David Eisenchlas: publican historia del cine argentino 50 años después
El Cine Argentino fue lo que el periodista y escritor David Eisenchlas redactó hasta el final de su vida. Sus hijas prepararon una edición de esos originales.
David Eisenchlas es autor de libro sobre historia del Cine Argentino, que verá la luz medio siglo después de su escritura. Tarda en llegar, pero al final, hay recompensa.
David Eisenchlas nació en Buenos Aires el 19 de septiembre de 1931, lo que sucedió en el barrio de Villa Crespo en el seno de una familia de inmigrantes polacos, pero se radicó en Mendoza en donde actuó como pionero y un experto en Cine Argentino.
Por la misma época florecería el histórico Cine Núcleo, a la sombra de otro emblema de la crítica especializada en cine argentino: Salvador Sammaritano.
Por entonces estas entidades culturales organizaron seminarios y comenzaron a publicar una revista. Esa experiencia lo llevó a a David a ser delegado ante la Federación Argentina de Cines Clubes en 1955. Dos años más tarde, David Eisenchlas consiguió ser parte de la Junta Calificadora del Cine Argentino.
David Eisenchlas
A poco más de medio siglo de su muerte sus hijas, Paula y Natacha, encararon el proyecto de publicar el libro que su padre escribió y dictó antes de su fallecimiento, el 24 de octubre de 1975. Es una obra muy atendible.
David Eisenchlas se radicaría en Mendoza en 1957 por causas de salud, para mitigar un asma crónico. De inmediato creó en la ciudad el Cine Club Cuyo. En paralelo David desarrollaría su labor como periodista.
Comenzó en el diario "El Tiempo de Cuyo", donde se encargó obviamente de la sección Cine. Pasó por el matutino mendocino dirigido por Jacobo Timerman, "El Diario" (antecedente de "La Opinión", donde también escribió), para luego incorporarse a "Diario Mendoza".
Pero antes, en 1958 compartiría con el artista visual Marcelo Santángelo la programación de cine del Departamento de Extensión Universitaria (se ubicaba en Avenida Las Heras 430, Ciudad de Mendoza).
El ciclo se estrenó con “La señorita Julia”, película sueca dirigida por Alf Sjoberg. Este Departamento fue innovador en muchos sentidos. Debe agregarse el trabajo de Sara Malvicini de Bonnardel, esposa del periodista.
De igual modo se desempeñó como asesor de la Dirección Provincial de Cultura en Mendoza llevando ciclos a todos los rincones de Mendoza, San Juan y San Luis.
En 1960 fue efectivizado a cargo del área cinematográfica del Departamento de Extensión Universitaria de la UNC. En 1963 volvió a retomar la conducción del Cine Club Cuyo. Hasta 1967 eran habituales sus presentaciones de películas en el Hogar y Club Universitario y en el Club Israelita Macabi.
En 1990 la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza por decreto colocó su nombre al histórico Microcine, un acierto para quien hizo del cine una vida de película.
Cine Argentino
El texto que será presentado en la Feria del Libro 2026 de Mendoza ofrece una extraña ventaja en su género: ve la luz 50 años después de haber sido escrito.
Será la aceleración del tiempo (cada vez corremos más apenas para llegar al mismo lugar) aunque también los cambios de paradigmas, la que impone una dinámica que se debe en buena parte al legado siempre inconcluso de la Revolución Digital.
Cuando leí este manuscrito de David Eisenchlas por primera vez, a fines de los años 80, no estaba siquiera ordenado en su progresión capitular. En el texto al que se iban sumando otros hallazgos como recortes se sucedían datos y análisis que partían de lo cronológico, quizá abrevando en la tradición enciclopédica.
No había siquiera una versión digitalizada. Es cierto: en ese entonces las computadoras no eran parte del universo doméstico, apenas si integraban un confín reservado a grandes empresas y nerds exóticos.
Yo apenas comenzaba a trabajar en periodismo, por entonces, y mis primeras notas fueron redactadas en máquinas de escribir, unos aparatos tremendos que me hicieron sentir la tracción sangre en la escritura a diario. La costumbre se transformó en hábito: nunca pude dejar de hacer bastante ruido frente al artificio de falso silencio que proponen los teclados digitales.
Cuando volví a encontrarme con este original, en su totalidad, lo primero que pensé fue lo que sucede con varios recuerdos de infancia: lo que parecía gigante se impuso como dominable, lo que era amplio allá lejos y hace tiempo mutaba en objeto más accesible.
Y así como lo había sentido antes, en el flechazo inicial, la perdurabilidad del libro, su forma y su espíritu, permanecían intactos.
