Ni Pinamar ni Cariló: la playa con dunas, pinos y mar abierto para descansar
Arenas Verdes, en el partido de Lobería, una playa que propone mar abierto, paisaje agreste y descanso real, lejos del turismo masivo.
Esta es una playa que es clave para buscar la tranquilidad en vacaciones de verano.
Hay veranos en los que la costa pide otra cosa. Menos parlantes. Menos filas. Menos tránsito buscando estacionar. Para ese plan existe la playa de Arenas Verdes, una localidad chica del partido de Lobería que todavía no se convirtió en vidriera.
Está a unas cinco horas en auto desde la Ciudad de Buenos Aires y funciona como un refugio simple. El premio es el silencio, ese bien escaso cuando la temporada aprieta. También ayuda el paisaje: mar abierto, aire limpio y una pausa que se siente apenas se baja del auto. En vez de correr, la consigna es quedarse. Y escuchar. A veces, la mejor señal es esa: llegar y no tener nada urgente por hacer.
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Una playa que se mantiene tranquila
Arenas Verdes no compite con Pinamar ni con Cariló, y tampoco lo intenta. Su propuesta es otra: calles cortas, pocas construcciones y un ritmo sin apuros. El entorno está marcado por dunas generosas, vegetación baja y pinos que frenan el viento. En verano hay movimiento, claro, pero no se parece al de los balnearios grandes. No hay una peatonal interminable ni un circuito de compras que empuje a consumir. Hay servicios básicos y un clima familiar, de casa de descanso, donde la gente se saluda y el volumen baja cuando cae la tarde.
La playa es el corazón del destino. Hay metros de sobra para extender una manta y quedarse horas sin sentir que alguien invade el metro cuadrado. Se camina con la espuma a un costado y las huellas se borran rápido. Los atardeceres son un espectáculo discreto, de esos que se disfrutan sin levantar la voz. El encanto está en la combinación de amplitud y calma. A veces el viento dibuja crestas en la arena. Otras, el mar cambia de humor y regala olas más firmes para quienes buscan moverse. Incluso con más visitantes, la postal sigue siendo abierta.
Entre el bosque y la arena aparecen planes simples, pero rendidores. Las caminatas por la orilla y por las dunas son casi obligatorias. También se puede salir en bicicleta por senderos entre pinos, con tramos de sombra y tramos de sol. Si el mar acompaña, hay quienes se animan al surf o al kayak, según las condiciones. Y para los que prefieren observar, el lugar ofrece buenas oportunidades para fotografiar el horizonte y mirar aves, sobre todo temprano. La regla es clara: no hace falta una agenda cargada para volver a sentir el cuerpo liviano.
Naturaleza primero, logística después
En Arenas Verdes no hay una cartelera interminable ni un listado de “imperdibles” con horarios. Esa es parte de su atractivo. El día se arma con lo que el clima permita. Si sopla fuerte, conviene buscar reparo y caminar. Si está calmo, se puede pasar la tarde entera en la arena. Un consejo básico: llevar abrigo liviano, agua, protector solar y algo para comer, porque la oferta comercial es acotada. También ayuda salir con batería cargada y algo de efectivo, por si el pago digital no acompaña. Quien llega con expectativas de ciudad costera se frustra; quien llega por naturaleza, descansa.
La experiencia se completa con una mesa casera. Entre los lugares más nombrados aparece La Fonda de Guillermina, un clásico del área con ambiente familiar. La carta suele girar alrededor de empanadas hechas en casa, pastas y carnes al horno de barro, sin vueltas. No es un restaurante de pose, y ahí está su valor. En un destino donde manda el entorno, comer rico y simple cierra el círculo. Arenas Verdes no vende glamour ni noches eternas. Vende descanso, playa amplia y la sensación de haber encontrado un lugar para escuchar el mar.

