Ataque de pánico: cómo reconocerlo y cuándo conviene pedir ayuda
La psicóloga Cyntia Ramírez explica qué sucede durante un ataque de pánico, por qué el temor puede persistir y en qué momento es necesario buscar ayuda.
Un ataque de pánico puede provocar síntomas físicos intensos y modificar la rutina por temor a que se repitan.
El corazón se acelera, el aire parece faltar y una idea catastrófica ocupa toda la escena. Aunque la experiencia puede sentirse como una emergencia, no siempre anuncia un peligro real. “La activación puede ser intensa y desagradable”, explicó a MDZ la psicóloga Cyntia Ramírez, matrícula 048991, al describir qué ocurre durante un ataque de pánico.
El episodio aparece de manera abrupta y alcanza su punto de mayor intensidad en pocos minutos. Puede incluir palpitaciones, dolor o presión en el pecho, sudoración, temblores, escalofríos, sensación de calor, falta de aire, mareos, náuseas, hormigueos o inestabilidad.
A esos cambios suelen sumarse pensamientos como “me voy a morir”, “voy a perder el control” o “voy a volverme loco”. Cyntia Ramírez aclaró que “la ansiedad forma parte de este sistema de respuesta y cumple una función adaptativa”, porque prepara al organismo para actuar ante una situación que interpreta como relevante.
El problema es que esa alarma también puede encenderse cuando no existe un riesgo concreto. Reconocer el mecanismo ayuda a no transformar automáticamente cada sensación en una prueba de peligro. Sin embargo, si es la primera vez, los síntomas son atípicos o hay dolor intenso de pecho, desmayo o una dificultad respiratoria marcada, corresponde solicitar una evaluación médica para descartar otras causas, tal como recomienda MedlinePlus.
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Cuándo deja de ser un episodio aislado
Una crisis única no equivale necesariamente a un trastorno de pánico. Puede aparecer durante una etapa de mucha exigencia, frente a un acontecimiento movilizante o incluso sin un desencadenante evidente. “La aparición de una crisis de pánico no implica necesariamente que vaya a instalarse un problema persistente”, sostuvo Ramírez.
La situación cambia cuando los ataques se repiten de forma inesperada y, después de al menos uno, permanece durante un mes o más la preocupación por sufrir otro episodio, por sus posibles consecuencias o por perder el control. También pueden aparecer modificaciones importantes en la rutina. Esta diferencia coincide con los criterios explicados por el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos: no todas las personas que atraviesan una crisis desarrollan el trastorno, pero la inquietud sostenida y los cambios de conducta justifican una consulta. Más que contar síntomas de manera aislada, importa observar su frecuencia y el impacto que empiezan a tener en la vida cotidiana.
El miedo a las sensaciones puede reducir la vida cotidiana
Después de una crisis, el cuerpo puede convertirse en el centro de una vigilancia agotadora. La persona revisa su respiración, controla el pulso y busca cualquier indicio de mareo, calor u hormigueo. Es como transformarse, describió Cyntia Ramírez, en “un escáner de su propio cuerpo”. Ese monitoreo aumenta la importancia de sensaciones habituales y favorece interpretaciones catastróficas: una aceleración cardíaca deja de entenderse como parte del ejercicio y pasa a sentirse como el anuncio de una nueva crisis. Entonces pueden abandonarse actividades físicas, relaciones sexuales, viajes o reuniones por temor a que activen señales parecidas. “El sufrimiento mayor ya no pasa tanto por los ataques de pánico, sino por la forma en que la persona empieza a organizar su vida para evitar que vuelvan a ocurrir”, advirtió la psicóloga. El alivio inmediato de quedarse en casa puede reforzar la evitación y hacer que el mundo resulte cada vez más pequeño.
A esa dinámica suelen agregarse conductas de seguridad: llevar medicación “por las dudas”, salir únicamente con alguien de confianza, ubicarse cerca de una puerta o asegurarse de contar con un regreso rápido. Estas decisiones calman en el corto plazo, pero pueden impedir que la persona compruebe que es capaz de atravesar las sensaciones sin depender de ellas.
Si la crisis no aparece, puede pensar “por suerte llevaba la medicación” o “menos mal que estaba acompañada”, explicó Ramírez, y atribuir el resultado a la precaución. Así, una ayuda ocasional termina sintiéndose indispensable. En algunos casos también aparece agorafobia, con temor a utilizar transporte público, permanecer entre multitudes o salir sin compañía porque escapar o recibir asistencia se percibe como difícil. Los organismos sanitarios reconocen esta asociación y advierten que la anticipación de futuros ataques puede impulsar la evitación de lugares vinculados con experiencias anteriores.
Cómo acompañar y cuándo buscar tratamiento
Frente a una crisis, acompañar no significa discutir con el miedo ni bombardear a la persona con instrucciones. “Mantener una actitud tranquila, no juzgar ni invalidar lo que está experimentando y evitar transmitir alarma puede ayudar”, indicó Cyntia Ramírez. Permanecer cerca, hablar con serenidad y no presionar suele ser más útil que repetir que “no pasa nada”. Cuando las crisis o la anticipación comienzan a limitar el trabajo, los vínculos, los traslados o las actividades valiosas, conviene consultar con un profesional de salud mental.
La terapia cognitivo-conductual cuenta con amplio respaldo para el trastorno de pánico; entre sus herramientas se encuentra la exposición gradual a situaciones o sensaciones temidas, adaptada a cada caso. El objetivo, resumió la especialista, “no es aprender a vivir sin ansiedad, sino poder seguir haciendo aquello que es importante para la persona, aun cuando aparezcan sensaciones desagradables”. Según el NIMH, el tratamiento puede incluir psicoterapia, medicación o ambas, siempre a partir de una evaluación individual y sin automedicarse.


