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Hay sólo dos maneras adecuadas de partir a la hora de escribir un libro: tener una buena historia o tener un buen personaje; lo demás se hace solo.
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El Aconcagua se parece mucho a un buen libro: cada vez que uno le entra, es distinto; porque el mayor cerro del continente es, a la vez, escenario de historias siempre diversas y siempre increíbles y también personaje protagonista de los aconteceres diarios de los que a él se le animan.
Es imposible quitárselo de la cabeza estando allí. Hora tras hora y día tras día, aún los pensamientos más livianos no pueden escapar de su tremenda sombra de animal sin prisa. El Aconcagua es como un dios humanizado: él todo lo escucha, todo lo sabe y todo duelo por él es aceptado.
El Aconcagua no tiene miedo. Y los andinistas tampoco. Por eso, el cerro es como un buen libro, porque cuando los protagonistas de una historia no tienen miedo, indefectiblemente germina el perfume de la eternidad y la historia se vuelve digna de ser contada.
Disfrute y conocimiento
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Comienza la aventura formal, porque el sueño de la aventura comenzó varios meses antes con entrenamientos en la semana y encantadoras subidas a hermosos cerros del piedemonte. En Laguna de Horcones, después de completar los papeles de rigor ante Guardaparques y recibir bolsas para basura y materia fecal, nos cargamos la mochila y echamos a andar por el bellísimo Parque Provincial.
Bien sabemos que la temporada recién se inicia, que hay sendas por abrir y que el mucho frío que hace es un tanto inusual y despiadado, pero también que somos tipos grandes, con hijos y sin nada que demostrar a nadie más que a nuestros propios hocicos.
Algo es claro: lucharemos, pero no nos someteremos a ningún riesgo para llegar a una cima o un campamento de altura en particular. Ya el hecho de integrarnos con un paisaje agreste, descansar de rutinas y de estar en plena forma física a nuestras edades –casi 45 yo y 46 Diego– es recompensa adecuada y satisfacción garantizada para nosotros.
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Así, una vez más, con mi gran amigo Diego Carbonell, volvemos al cerro en una expedición casi en solitario, al inicio de temporada, fuera de los grupos organizados por empresas de servicio, sin utilizar guía hasta el último campamento, a 6.000 metros de altura, y sin pagar a porteadores para que nos lleven la carga por las faldas del coloso.
Como siempre que salimos a la montaña, nos importa conocer nuestros la expansión de nuestros límites y disfrutar, porque la cordillera de Los Andes, fundamentalmente, es eso: un espacio de disfrute e íntimo conocimiento.
Canto para mí, mientras camino, una estrofa de la bellísima chacarera Camino al amor: “Yo nunca elegí camino, porque no me fijo meta. / Siempre que crea que avanzo, tan solo andar me interesa. / Y allá en el viejo horizonte presiento que alguien me espera”.
Mulas y los 14 bajo cero
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Rápidamente, tras tres horas de marcha, llegamos a Confluencia, nuestro primer campamento, donde –luego del chequeo médico de rigor– nos recibe Marcelo Acuña, de Xperience Aconcagua, con una merienda y nos integramos con un encantador grupo que realiza actividades de trekking: Verónica (Chile), Pietro (Italia) y los mendocinos Juan Martín, Andrés, Laura y la guía Roxana.
Al día siguiente, partimos hacia Plaza de Mulas y entonces el cerro nos mostrará por primera vez su furia. Durante cuatro horas, un fortísimo viento helado con nevisca nos atacará de frente desde Playa Ancha, a 3500 metros, hasta Mulas, 4300.
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Nos encontramos con un grupo de Alemania que también suben a Mulas y, tal vez para superar más rápido el frío, iniciamos una velada competencia que denota cómo somos los argentinos y cómo los alemanes. Ellos siete suben con un riguroso paso de marcha que no se quiebra ni altera en ningún momento.
Nosotros, con Diego, aceleramos, los pasamos, nos cansamos, nos sentamos, sacamos fotos, nos pasan, meamos, escuchamos música, volvemos a caminar. Al final, los alemanes, imperturbables y disciplinados, se nos adelantan bastante en la Cuesta Brava y llegan a Mulas veinte minutos antes que nosotros. Toda una lección de eficacia.
Mulas, después de siete horas y media de marcha, nos recibe muy cansados, con viento, nieve y catorce grados bajo cero. Hacemos el check in en Guardaparques y nos vamos a buscar dónde erigir nuestro lugar caliente sobre el planeta.
Armar el campamento es un verdadero suplicio y hasta un motivo de discusión con Diego. Los dedos simulan congelarse, nos duele la cabeza, cuesta respirar y nuestras torpezas quedan manifiestas cuando armamos la carpa bajo el temporal. Por suerte, Vanesa y Carlos, el jovencísimo matrimonio que administra el campamento de Lanko en Mulas, nos levantan el ánimo con una sopa caliente y un maravilloso guiso de arroz.
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¿Cómo es posible que haga tanto frío al pie del cerro? ¿Y arriba, entonces? Rápidamente, nos enteramos de que la temporada viene muy fría y que en la altura los vientos son fuertes.
En este diciembre tejido con agujas del invierno, se han logrado menos de diez cumbres desde el inicio, cerca de 500 intentos y decenas de evacuados, algunos con problemas serios.
Varias veces durante este viaje, con Diego nos encontraremos, sin decirlo, pensando lo mismo: ¿qué hacemos acá? Muertos de frío al pie del Coloso mientras el helicóptero se lleva a un edemado, es inevitable no pensar que allá abajo, en el hoyo en que levantamos la ciudad, centenares de miles de mendocinos sudan beduinos en una pizzería.
Tenemos un plan de ascenso, pero hay cosas importantes que definir todavía; tal vez lo hagamos mañana; ahora hay que meterse dentro de la bolsa a recuperar temperatura. Eso es: será mañana, cuando nos enteremos de que un tailandés ha muerto en la cima. En Confluencia, lo comentó varias veces: quería ser el primer tailandés en subir el Aconcagua.
Y lo logró: fue el primer tailandés en subirlo y también el primero en morir en este lugar tan santo como salvaje. Aún descansa su cuerpo rojo sobre la negra roca fría.