dólares cada uno.
Fiji sólo se perdió el Mundial de 1995 y fue cuartofinalista en dos ediciones. Samoa no fue invitado en el estreno de 1987, pero hizo cuartos en los dos Mundiales siguientes con equipos poblados de jugadores que quedaban marginados de las convocatorias de los All Blacks neozelandeses. Tonga solamente se ausentó en 1991. Nunca superó la primera instancia, pero consiguió resultados de impacto como el triunfo ante Francia en 2011. El documental Pacific Warriors muestra crudas realidades de estas selecciones, incluso en torneos grandes: los tonganos entrenaron en un parque público en 2007 y dejaron de lado cualquier recomendación de un saludable plan de alimentación apelando al barato pollo frito durante gran parte del certamen.
Los equipos isleños son un clásico en los torneos ecuménicos e históricamente presentan un juego bien apegado a sus raíces: el famoso potrero aplica para describir las bases con las que transitan este deporte los tres equipos, haciendo gala de sus privilegiados físicos y también de una clara intención por tomar riesgos; incluso en momentos donde esas condiciones no aplican para la media del deporte de alta competencia. Así son. Y lo disfrutan. Porque los origines se ven reflejados también afuera del campo, con campamentos de entrenamientos donde reina la camaradería, la gratitud y el espacio para los rituales clásicos de cada comunidad.
Si bien el Haka de Nueva Zelanda es el emblema de las danzas tribales deportivas en el Bussines Show del deporte Mundial, los tres equipos isleños tienen su tiempo previo a los partidos donde ofrecen el espectáculo de reconocimiento a antepasados con el Cibi (Fiji), Siva Tau (Samoa) y Sipi Tau (Tonga). Finalizado el partido, es incluso más prolongado el tiempo que se toman para saludar a compañeros y rivales, siempre con una sonrisa en sus rostros, e invitarlos a participar de un rezo en conjunto.
Y en conjunto justamente, los votos también pesan. Tras la reelección del inglés Bill Beumont como presidente de World Rugby, llegó el cambio en la famosa regla 8 del reglamento de elegibilidad. Casi como una limosna, los equipos isleños encontraron algo de consuelo para intentar ser más competitivos en los torneos importantes. Sin competencia anual de peso, conformar buenos seleccionados siempre fue un dolor de cabeza para estos combinados. Es que en esto de las reglas, la número 9 obliga a los clubes profesionales a ceder a los jugadores convocados a un seleccionado en el período de las ventanas internacionales. Claro que, en época de negociación, los directivos entienden a la perfección el manual universal de la presión sobre el bolsillo ajeno y dejan el contrato arriba de la mesa atado a…. Ustedes sabrán entender.
Por eso no sorprende la baja de Peceli Yato del seleccionado de Fiji. El forward de 30 años estaba dentro de la nómina del Mundial, entrenando con el equipo, pero decidió autoexcluirse por “motivos personales”. Luego renovó contrato con el Clermont francés por dos años más. Es imposible quitar la palabra dinero en este texto: las débiles economías de los países del Pacífico chocan con la oportunidad de oro al desarrollar una carrera deportiva fuera de su tierra para muchos de estos protagonistas. Queda bien retratado este ejemplo en la película Mercenario en la que actúa el tres veces mundialista con Los Pumas, Omar Hasán. Allí se narra la historia de un joven talento de Nueva Caledonia arribando a territorio francés con una propuesta inmejorable de un representante local para jugar al rugby. Obviamente, en nada se parece la realidad a esa sabrosa oferta inicial y el chico vive una encrucijada constante, encontrando refugio en la comunidad de isleños que ya conocen el asunto a la perfección. Siempre volver.
El regreso a sus tierras es habitual para los jugadores de los tres países, incluso los que representan a otras naciones. El Tongan Thor -sí, en su apodo aparece su país de origen- Taniela Tupou juega para Australia. Tiempo atrás se hicieron virales sus corridas a pura potencia desde pequeño y fue captado por los australianos, quienes lo formaron y ahora lo disfrutan. Sin embargo, en sus redes sociales, cuando no hay espacio para alguna story superando alguna marca personal levantando pesas, encuentra refugio en su Tonga natal. Allí, metido en medio de la selva, se lo puede ver como uno más, compartiendo con los habitantes locales diversas tradiciones de su comunidad. Malakai Fekitoa es otro de los refuerzos de Tonga en este Mundial, aunque fue campeón del mundo en 2015 con Nueva Zelanda. Él también volvió. Antes. Al correr, se puede notar un cambio de paso que escapa de la media de los movimientos habituales de un jugador de elite: una de sus piernas es más corta que la otra. De chico, la caída de una puerta sobre su cadera le provocó una grave lesión. La familia decidió enviarlo a casa de su abuela. En medio de la selva tongana, un año en cama sin lograr caminar, pero con curaciones por intermedio de medicinas naturales abrieron la puerta a un inquieto Fekitoa que -al margen de la prohibición de su madre de practicar deportes- lo depositaron en el radar neozelandés mientras jugaba con uno de sus hermanos en una plaza.
Fekitoa es uno de los siete jugadores tonganos que se vieron beneficiados con la nueva regla de elegibilidad antes mencionada: deben haber estados tres años ininterrumpidos sin representar a su antigua selección y demostrar raíces comprobables con el nuevo país que los convoca (propio nacimiento, de padres o abuelos). Samoa también aprovechó el cambio de normativa y repatrió a tres ex All Blacks y un ex Wallabie. Steven Luatua -que jugó para Nueva Zelanda-, fue la primera gran incorporación del Bristol inglés, en un momento donde ese equipo intentaba volver a los primeros planos desde la segunda división y le ofreció un jugoso contrato: fue el jugador mejor pago del mundo. Además, los samoanos sumaron al emblemático Christian Leali´ifano uno de los grandes ejemplos de superación en el mundo del deporte: atravesó una leucemia, volvió a jugar profesionalmente y disputó el último Mundial con los Wallabies.
Increíblemente, de esta regla también se vieron beneficiados equipos con mayores recursos y tradición. Compañero de Leali´ifano en 2019 en el plantel australiano, Jack Dempsey representa a Escocia en 2023. Hasta el vigente campeón del Mundo aprovechó: repatrió a Jean Kleyn, que jugó el último torneo grande con Irlanda. Las potencias siempre le sacaron jugo a las bondades de la regla de elegibilidad. Corrían en las oficinas migratorias de Francia en 2019 para lograr la impresión y los sellados correspondientes en el pasaporte del fiyiano Alivereti Raka. Lo mismo ocurrió con el sudafricano Paul Willemse. Ambos fueron convocados a aquel Mundial. Del plantel inicial de los All Blacks para el actual Mundial, cuatro jugadores nacieron en Tonga, dos en Australia más uno en Samoa, otro en Fiji y hasta uno en Escocia.
El calendario involucra a los tres equipos (con alternada participación de Japón) disputando la Pacific Nations Cup. Es difícil verlos con sus mejores jugadores en esos torneos. Con competencias locales de menor nivel, problemas en la liberación de jugadores por parte de los clubes, los equipos del pacífico intentan emprolijar parte de sus estructuras profesionales en el Super Rugby Pacific. Allí, Moana Pasifika – con mayoría de integrantes samoanos y tonganos- y Fijian Drua (equipo de Fiji), logran testearse con las franquicias neozelandesas y australianas. Cómo todo en el mundo de las islas olvidadas, parecen apenas migajas sobre el mantel de un gran banquete. Analogías al margen, la idiosincrasia refleja que para ellos siempre quedará un camino: volver a sus raíces. Y con una sonrisa.
Por Fabián Taboada*