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Papa blanca vs. papa negra: cuál es la que recomiendan los expertos y cuál es la diferencia

Más allá de las diferencias culinarias, tanto la papa blanca como la negra ofrecen beneficios nutricionales similares, siendo fuentes ricas en carbohidratos.

Las diferencias. Fuente: IA Gemini.

Las diferencias. Fuente: IA Gemini.

La papa es un pilar indiscutido en la cocina gracias su rendimiento, economía y versatilidad. Sin embargo, en la verdulería surge un dilema clásico y es cuál llevar frente a la opción de papa negra y papa blanca.

Diferencias

El tipo de variedad define el nivel de almidón y agua de cada tubérculo, dos componentes que determinan el éxito de tus platos:

En el caso de la papa blanca su piel es clara y lisa con una pulpa suave. Al contener una mayor proporción de agua y un nivel más bajo de almidón, tiene una gran resistencia estructural. Esto significa que mantiene su forma sin desarmarse ante cocciones prolongadas.

La papa es un clásico en la mesa.

La papa es un clásico en la mesa.

Mientras que la papa negra tiene una corteza oscura (comúnmente cubierta de tierra) y un interior ligeramente amarillento. Su concentración de almidón es notablemente más alta, lo que da como resultado una textura seca y arenosa una vez cocinada.

Desde el punto de vista de la salud, ambas opciones aportan prácticamente los mismos beneficios: son fuentes ricas en carbohidratos complejos, fibra, potasio, antioxidantes y vitaminas C y B6.

Más allá de la variedad que requiera la receta, hay que prestar atención a algunos detalles para asegurarse de que el producto esté fresco. Se seleccionan unidades que se sientan firmes, sin arrugas y pesadas en relación con su tamaño (indicador de frescura).

Por otro lado, se recomienda rechazar las papas que tengan manchas verdosas en la piel. Este tono delata la presencia de solanina, un compuesto químico que en altas concentraciones puede resultar tóxico.

Cómo guardar la papa

El mejor método de conservación es mantenerlas en un ambiente fresco, seco y completamente oscuro. El error más común es meterlas en la heladera. Las temperaturas extremadamente bajas alteran la estructura de sus almidones, lo que altera su sabor y consistencia original a la hora de cocinarlas.