Estaba allí el fuego de quien en su pasión por contagiar la suya no escatimó esfuerzos en reconstruir años y épocas de una industria que se formó a sí misma.
No se trata de un libro de ensayo en lo estrictamente formal. Tampoco es un texto periodístico, a secas. O más bien: es un cruce que toma de ambas formas ciertos formalismos, sin mayor pretensión que la de dar cuenta sobre un registro cultural impactante.
El cine nos mira desde que nacemos. Y nos acompaña hasta los últimos días. Somos parte de esas generaciones. De allí el placer de descubrir cómo eran esos hombres y mujeres que debieron inventar y consolidar la gran fábrica nacional de sueños, que ha concitado la atención de la humanidad, ya sea en algunas películas o bien en un racimo de directores.
Todo Es Historia
De Gardel a Leonardo Favio, de la sátira política animada a los ciclos de años dorados: el cine como tal es una industria relativamente joven. Apenas han pasado 130 años desde que una suerte de juguete, como el Kinestocopio, pasó a llamarse Cinematógrafo, en manos de los hermanos Lumière.
En un mundo que no estaba tan conectado como hoy, este entretenimiento pasó a tener cultores en varios rincones del planeta: desde Rusia a Argentina, de Dinamarca a Estados Unidos.
Y en este siglo, sin embargo, su mutación ha sido extraordinaria. Jamás cesa su adaptación a las nuevas tecnologías, no detiene su evolución, incluso hasta en las formas de exhibirse, y hasta consiguió convertirse, en determinados casos, en una expresión legítima del arte contemporáneo.
Esta mirada sobre el cine como una de las tantas bellas artes, en tanto contenedor de disciplinas que se integran con la fotografía y la narrativa, es parte central del libro escrito por David Eisenchlas.
Hay en este libro de inminente publicación, por momentos. un minucioso detalle sobre los hombres que iniciaron una tradición en este aspecto.
Y a la par, el autor corre y sienta su análisis con la lupa puesta en las coordenadas entre política y economía, el gran matrimonio de las sociedades del siglo XX.
Asoma el claro impacto de la situación internacional (las dos guerras mundiales).
En el plano estético su vara es exigente, más que atento a las tendencias impuestas por creadores como David W. Griffith, Serguéi Eisenstein, Pudovkin o Dovzhenko, entre los maestros soviéticos, sin olvidar la marcada influencia del expresionismo alemán, bajo la impronta de Murnau, Fritz Lang o Ernst Lubitsch, entre otros.
El texto debo decir que mantiene una pulcritud y rigor que es más que una sorpresa, en especial para un libro que recoge miles de nombres y títulos.
Cotejando varios datos en obras similares y afines, y en el oráculo del mundo moderno –esto es Google- no exagero al afirmar que en estas páginas se desprenden varias revelaciones, descubrimientos y una muy prolija descripción del ambiente que envolvía a la industria del cine en el país.
Luchó hasta el final para dar lo mejor de sí, en este libro. No está enteramente inédito puesto que los dos primeros capítulos fueron publicados en 1981, en la revista mendocina “El espectáculo, la cultura y su gente”, dirigida por el director de teatro Cristóbal Arnold.
En la intimidad puedo asegurar que ha mantenido un diálogo permanente con el autor, sin necesidad de coincidir en todas sus apreciaciones. No he evitado el latido del fragor de una pasión, casi inabarcable, la vista fría cuando el mundo cae en el silencio, la búsqueda de calidad e inquietud.
David repite como mantra ese deambular visual en procura de películas que tiren de la zona de confort a los espectadores, así como de las meras réplicas del imperio de Hollywood y hasta de las fórmulas de éxito que consagraron a decenas de directores y que se repitieron para perderse en el aburrimiento o, peor, en la intrascendencia.
Entre el tsunami de películas y recortes de lo que puede verse en las obras citadas, me apareció un documental sobre el crítico Roger Ebert. Al igual que David consideraba que la obra cumbre del cine de todos los tiempos era “Citizen Kane”, de Orson Wells. En cierto momento, Ebert sale de la coyuntura.
Y afirma: “Todos nacemos con un paquete en concreto. Somos lo que somos. Cuando nacemos y hasta cómo nacimos. En la forma que fuimos criados. Estamos un poco atascados en el interior de esa persona. Y el propósito de la civilización y el crecimiento es ser capaz de salir y empatizar con otras personas. Y para mí, las películas son como una máquina que genera empatía. Te permite entender sobre diferentes esperanzas, aspiraciones, sueños y temores. Nos ayuda a identificarnos con la gente que está compartiendo este viaje con nosotros”.
El libro como viaje, el cine como vehículo. Esta es la aventura que se propone rescatar un texto que, al nacer, lo hizo como un clásico.