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"Yo quería ser Sinatra": la obra de teatro donde un hombre le canta a su memoria

En esta obra íntima, el teatro y la música de Sinatra inspiran una historia de barrio, sueños obstinados y un hombre que canta para no desaparecer.


El teatro tiene algo de ceremonia antigua: alguien se pone de pie frente a otros para contar una historia y, en ese acto mínimo, algo en todos cambia. Yo quería ser Sinatra toma ese impulso primitivo -la necesidad de narrar y cantar la propia vida- y lo vuelve materia viva sobre el escenario.

En Yo quería ser Sinatra, escrita por Gonzalo Leones, el teatro se vuelve un bunker de memoria. Un hombre se presenta ante nosotros con un micrófono y una vida entera en la garganta. A partir de allí comienza una especie de confesión nocturna: recuerdos de infancia, amores que dejaron marcas, noches en un bodegón donde la ilusión parecía posible y derrotas que obligan a sacar del medio, a empezar de cero.

La obra avanza como una canción que cambia de tono sin perder su melodía. Hay humor, ternura, cierta melancolía que se desliza entre las palabras y, sobre todo, una pregunta silenciosa: qué hacemos con esos sueños que nos acompañan incluso cuando el mundo insiste en desmentirlos.

Yo quería ser Sinatra, escrita por Gonzalo Leones

Yo quería ser Sinatra, escrita por Gonzalo Leones.

El protagonista quiere ser Frank Sinatra, pero la obra muestra rápidamente que ese deseo es apenas una máscara. Lo que late en el fondo es otra cosa: la obstinación de seguir cantando, aunque la gloria nunca llegue.

Julio Viera, el protagonista de la obra

El trabajo de Julio Viera es el verdadero motor de esta experiencia. Hay en su actuación una delicadeza sostenida, una manera de soltar la palabra que no busca imponerse, sino filtrarse lentamente en el ánimo del espectador. Viera no interpreta solo a un personaje: convoca presencias.

A lo largo del relato aparecen figuras que marcaron la vida del protagonista, un representante, un amor, la ilusión, la decepción, lo que se quiere y no se alcanza, o no está a la mano, cada una emerge con una modulación distinta del cuerpo con la voz. Son apariciones breves, casi como si fueran ecos que la memoria trae desde un lugar remoto.

La destreza del actor consiste en que esas transformaciones nunca se sienten como un despliegue técnico. Todo ocurre con una naturalidad que parece brotar del propio relato. El espectador no ve el artificio: ve una vida que se reconstruye frente a sus ojos.

La dirección de José María Barrios Hermosa comprende con lucidez algo que el teatro ha sabido desde siempre: la imaginación del público es el recurso más poderoso que existe. Por eso la puesta se sostiene en una austeridad deliberada. La escenografía no intenta reproducir los espacios del relato; apenas los sugiere. Un par de mesas, una silla, un vaso de whisky. Objetos comunes que, cuando el actor entra en un recuerdo, adquieren una densidad inesperada.

En ese gesto aparece una de las ideas más hermosas de la obra: que la épica del espectáculo y la épica de la vida cotidiana pueden convivir en el mismo plano. Un bodegón de barrio puede sentirse tan inmenso como el Madison Square Garden, si en ese lugar ocurrió algo decisivo para una vida. El teatro, en su esencia más pura, consiste justamente en eso: transformar lo ordinario en mito.

Julio Viera protagoniza Yo quería ser Sinatra.

Julio Viera protagoniza Yo quería ser Sinatra, la obra que se puede ver en Tadrón Teatro.

La dramaturgia de Gonzalo Leones posee una cualidad rara: sabe escuchar el pulso secreto de las vidas comunes. El texto está lleno de humor, de pequeñas revelaciones, de frases que parecen sencillas pero que esconden una resonancia profunda. Leones construye un relato donde los fracasos no se presentan como derrotas definitivas, sino como estaciones inevitables de un viaje. En ese recorrido aparece una intuición luminosa: no todos los sueños están hechos para cumplirse, pero muchos de ellos existen para sostenernos mientras avanzamos.

El diseño de iluminación de David Seiras trabaja con una inteligencia silenciosa. Aprovechando las limitaciones técnicas, la propuesta opta por una estética minimalista que privilegia la posición y la temperatura de la luz antes que el despliegue tecnológico. Las lámparas cálidas dibujan diagonales que fragmentan el escenario en pequeñas islas de memoria. Cada una corresponde a las figuras que habitan el pasado del protagonista. Así, la luz no solo ilumina: delimita espacios emocionales, separa tiempos y abre hacia donde los recuerdos pueden aparecer y desvanecerse.

El resultado es una atmósfera confesional, casi doméstica, donde la escena parece respirar con la misma cadencia que el relato. En tiempos donde el espectáculo suele medirse por su escala, Yo quería ser Sinatra recuerda que el teatro puede ser otra cosa: un acto de supervivencia compartida. Un lugar donde alguien se anima a contar su historia y otros se reúnen para escucharla. Hay algo profundamente festivo en ese gesto. No una fiesta ruidosa, sino una celebración discreta de la fragilidad humana: nuestras ilusiones, nuestras caídas, nuestras ganas de seguir intentando.

Quizás por eso la obra deja flotando una sensación difícil de nombrar, como si después de cada escena quedara en el aire un eco tenue, parecido al que dejan las canciones cuando ya se apagó la música.

El relato no busca imponer una moraleja; más bien susurra una intuición: que la vida se construye con pequeñas obstinaciones, con esas pasiones que nos empujan a seguir aun cuando todo parece indicar lo contrario. Tal vez ahí resida la belleza secreta de esta obra. No en la promesa de la gloria, sino en la dignidad de seguir cantando. Porque hay sueños que no están hechos para cumplirse, sino para acompañarnos mientras atravesamos la vida. Y cuando el teatro logra recordarnos eso, aunque sea por un instante, algo en nosotros vuelve a ponerse de pie.

Dónde y cuándo ver la obra

Quienes deseen acercarse a esta experiencia pueden hacerlo en el Tadrón Teatro (Niceto Vega 4802, CABA). Funciones los viernes 21:30hs con una duración de 50 minutos.

Las entradas se consiguen a través de Alternativa Teatral o directamente en la boletería del teatro. El valor es de $20.000 la entrada general y $17.000 para jubilados y estudiantes.