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Jueguen por la gloria, a morir

Nos jugamos el futuro en esta Copa del Mundo en minutos con México. ¿Cómo no vamos a ilusionarnos, una vez más?
Foto: EFE
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El fútbol no es la vida pero se le parece demasiado. Sino cómo se explica el humor que reina en el ambiente desde que Arabia nos demostró que Oriente también existe. El calor de este medio día no es sólo lo que marca la aguja del termómetro a punto de estallar, tenemos un país en llamas y el fin de año huele más a sidra que a champagne.

En todo ese presente borrascoso está otra vez el fútbol, capaz de hacernos olvidar por un ratito los quilombos que esperan del otro lado de la puerta, dejando en pausa todo lo que significa la cuesta arriba del día a día en estos lares del mapa, cuando el mango no alcanza y fin de mes es una epopeya.

Es cierto que ninguno de los que salen hoy a jugar con México va a sacarnos el embargo que descansa en el banco durante el fin de semana ni alcanzarán un plato de comida en la mesa de casa, tampoco van a recuperar a ese ser querido que la está pasando jodida pero sí pueden anestesiar el mal trago, porque el Mundial, al menos para buena parte de nosotros, tiene esa capacidad de hacernos creer que es lo más importante de lo menos importante.

Por eso los jugadores no sólo se juegan la posibilidad de seguir con vida en la competencia, también son jueces de las emociones de tantos que no logran conciliar el sueño desde el martes a la noche.

Es que desde ese momento no se habla de otra cosa en la sala de espera. Y ahora de repente sabemos dónde juega Chuki Lozano, cuántos mundiales tiene Ochoa y que ellos cuentan con peor promedio de altura que nosotros. Que la volea de Maxi Rodríguez es un recuerdo hermoso pero que hoy no sale a la cancha y que Maradona ya no está para inflar el ánimo como en 2010.

Y justo aparece Diego acá, perdido entre las líneas del texto. Y también Diego es un poco todo ésto, justo ayer en una fecha tan especial. Es él en los Mundiales, en realidad. Con todos sus millones de errores que también se olvidan en la cancha mientras suena el himno. Pero Maradona ya no juega y por eso no es una ilusión a la que podamos aferrarnos.

Ahora le toca a otros. A esos pibes que nos permitieron soñar de nuevo. Los de la gloria en el Maracaná, los de los 36 partidos invictos, los que ayudaron a que Messi sea todavía mejor. No puede ser que en una semana todo se vaya a la mierda, porque acá se nos tiene que dar, al menos en ésto, mientras la inflación revienta los porcentajes y el dólar arrasa con cualquier cifra.

En minutos volveremos a ilusionarnos, porque ésto somos, un loop de esperanza continúa que encuentra en el fútbol el calmante para todos esos problemas que habitan abajo de la alfombra. Por favor, muchachos, no nos quiten esa anestesia.