30 de Junio de 2009 |11:25
Ensayo del neo-golpismo en América Latina
por Isabel Rauber
El amanecer del domingo nos sorprendió con  la noticia del derrocamiento del Presidente de Honduras, Manuel Zelaya.  Los militares invadieron su morada y se lo llevaron, no solo de allí,
sino del país. En ropa de descanso, el Presidente se encontró raudamente  en Costa Rica. Era, evidentemente, muy importante para los golpistas  tenerlo fuera de Honduras para evitar que su presencia estimulara la  movilización y el apoyo popular a su restitución inmediata.

No repetirían los “errores” de Venezuela; esta vez la ira de la reacción  elaboraría mejor su impotencia de clase y afinaría mejor su estrategia  destituyente: fabricaría el golpe de estado sobre excusas legales y  artilugios jurídicos que, supuestamente, justificarían la acción militar
de franca desobediencia e irrespeto por los poderes establecidos y las  instituciones que los representan. Ni el Legislativo, ni el Judicial,  pueden decretar un Golpe de Estado, es decir, poner fin a la gestión del  Poder Ejecutivo cuando éste no les gusta, ¿o sí?

Es esto lo que se está ensayando en Honduras: apelar a “canales” legales  para poner fin por la fuerza a los procesos de cambio que están  desarrollándose en el continente. Obviamente, como es natural, el ensayo  se llevan adelante en territorios donde los costos políticos resultan
menores porque los procesos sociales populares son más débiles, como es  el caso de Honduras.

El disfraz “democrático” del Golpe de Estado, anuncia el nuevo estilo  autoritario de los poderosos y desnuda el contenido de su “democracia”  de mercado: “Cuando me conviene sí, y cuando no me conviene: no.” No es  la vuelta al pasado, no hay que equivocarse: Es el anuncio de los nuevos  procedimientos de la derecha impotente. El neo-golpismo es “democrático”
y “constitucional”. Honduras anuncia por tanto la apertura de una nueva  era: la de los “golpes constitucionales”.

Es una alerta clara para los pueblos de América Latina desde el Río  Bravo a la Patagonia y, en particular, para quienes encabezan proceso de  cambio; el mensaje del poder es claro: “Si sigues desobedeciendo, te  sacamos. ¿Y qué?” Los neo-golpistas están tranquilos: cuentan con el  apoyo de los medios de prensa mundiales, los cuales, en pocos minutos  imponen ante el mundo el mensaje que desean instalar. Así pudo  comprobarse ayer en las más importantes cadenas televisivas  internacionales: el usurpador de la presidencia de Honduras, no fue ni
es llamado como tal, sino “Nuevo Presidente”, como si fuera el sucesor  de Zelaya y no el cómplice del asalto y destitución forzada del gobernante.

La complicad de los medios no es un dato nuevo. Pero sí lo es el formato  del golpe: apoyado en un manto de supuesta y fraguada legalidad  respaldada por los Jueces Supremos y el Parlamento. Para eso quieren  ahora estar en los parlamentos: no para ser mejores representantes de  los pueblos, sino para llevar adelante sus proyectos de clase o, si esto
no es posible, impulsar golpes de estado, ocultando su conspiración tras  el manto “constitucional”.

Pero la historia no es unidireccional ni unidimensional. Si hoy se  tolera el “golpe democrático” en Honduras con al excusa de “salvaguardar  la constitución”, se está adelantando y asentando también una  justificación –por precedente , para la posible ocurrencia de “golpes  constitucionales” de otros signos políticos. Las reglas del juego  democrático exigen, precisamente por ello, paridad en su cumplimiento.

En caso contrario, dejan de ser reglas del juego para transformarse en  trucos de un sector de la sociedad para ganar tiempo político y engañar  a las mayorías en favor de sus empresas. La seguridad democrática, vista  desde los pueblos, consiste precisamente en eso: construir garantías  biunívocas para que cada pueblo pueda construir con autonomía e  integradiad el modo de vida que considere idóneo y necesario a para sí,  en paz y respeto hacia los demás pueblos y procesos.

Llegados a este punto, vuelve a emerger al centro de la escena una  cuestión política de fondo: Los procesos sociales de cambio solo pueden  ser tales, si se construyen articulados a las fuerzas sociales,  culturales y políticas que apuestan al cambio y generan el consenso  social necesario para llevarlo adelante. Y esto solo puede realizarse  desde abajo, cotidianamente, en todos los ámbitos del quehacer social y  político: en lo institucional y en la sociedad toda. Un empeño político  y social de esta naturaleza, no se alcanza espontáneamente. No basta con
que un mandatario tenga una propuesta política que considere justa o de  interés para su pueblo; es vital que el pueblo, los sectores y actores  sociales y políticos sean parte de la misma, que hayan participado en su  definición, que se hayan apropiado de ella.

No hay hechos mágicos en la política, mucho menos si se trata de cambiar  la correlación de fuerzas hegemónicas hacia una nueva composición  política y social de fuerzas a favor de cambios sustantivos: construir  caminos para salir del egoísmo agonizante del mercado y avanzar hacia  sociedades solidarias. Se trata de un cambio de hegemonía que reclama  construir la fuerza social, política y cultural, el actor colectivo,  capaz de diseñar y decidir el rumbo y el ritmo de los cambios, llevarlos  adelante, sostenerlos y defenderlos. Esta también es una enseñanza vital  para los procesos actuales que en este continente apuestan a cambiar la
realidad de injusticia y discriminación, que apuestan a profundizar la  democracia, sacándola del recinto del mercado para ampliarla y  rediseñarla acorde con el crecimiento político-cultural de los pueblos,  construyendo una democracia ciudadana con igualdad de derechos,
oportunidades y posibilidades para todas y todos.

Este es el camino de la seguridad democrática que necesitan los pueblos  del continente, es el único camino para que el debate de ideas pueda  fluir sin el asecho nocturno de los viejos o nuevos Golpes a la razón  democrática que reclama la humanidad en el siglo XXI. Ojala la retórica  democrática que se levanta desde el poder cuando no le resultan los  procesos en otras latitudes, sea igualmente contundente cuando se atenta  abierta y descaradamente contra un proceso legítimamente democrático  como el de Honduras. Vale recordar: en el mundo globalizado bajo la  hegemonía del capital, las lecciones –en un sentido u otro son siempre
globales.

- Isabel Rauber es Doctora en Filosofía. Directora de la Revista Pasado  y Presente XXI. Profesora de la Universidad Nacional de Lanús. Estudiosa  de los movimientos sociales y procesos políticos del continente.
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