A dos años de la muerte de Hugo Cirilo Mémoli
Hace un par de años, un edema pulmonar despidió físicamente a los 55 años a Hugo Cirilo Mémoli. El Gringo vive en el recuerdo de todos los que aman el fútbol provincial pero fundamentalmente en el de los hinchas de Independiente Rivadavia.
El frió matinal comienza a sentirse cada más fuerte. Casi calando los huesos, son las 6.55 de la mañana. El Bautista Gargantini yace vació, triste, abandonado. Entre los árboles, por Avenida las Tipas, se agiganta la figura de un fanático de Independiente Rivadavia que al arrimarse suelta sin saludar: “Hace dos años, a los Azules se nos fue el corazón, la garra, pero nos queda la mística”.
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Con algunos pájaros como testigos nos saludamos formalmente y comenzamos a caminar por las inmediaciones del estadio. Los vecinos del lugar aprovechan para correr por el pulmón verde de nuestra ciudad y los perros se abusan del momento para disfrutar de su libertad.
Este cultor de la Lepra recuerda con emoción los pasos de Hugo Cirilo Mémoli por el club de sus amores: “Pibe, no te imaginas lo que corría y dejaba el Gringo en la cancha, era impresionante, se te ponía la piel de gallina”, comentó.
El Gringo era marcador de punta por derecha, aunque sobre el epílogo de su carrera se desempeñó de marcador central. Debutó en la primera de Independiente en 1968, entre sus logros con el club, tal vez los más recodados sean el campeonato del '75 y la brillante actuación en el Nacional del '82.
En su basta carrera como futbolista defendió las casacas de Guaymallén, River Plate, Olimpo y Gimnasia, pero era tan grande el amor de sus pares Leprosos que le disculparon haber jugado en el clásico rival.
Desde pequeño, Mémoli, mostró sus condiciones para el fútbol: “El Gringo no era un jugador técnicamente brillante, no era lujoso, ni un gran habilidoso, pero dejaba todo en la cancha, no le gustaba perder ni a las bolitas, un Leproso de alma”, tiró nuestro guía por la historia Azul.
Con las vueltas al estadio, el frió comienza a ceder y al llegar a Arístides Villlanueva un café acelera el proceso de descongelamiento: “Acá a dos cuadras por Arístides, vivía el Gringo de chiquito, estaba todos los días en la cancha entrenando y esforzándose”, contó mientras tomó un sorbo de bebida caliente y agregó: “Lo que sufría la familia porque Huguito tenía que ir al Nacional Agustín Álvarez y se rateaba para poder practicar” dijo entre risas.
La ciudad comienza a despertarse y el bullicio crece, igual que el recuerdo: “Una tarde jugábamos contra Talleres y en eso expulsan al arquero, no habían cambios y el Gringo puso el pecho y fue al arco. No sólo eso sino que además atajó el penal y ganamos. Así era Mémoli, temperamental aguerrido, fuerte, el verdadero caudillo del Parque”.
Por ultimo nuestro Felipe Pigna desnaturalizado, nos comenta que cuando a Mémoli le tocaba hacer el Servicio Militar fue un alboroto en el Club, porque ya estaba asomando en primera. “Los médicos le hicieron un certificado, fue a miles de revisiones y al final se salvó por una molestia en el tobillo, lo bueno que en la cancha esa dolencia pocas veces se notó”.
Sin el café y sin el frió de las primeras horas, quedé sólo en el parque con la sensación haber recordado una hermosa parte de la historia de nuestro fútbol.
De vuelta al diario casi como un eco me quedó rebotando en la cabeza la primera frese que escuche este día: “Hace dos años a los Azules se nos fue el corazón, la garra, pero nos queda la mística”.
Desde pequeño, Mémoli, mostró sus condiciones para el fútbol: “El Gringo no era un jugador técnicamente brillante, no era lujoso, ni un gran habilidoso, pero dejaba todo en la cancha, no le gustaba perder ni a las bolitas, un Leproso de alma”, tiró nuestro guía por la historia Azul.
Con las vueltas al estadio, el frió comienza a ceder y al llegar a Arístides Villlanueva un café acelera el proceso de descongelamiento: “Acá a dos cuadras por Arístides, vivía el Gringo de chiquito, estaba todos los días en la cancha entrenando y esforzándose”, contó mientras tomó un sorbo de bebida caliente y agregó: “Lo que sufría la familia porque Huguito tenía que ir al Nacional Agustín Álvarez y se rateaba para poder practicar” dijo entre risas.
La ciudad comienza a despertarse y el bullicio crece, igual que el recuerdo: “Una tarde jugábamos contra Talleres y en eso expulsan al arquero, no habían cambios y el Gringo puso el pecho y fue al arco. No sólo eso sino que además atajó el penal y ganamos. Así era Mémoli, temperamental aguerrido, fuerte, el verdadero caudillo del Parque”.
Por ultimo nuestro Felipe Pigna desnaturalizado, nos comenta que cuando a Mémoli le tocaba hacer el Servicio Militar fue un alboroto en el Club, porque ya estaba asomando en primera. “Los médicos le hicieron un certificado, fue a miles de revisiones y al final se salvó por una molestia en el tobillo, lo bueno que en la cancha esa dolencia pocas veces se notó”.
Sin el café y sin el frió de las primeras horas, quedé sólo en el parque con la sensación haber recordado una hermosa parte de la historia de nuestro fútbol.
De vuelta al diario casi como un eco me quedó rebotando en la cabeza la primera frese que escuche este día: “Hace dos años a los Azules se nos fue el corazón, la garra, pero nos queda la mística”.

