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Para Santángelo, la Argentina que vivió era "Dadá"

Símbolo del artista independiente y provocador, Marcelo Santángelo dejó su impronta en la cultura de Mendoza. Hubiera cumplido 95 años; una buena excusa para recordarlo.

Marcelo Santángelo, que falleció en 2007, hubiera cumplido 95 años. Llegó a ser un paradigma del artista independiente y polémico, que buscaba la libertad de expresión y de pensamiento sin temer las consecuencias, en una sociedad pacata y conservadora.

El humor, la ironía y el ejercicio constante del diálogo, la diatriba y el disenso, le valieron tanto enemistades como leales simpatías. Con el tiempo, su conducta consolidó la idea de un hombre íntegro, coherente y cabal y el resentimiento de los fundamentalistas pasó a constituir uno de sus tantos blasones.

"Soy la concordia que camina"

Sorpresa y media se llevaron don Rafael Lorenzo Santángelo y doña María de los Dolores Barrios aquel 10 de junio de 1923, cuando la madre le acercó el pecho a Marcelito, ante su insoportable gritería dodecafónica: porque el niño lo rechazó. No podía aceptar semejante anacronismo. "Quiero una mamadera de resina epoxi", logró balbucear.

"Soy la concordia que camina", diría más tarde, muerto de risa, nacido en Concordia, Entre Ríos, para la discordia general y el desaliento en particular de los que tomaban el arte como algo solemne. Hasta que dio con "La vida secreta de Salvador Dalí", se puso a jugar con las paradojas y se declaró surrealista.

Es posible imaginar su risa sardónica y la incomodidad de muchos de los integrantes de la sociedad de 1945, con su grito de libertad para los contenidos subconscientes.

Cuando le pregunté: "¿Usted es loco?", respondió: "Nooo. Los que tenemos la paranoia controlada no podemos ser locos. Por eso soy racionalista".

Con él se podía establecer un diálogo absurdo, si se quiere, irrespetuoso. Si algo detestaba Marcelo era la solemnidad, el tomarse en serio, el creerse más que otro y olvidarse que somos frágiles y mortales.

El hecho es que nunca fue el ‘loco lindo' que se señalaba para descalificarlo. Durante décadas fue la mayor causa de enemistades, de inacabables polémicas, de llagas nunca del todo cicatrizadas, aunque hacia 1980 se produjo un cambio en la sociedad (la no secreta sociedad de artistas, de interesados en el quehacer cultural y culturosos en general), y se comenzó a verlo con simpatía, a escucharlo y hasta ¡entenderlo! Para no dejar de irritar, ya cuando debió usar bastón, se peinó con una colita que muchos calvos le envidiaron. Rebelde fue toda su vida. Tenía la rebeldía del que defiende con pasión, con entusiasmo y con razones, una posición vital. Y esa posición vital estaba dada por el Manifiesto Surrealista en y por la personalización que hacía de esos postulados.

El féretro de Vitivinicultura

Sin ser séptimo hijo, lo apadrinó el presidente Alvear. Desde entonces, le gustaron los encumbramientos y de no ser por su lealtad surrealista, no digo que a Presidente, pero hubiera llegado a ministro de Cultura, ya que fue asesor del Ministerio de Educación de la Nación. Pero antes, en otra de las suyas, resistió las medidas del peronismo con las universidades, junto a Cortázar. Le tomó el pelo a los policías, los llevaron presos y el que tomaba lista, cansado de lidiar con lo que no entendía, se enfureció cuando quiso saber a qué se dedicaba Cortázar, con esa cara de nenito gigante, porque le respondió que era profesor.

El 21 de agosto de 1970, inauguró en el Instituto Nacional de Vitivinicultura, una muestra de obras pictóricas, discursivas, cinéticas y auditivas. Pero el día anterior, el poeta Genaro Martínez lo amenazó con hacerle "una crítica mortal". En medio del espectáculo, una empresa fúnebre instaló, con la sala semioscura, un féretro. Cuando se escucharon gritos, un valiente abrió el cajón y el muerto se enderezó. Como los gobernantes no tienen humor, Genaro fue detenido y en la seccional Segunda explicó que deseaba demostrarle a Santángelo lo que era la resurrección.

Marginal ilustrado

Su reconocimiento comenzó en el extranjero. Tanto en Estados Unidos como en México y España. Aquí era una suerte de marginal ilustrado. Surrealista declarado y confeso, dijo que hacía música para incomodar a sus amigos músicos. Escribía para molestar a sus amigos escritores. Dramatizaba para que les doliera a sus amigos actores. Pensaba para descorazonar a sus amigos filósofos. Hablaba para que sufrieran sus amigos lingüistas. Hacía docencia para aterrorizar a sus amigos educadores, y pintaba para que sus amigos pintores pudieran llorar intensamente.

