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Las flores que antes se arrancaban como maleza hoy son las estrellas del jardín

El paisajismo naturalista rescata flores que durante años fueron descartadas y hoy las convierte en aliadas de jardines más resilientes.

Estas flores pueden adornar cualquier tipo de jardín.

Estas flores pueden adornar cualquier tipo de jardín.

Shutterstock

Durante mucho tiempo, ciertas flores cargaron con mala fama. Crecían donde querían, se colaban entre otras plantas, rompían la simetría del cantero y enseguida aparecía el veredicto: maleza. Había que sacarlas. El jardín, se suponía, debía responder a una idea bastante estricta de orden, con bordes prolijos, especies controladas y floraciones previsibles.

Pero esa lógica empezó a resquebrajarse. Hoy, muchas de esas plantas que antes se arrancaban sin pensar volvieron a entrar al jardín, aunque ya no por accidente. Volvieron como parte de una nueva mirada.

No cambiaron las flores. Cambió el ojo. El auge del paisajismo naturalista y de una jardinería más sensible a los procesos ecológicos empezó a correr del centro esa obsesión por el control absoluto. En ese nuevo escenario, las especies espontáneas dejaron de verse como una amenaza al diseño y comenzaron a entenderse como una posibilidad. Son plantas que conocen el suelo, toleran mejor ciertas condiciones climáticas y conviven con insectos locales. En tiempos de crisis climática, restricciones hídricas y suelos castigados, ese valor pesa mucho más que antes.

Del jardín prolijo al jardín vivo

Durante décadas, la jardinería doméstica persiguió una estética bastante importada: todo tenía que verse limpio, ordenado y contenido. Lo que se salía de ese molde generaba desconfianza. Sin embargo, muchas de las especies que hoy ganan terreno en el paisajismo contemporáneo habían sido relegadas justamente por lo contrario: por ser demasiado resistentes, demasiado fértiles, demasiado libres. El cambio de paradigma las trae de vuelta, pero no desde la nostalgia pura, sino desde una lectura más afinada del paisaje.

verbena

Eso no significa que cualquier planta espontánea funcione en cualquier jardín. Ahí está una de las claves. En los jardines naturalistas no hay abandono ni desinterés: hay decisión. Estas especies se agrupan, se repiten, se mezclan con gramíneas y se integran a paletas donde importan la textura, el movimiento, la estacionalidad y también lo que ocurre cuando la floración se apaga. El resultado no es un terreno dejado a su suerte, sino un paisaje que parece libre, aunque en realidad está pensado con mucha precisión.

Flores con memoria y con futuro

Hay algo más en estas plantas que explica su regreso. Traen consigo una memoria. Son flores que aparecían en bordes de caminos, en quintas, en patios donde el jardín era un espacio vivido y no una vidriera. Por eso su vuelta también habla de una jardinería menos aspiracional y más enraizada, menos pendiente del catálogo perfecto y más abierta a lo que el suelo y el clima tienen para ofrecer. La especialista Mary Bajo lo resume así: “Con el transcurrir de los siglos, las plantas mostraron progresivos cambios evolutivos para adaptarse a un mundo también cambiante. Las especies que lograron adaptarse prosperaron, en tanto se produjo la desaparición natural de aquellas que no pudieron hacerlo”.

En esa línea aparecen varias especies que hoy son valoradas justamente por lo que antes se les cuestionaba. La Verbena bonariensis, alta y liviana, fue vista durante años como invasiva o desordenada, y ahora es una de las favoritas del paisajismo contemporáneo porque suma altura, movimiento y deja pasar la luz. La Glandularia peruviana, rastrera y resistente, dejó de ser una planta para rincones secundarios y empezó a usarse por su capacidad de cubrir suelo y atraer insectos benéficos. La Gaillardia pulchella, con su aspecto casi pintado, tolera calor, sequía y suelos pobres, y aporta un aire silvestre muy buscado en bordes soleados.

No es dejar crecer por dejar crecer

También reaparecen especies con una identidad muy ligada al paisaje local. La Achyrocline satureioides, aromática, medicinal y discreta, durante años creció en campos y banquinas sin demasiado reconocimiento, y hoy encuentra lugar en jardines naturalistas por su textura fina y su vínculo con el paisaje rioplatense. La Nierembergia hippomanica, baja y delicada, antes era considerada apenas un relleno; ahora se la valora por cómo une visualmente canteros y suaviza transiciones. Son plantas que, juntas, ayudan a construir jardines más flexibles, más resistentes y también más hospitalarios para mariposas, abejas y otros visitantes que devuelven movimiento y sonido al espacio.

Conviene decirlo sin vueltas: un jardín naturalista no es un jardín abandonado. Es un jardín que acepta el paso del tiempo, que trabaja con la sucesión natural y que no busca belleza solamente en el momento de esplendor. También la encuentra en la semilla, en el secado, en lo que queda después.

Piet Oudolf, una de las referencias internacionales de esta corriente, lo explicó con claridad: “Se crea una conexión con el entorno, es un paisajismo más sensible y, si se hace bien, uno no tiene que reponer muchas plantas”. Tal vez por eso estas flores, que nunca pidieron ser protagonistas, hoy vuelven con tanta fuerza. En un mundo que acelera y corrige todo, dejar que algo crezca a su ritmo puede ser, paradójicamente, el gesto más actual de todos.