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¿Por qué la mentira nos cuesta menos que la verdad?

La capacidad de generar un discurso que se aleja de la realidad es inherente al género humano. ¿Por qué mentimos?¿Cuándo se vuelve patológico?

La condición humana habilita determinados mecanismos de supervivencia, que a veces ponen a la razón al límite y se abrazan a lo instintivo. La especie aprendió primero a vivir en grupos para protegerse mejor de contingencias inesperadas, como tempestades y ataques. Luego sacó provecho de la asociación para establecer cadenas productivas y de defensas. Al evolucionar la sociedad surgieron distintos estadios de desarrollo y los vínculos se volvieron más sofisticados. La agresividad empezó a ceder, la convivencia se volvió más estable, aunque el instinto cruel del ser humano siempre siguió vigente con su necesidad de guerrear aquí, allá y en todas partes. Sin embargo, en la consolidación de las relaciones y la trama social, el lenguaje jugó un papel determinante y en éste talló fuerte el discurso de la mentira tanto o más que la verdad. ¿Por qué?

El origen de la mentira, o mejor dicho de la necesidad de mentir, puede rastrearse precisamente en el avance de la integración social, del surgimiento de las diferentes organizaciones y estructuras, ya sea vinculadas a lo político, productivo, recreativo, o religioso.  Esto deja manifiesto que el ascenso del lenguaje dio luz a los mitos y relatos que alimentaron las identidades, símbolos y héroes de determinados pueblos. Pero más acá en el tiempo, podemos hablar del rol social de la mentira, que muchas veces parece sacar más provecho que la verdad. Tanto que hasta la astrología se interesó en aquella.

La mentira tiene una función social

Por qué mentimos

Según la psicología social, la enunciación de mentiras tiene que ver con uno de los mecanismos de adaptación humanas más importantes y funcionales. Esto es así porque la mentira cumple la función social de reforzar una identidad hacia el otro, además que consiste en una habilidad cognitiva que nos facilita la empatía. De acuerdo a diversas investigaciones clínicas las atribuciones que la destacan por sobre la verdad se fundamentan en que posibilitan la integración social, la adaptación y, lo que es más importante, la aceptación del otro. Como vemos, siempre la mirada del otro está tamizada por el discurso que nosotros generamos o evocamos.

Desde que es un infante, el ser humano empieza a reconocer que la mentira tiene un valor que la verdad le resta. ¿Cuál? Que la mentira puede ayudarlo a salir de determinados aprietos o conflictos. En este sentido, aprendemos que mentir es una estrategia que a veces nos saca de un conflicto o con el que conseguimos ciertos beneficios. En el caso de un pequeño, sabe que puede tergiversar algún hecho para que su mamá no lo rete, en el caso de un infiel puede inventar algún pretexto para que su mujer no lo descubra, en el caso de un estafador busca que su relato cautive al mayor público posible. Y así en distintos ámbitos sociales.

Cuando la mentira se vuelve patológica

El problema de la mentira se da cuando su fin no es adaptarnos, sino evitar afrontar un hecho que nos resulta complejo. Cuando las mentiras excesivas se producen, comenzamos a sentir inseguridad, ansiedad, cada vez un mayor agobio y sentimos un peso encima que nos oprime. Ahí es donde empezamos a psicosomatizar y pagamos un precio por nuestras mentiras.

Los motivos de la mentira patológica los podemos encontrar en la necesidad extrema de aceptación social. Fingimos ser alguien, pero ya no podemos sostenerlo en el tiempo. En la esfera familiar, mentimos por miedo a nuestra pareja y terminamos siendo cautivos de un contexto hostil que nos oprime. En el ámbito profesional no soportamos que nuestra reputación real no sea la que imaginamos, entonces mentimos para crear esa imagen que nunca alcanzaremos, lo cual puede llevarnos a la mentira compulsiva que redundará en una cuadro depresivo, cuando todo se destape. 

Si estás por mentir, mejor lee el párrafo que sigue

Mentir es como una bola de nieve o un efecto tsunami: cada vez nos resulta más difícil escapar de ellas. La solución, no obstante, está en trabajar justo el origen de esas mentiras excesivas: la forma en que aprendemos a procesar nuestras emociones para que no nos guíen a la mentira sino a una verdad sanadora, que nos permita convivir con nosotros mismos y en especial con los demás. En definitiva, es como dice el saber popular: la mentira tiene patas cortas por lo que lo mejor es bajarnos de nuestros zancos imaginarios para que la caída no sea tan dolorosa.