Al declararse surrealista quiso, en verdad, provocar un escándalo. Su humor ácido y su afán de polemizar, de contradecir, de demoler dogmas, de sostener opiniones poco ortodoxas y obligar a pensar, le acarreó no pocos dolores de cabeza. Más tarde, se jubiló y se mantuvo lúcido y vital como siempre, dedicado, entonces, al arte digital.

Izquierdismo y nazismo

Cuando le pregunté cómo era Mendoza cuando dio su grito de libertad, dijo que era muy conservadora. "El nombre surrealista estaba prácticamente ausente. Ni Delhez ni Sergio Sergi nos hablaban del surrealismo y eso que ellos portaban su marca. Los autores mendocinos, casi todos, eran de izquierda. Los que no lo eran, identificaban al surrealismo con el materialismo y el izquierdismo. Lo divertido fue que los izquierdistas, tal como sucede ahora, no eran materialistas. Se me ocurre que ahora son todos agnósticos. Antes del término de la Segunda Guerra Mundial, apoyaban a Hitler y sus adeptos.

"El surrealismo siempre buscó la concreción de la libertad del hombre. A tal punto que algunos amigos nos atacaban diciendo que mi hermano Eduardo y yo habíamos salido a la calle a vitorear la bomba atómica, cuando en realidad salimos a vitorear el término de la guerra. Los no zurdos ni conservadores éramos admiradores de los yanquis. Los demás, no. Muchos jóvenes mendocinos tenían una expresión muy cercana al nazismo: ‘Si sales con mujeres, no olvides el látigo".

La vida secreta de Dalí

No hacía falta tirarle de la lengua: "Muchos profesores decían que no había que perder tiempo con los filósofos modernos y que siempre había que recurrir a los clásicos. Sartre era repudiado. En fin, lo cierto es que era una mezcolanza. Mi surrealismo estaba asociado a Dalí y a la libertad. Precisamente, a principios del '45, cayó en mis manos La vida secreta de Salvador Dalí, conmoviéndome totalmente. Lo adopté de inmediato y salí a gritar ‘¡Viva el surrealismo!, bajo la mirada cargante de mis compañeros de Artes Plásticas, que no por eso dejaron de acompañarme en algunas locuras juguetonas.

"Elio Mirrado me regaló una acuarela con el texto Dalí te llama; Carlos Alonso me pidió un retrato surrealista, y allí comenzó todo. En Mendoza apareció el peronismo. Nunca lo fui: en octubre de 1945 participé activamente en la toma de la UNCuyo junto a muchos compañeros, tratando de defender la autarquía universitaria. Todo salió al revés".

El estado paranoico crítico

La charla, interminable, interrumpida por las risas y el café, la sintetizo como sigue.

-¿Qué es ser surrealista, exactamente? ¿Se puede explicar en pocas palabras?
-Es que no se puede explicar por la apariencia, como otros movimientos. Por ejemplo: futurismo: sucesivos perfiles de un objeto, representando el movimiento del objeto pero no a éste; fauvismo: supresión del color local; cubismo: representación del espacio en múltiples visiones. Tendríamos que llegar a la actitud del autor, puesto que fundamentalmente depende del estado paranoico crítico, que consiste en un estado mental próximo a la paranoia con todos sus elementos, pero sin caer en ella porque entonces no sería un estado de creación, sino una enfermedad. Es un proceso de transformación de la realidad.

-¿Es difícil ser surrealista?
-Sí, porque el entrenamiento suele ser largo y duro, ya que hay que abandonar toda clase de prejuicios: políticos, artísticos, pedagógicos, religiosos y científicos, entre todos los demás.

-¿Se puede, entonces, ser surrealista durante tantos años, es algo inmutable, entretenido, militante?
-Sí, porque las apariencias pueden ser modificadas. En mi caso, grabado, pintura, murales para tocar y mirar, multimedia, proyecciones luminosas multifocales y mutables (con o sin líquido), ensayos, cuentos y últimamente pintura digital. La militancia consiste en no tener dogmas y estar en permanente relación con todo el mundo. A veces resulta entretenido y a veces muy duro por el cansancio que sobreviene al trabajo.

Mendoza quiere conservar la identidad

-La Argentina ¿es surrealista o más bien dadaísta?
-La República Argentina tiene mucho vigor surrealista, pero la estructura de su fondo político y social es absolutamente Dadá. Basta observar a nuestros políticos, funcionarios y dirigentes en general. Si bien Dadá es un movimiento libre en sí mismo, no tiene preocupación por la creación real de un estado libertario para el hombre.

-¿Mendoza cambió culturalmente para mejor, en qué para peor y qué quedó tal cual, como una verdad axiomática?
-Sí, ha cambiado. No hay duda de ello. Pero no puede consolidar los cambios porque usa como verdad axiomática una frase que pretende cristalizar un movimiento social anterior al nuestro, como paradigma de la representación cultural: ‘Hay que conservar la identidad'. Desconociendo, claro está, que la identidad se construye constantemente, día a día, instante a instante.