La guía práctica para cultivar calas en maceta, balcones o jardines
La cala necesita humedad, buena luz y un descanso tras la floración. Cuáles son los cuidados clave para mantenerla sana y lograr nuevos brotes cada año en casa.
La cala se destaca por sus flores elegantes y puede cultivarse tanto en macetas como directamente en el jardín.
Con la llegada de la primavera, la cala recupera protagonismo en balcones, patios y jardines. Sus hojas verdes y sus características flores aportan color sin exigir cuidados complejos, aunque un error con el riego, la luz o el descanso estacional puede frenar la floración y debilitar la planta.
Su nombre científico es Zantedeschia y, pese a que también se la conoce como lirio de agua, no pertenece al grupo de los lirios verdaderos. Es una planta perenne originaria del sur de África que se desarrolla a partir de rizomas. La clásica variedad blanca convive con cultivares amarillos, rosados, naranjas y púrpuras, cada uno con necesidades ligeramente diferentes.

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Cuánta luz necesita una cala
La ubicación influye de manera directa en la cantidad y calidad de sus flores. Las calas requieren un ambiente luminoso y protegido, con sol suave o semisombra. En regiones calurosas, la exposición intensa durante las horas centrales puede quemar las hojas y las flores. Dentro de una vivienda, conviene ubicarlas cerca de una ventana con buena iluminación, lejos de estufas, aires acondicionados y corrientes fuertes.
La Royal Horticultural Society señala que suelen florecer mejor con abundante luz, aunque pueden cultivarse bajo sol parcial. Si reciben demasiada sombra, producen hojas vigorosas, pero menos flores.
El equilibrio entre humedad y drenaje
El riego debe adaptarse al momento del ciclo de la planta. Durante la etapa de crecimiento y floración, la tierra necesita conservar una humedad constante, sin permanecer completamente saturada. En las macetas, el agua sobrante debe salir con facilidad por los orificios de la base. Antes de volver a regar, resulta útil tocar la superficie del sustrato: si comenzó a secarse, es momento de aportar agua. La cala blanca, o Zantedeschia aethiopica, tolera terrenos particularmente húmedos e incluso puede crecer cerca de estanques. Las variedades de colores, en cambio, suelen requerir un drenaje más eficiente.
Para acompañar ese ritmo de crecimiento, la planta necesita un suelo fértil, suelto y rico en materia orgánica. En una maceta puede utilizarse un sustrato de buena calidad, siempre que no se compacte ni acumule agua alrededor del rizoma. Durante la temporada activa, un fertilizante líquido equilibrado puede aplicarse según las indicaciones del fabricante. Cuando aparecen los botones florales, algunas variedades responden bien a una fórmula con mayor proporción de potasio. El exceso de producto no produce más flores y puede dañar las raíces.
Las flores marchitas deben retirarse desde la base con una herramienta limpia. Esta tarea evita que la planta destine energía a formar semillas y favorece la aparición de nuevas varas. También conviene revisar periódicamente el envés de las hojas, donde pueden instalarse pulgones, arañuelas o moscas blancas. Las manchas amarillas, por su parte, pueden advertir sobre exceso de agua, falta de nutrientes o una exposición solar demasiado intensa.
El descanso que permite una nueva floración
Después de florecer, muchas calas reducen su actividad y comienzan a perder las hojas. Este comportamiento no siempre indica que la planta haya muerto: puede ser el inicio de su período de reposo. En esa etapa hay que disminuir el riego para evitar que el rizoma se pudra y retomarlo cuando aparezcan nuevos brotes. Las variedades sensibles deben protegerse de las heladas y del frío intenso.
Además, toda la planta contiene cristales de oxalato de calcio, por lo que debe mantenerse fuera del alcance de niños y animales domésticos. La Extensión de la Universidad Estatal de Carolina del Norte advierte que su ingestión puede causar irritación, dolor e inflamación en la boca, además de molestias digestivas.

