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La Isla vuelve al Payró con una pregunta incómoda sobre locura y cordura

La obra de Bortnik y Doria regresa al Teatro Payró con una mirada vigente sobre encierro, exclusión y los límites de la normalidad.

La Isla, texto de Aída Bortnik y Alejandro Doria, se reestrena.

La Isla, texto de Aída Bortnik y Alejandro Doria, se reestrena.

Archivo.

¿Cuál es el límite entre lo que llamamos locura y cordura? Esa parece ser la pregunta que vuelve a instalar La Isla, texto de Aída Bortnik y Alejandro Doria, reestrenada ahora en versión teatral bajo la adaptación y dirección general de Edgardo Rosini en el histórico Teatro Payró.

Estrenada originalmente como film el 9 de agosto de 1979, en plena atmósfera opresiva de la dictadura argentina, La Isla reaparece hoy con una vigencia inquietante. Lo que en aquel entonces podía leerse como metáfora política y encierro institucional, adquiere en esta puesta resonancias contemporáneas: la segregación de la diferencia, la patologización de la subjetividad y el miedo social frente a aquello que desborda la norma.

La obra sitúa al espectador en un territorio ambiguo donde los llamados “locos” parecen, por momentos, más lúcidos que quienes administran la normalidad. Allí radica una de las mayores virtudes del texto de Bortnik y Doria: desmontar la comodidad moral del espectador. No se trata de identificar quién perdió la razón, sino de interrogar el dispositivo mismo que decide qué conductas serán consideradas cuerdas y cuáles deberán quedar confinadas.

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La Isla, de Bortnik y Doria.

La Isla, de Bortnik y Doria.

La dirección de Rosini evita caer en el costumbrismo psiquiátrico o en una caricatura de la alienación. Por el contrario, trabaja sobre climas de encierro, silencios y tensiones que recuerdan que toda institución produce un lenguaje propio. La isla no es solamente un espacio geográfico o manicomial: es también una construcción social donde el otro queda apartado para preservar una supuesta estabilidad colectiva.

La isla es una construcción social

La adaptación teatral encuentra además un punto notable: recuperar el espesor político del texto sin transformarlo en una pieza arqueológica. Hay algo profundamente actual en esa comunidad de sujetos expulsados del orden común. El espectador advierte rápidamente que la obra habla tanto del manicomio como de cualquier forma contemporánea de exclusión, dato que queda expresado además por la estupenda actuación de actrices y actores quienes despliegan la acción en un certero diseño de iluminación de diseñado por Rosini y Sebastián Benitez

En Argentina esa discusión adquiere una densidad singular. Paradójicamente, en el país donde el psicoanálisis forma parte de la conversación cotidiana y donde la palabra “análisis” circula con naturalidad cultural, las internaciones psiquiátricas y los tratamientos prolongados suelen tener costos inaccesibles para gran parte de la población. La obra deja flotando también esa pregunta social: ¿qué ocurre con la locura cuando el cuidado queda condicionado por la economía? Allí La Isla deja de ser solamente una reflexión filosófica o clínica para transformarse en una observación profundamente política sobre la fragilidad contemporánea.

En varios momentos emerge una pregunta incómoda: ¿quién define la cordura? La psiquiatría, la ley, la moral, la familia, el poder. La Isla pone en escena precisamente esa disputa. Y allí aparece su dimensión más perturbadora: quizá la locura no sea lo opuesto a la razón sino aquello que la sociedad necesita nombrar como exterior para sostener su equilibrio.

TEATRO
La Isla deja de ser solamente una reflexión filosófica o clínica para transformarse en una observación profundamente política.

La Isla deja de ser solamente una reflexión filosófica o clínica para transformarse en una observación profundamente política.

El reestreno en el Payró no es casual

El teatro conserva algo de esa tradición de riesgo intelectual donde las obras no buscan tranquilizar sino producir pensamiento. En tiempos de discursos rápidos y subjetividades anestesiadas, La Isla vuelve para recordar que toda normalidad puede convertirse en una forma sofisticada de violencia (algo destacado por la prensa de la obra llevada a cabo por Marcelo Oliveri). Y acaso allí resida uno de los hallazgos más inteligentes de esta puesta. Al ingresar a la sala, cada espectador recibe junto con su entrada una llave. Un gesto simple, casi enigmático, que lentamente adquiere espesor simbólico a medida que la obra avanza. ¿Se trata de abrir algo? ¿De encerrar? ¿De decidir quién queda dentro y quién fuera? ¿Quién es finalmente el loco y quién el cuerdo?

La respuesta no conviene anticiparla

Hay experiencias teatrales que deben atravesarse y no explicarse. Vaya y descúbralo por usted mismo. Vale la pena.