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El pueblo a una hora de Buenos Aires donde el asado se convierte en fiesta masiva

Cada 1 de mayo, un pequeño pueblo de Buenos Aires se transforma en escenario de uno de los eventos gastronómicos más convocantes del país.


A veces no hace falta irse lejos para sentir que todo cambia. Basta salir de la ciudad, manejar un rato y dejar atrás el ruido. A poco más de una hora de la rutina porteña, aparece Uribelarrea, un pueblo que encontró en el asado algo más que una comida: una identidad.

Calles tranquilas, casas bajas, almacenes con historia. Todo parece ir más lento. Pero una vez al año, ese ritmo se rompe. Llega el 1 de mayo y el lugar se llena. Literal. Lo mejor de todo es que está a muy poca distancia de Buenos Aires.

Cuando el asado se vuelve multitud

El llamado Festival del Costillar Criollo ya no es un evento más dentro del calendario. Se convirtió en una cita fija para miles de personas que buscan vivir algo distinto sin irse demasiado lejos.

La escena impacta: más de 1.300 costillares alineados, cocinándose a fuego lento desde temprano. El humo empieza a subir cuando todavía es de mañana, y con el correr de las horas el aroma lo invade todo. No hay apuro. La cocción lleva su tiempo, como marca la tradición.

El predio de la Sociedad de Fomento se transforma en el corazón del encuentro. Familias, grupos de amigos, curiosos que llegan por primera vez. No es solo ir a comer: es quedarse, recorrer, compartir.

uribelarrea

La antigua estación ferroviaria recuerda el origen histórico del pueblo.

Lo que hay que saber antes de ir

Hay un detalle importante que muchos descubren tarde: las entradas no se consiguen el mismo día. Se compran antes, y conviene hacerlo con tiempo porque el evento suele agotarse.

El ticket incluye una costilla entera por persona. Sí, una entera. Y existe un límite de compra por grupo, lo que obliga a organizarse un poco antes de viajar.

Después, todo depende de cada uno. Como es al aire libre, la experiencia tiene mucho de picnic: reposera, manta, cuchillo, tabla. Algunos llevan de todo. Otros improvisan. Pero el espíritu es ese: comer sin formalidades.

Un pueblo que vive de sus tradiciones

Aunque el festival es el gran imán, Uribelarrea no se agota en ese día. Durante el resto del año mantiene ese aire de pueblo detenido en el tiempo que atrae a quienes buscan desconectar.

La Plaza Centenario, la antigua estación de tren y la iglesia Nuestra Señora de Luján marcan el recorrido clásico. Todo queda cerca. Todo invita a caminar sin mirar el reloj.

Y después está la comida. Restaurantes de campo, pulperías, picadas con productos caseros, pastas hechas a mano. El asado, claro, siempre presente.

Una escapada que crece cada año

Con poco más de 1.500 habitantes, el pueblo encontró en este evento una forma de potenciar su identidad. Lo que empezó como una propuesta local fue creciendo hasta convertirse en uno de los encuentros gastronómicos más convocantes de la provincia.

Cada edición suma visitantes. Y no solo por la comida. Hay música en vivo, espectáculos folklóricos, puestos de artesanos. Un clima que mezcla tradición y encuentro.

El 1 de mayo, en coincidencia con el Día del Trabajador, termina siendo mucho más que un feriado. Para muchos, es la excusa perfecta para salir de la ciudad y volver a algo simple: el fuego, la carne y la charla larga.

Porque al final, más allá del festival, lo que se vive en Uribelarrea no tiene demasiada explicación. Hay que estar ahí. Y una vez que vas, suele pasar lo mismo: siempre queda pendiente la próxima vuelta.