Voluntariado y reflexiones: la experiencia de Daniela Faingold en Israel
Daniela Faingold, periodista argentina, comparte su experiencia en Israel tras el 7 de octubre, su voluntariado y las profundas lecciones sobre la humanidad.
Daniela Faingold, periodista.
Santiago Aulicino / MDZEn el ciclo de entrevistas MDZ, Daniela Faingold, periodista argentina y voluntaria en Israel, relata las vivencias que la marcaron durante su reciente viaje al país. Decidida a ayudar después del ataque del 7 de octubre, Daniela cuenta cómo se desconectó de las redes y se sumergió en una experiencia que le permitió reflexionar sobre el sionismo, los derechos humanos y la resiliencia de las familias israelíes. La conversación ofrece una mirada única sobre un contexto lleno de dolor, pero también de esperanza y solidaridad.
A través de sus relatos, Daniela nos transporta a un Israel golpeado por el conflicto, pero también lleno de humanidad y de historias de personas que luchan por reconstruir sus vidas. Desde las misiones de voluntariado hasta las reflexiones personales sobre la pérdida de su padre, esta entrevista nos invita a pensar sobre la importancia de los pequeños gestos en tiempos de crisis y sobre el papel que juega la empatía en la reconstrucción de un pueblo.
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Mirá la entrevista completa a Daniela Faingold
- ¿Por qué decidiste viajar a Israel?
- Decidí viajar a Israel como respuesta al ataque del 7 de octubre. Ese día, algo profundo dentro de mí despertó, porque, como judía, sentí una responsabilidad colectiva de estar allí y ayudar. El ataque fue una tragedia humana, pero también una oportunidad de conectar con mi identidad y con la necesidad de ser solidaria. No solo se trataba de Israel como un lugar lejano, sino de ayudar a la gente que, de alguna manera, se encontraba en una situación de vulnerabilidad extrema. Al principio, el plan era hacer un voluntariado general, pero pronto me di cuenta de que, a través de mi acción, podría darle a esas personas no solo apoyo material, sino también un poco de esperanza. Me parecía fundamental hacer algo en momentos tan cruciales, y aunque no sabía cómo se desarrollaría la experiencia, sentí que era mi deber aportar mi granito de arena, desde lo que pudiera hacer.
- ¿Cómo viviste el 7 de octubre en Argentina?
- El 7 de octubre fue un día extremadamente difícil y complejo para mí. Personalmente, me encontraba atravesando un momento muy doloroso, ya que mi papá estaba internado en ese mismo día, y la noticia de que su salud estaba en riesgo me paralizó. En medio de todo esto, los informes sobre los atentados en Israel llegaron rápidamente, pero estaba tan absorbida por la situación familiar que no pude procesarlo de inmediato. Como periodista, había seguido otros eventos en el pasado, y quizás inconscientemente intenté restarle importancia al ataque pensando que se trataba de otro episodio similar a los anteriores. Sin embargo, en cuanto me desconecté de todo lo demás y me sumergí completamente en el cuidado de mi papá, me di cuenta de la magnitud de lo que estaba ocurriendo. No fue hasta más tarde, cuando el mundo empezó a poner atención global al suceso, que comprendí que este no era solo otro atentado más, sino algo que cambiaría para siempre la dinámica de Israel y del Medio Oriente. Fue como un choque entre mi mundo personal y lo que sucedía afuera.
- ¿Cómo lograste desconectarte de las noticias como periodista?
- Fue un reto desconectarme, ya que mi naturaleza como periodista siempre me lleva a querer estar informada. Sin embargo, la situación con mi papá me obligó a poner todo en perspectiva y centrarme en lo más cercano y urgente, que era mi familia. Decidí no consumir información, ya que sentía que todo lo que llegaba me sobrepasaba. Mi enfoque fue mantenerme lo más cerca posible de mi papá, sin dejar que el caos del mundo exterior me afectara más de lo que ya lo estaba haciendo. Fue un proceso consciente de desvincularme de las noticias y hacer un esfuerzo por priorizar lo que realmente me importaba en ese momento: estar con los míos, vivir mi dolor y acompañar a mi familia en un momento tan difícil. Solo cuando mi papá falleció, pude encontrar el espacio para comenzar a entender el impacto real de lo que había sucedido en Israel y cómo esos eventos se conectaban con mis emociones personales.
"Me animé a caminar sola por esos lugares bombardeados"
- ¿Cómo fue tu llegada a Israel?
- Mi llegada a Israel fue un momento muy cargado emocionalmente. Nunca había visto un aeropuerto como el que vi esa vez. El cartel de “Brujim Habaim”, que significa "bienvenidos" en hebreo, me causó una mezcla de tristeza y emoción. Cuando vi las imágenes de los secuestrados y las víctimas, entendí que Israel ya no era el mismo país que conocí en mi primer viaje en 2018. Era un lugar marcado por el sufrimiento, por el miedo, por las familias que habían perdido a seres queridos, por la incertidumbre de lo que vendría. El país estaba viviendo algo muy diferente a lo que había imaginado. El ambiente, la forma en que se respiraba el aire, las miradas de la gente, todo me decía que el sufrimiento era colectivo, que todos, de alguna manera, estaban enfrentando un dolor profundo y compartido. Y aunque mi corazón estaba pesado, también sentí que mi presencia allí, por más pequeña que fuera, tenía un propósito importante. Ese primer momento, ese primer paso en Israel, fue de reflexión profunda y también de una conexión emocional más fuerte de lo que pensaba que experimentaría.
- ¿Qué fue lo que más te impactó de las zonas que recorriste?
- Lo que más me impactó de las zonas que recorrí fue ver la huella que la tragedia dejó en las personas y en el paisaje. En lugares como Nova, donde cayeron los primeros misiles, las huellas de la violencia eran visibles no solo en las infraestructuras, sino en las personas. La tristeza en los ojos de los habitantes era palpable, y la sensación de vulnerabilidad de saber que en cualquier momento todo podía cambiar, era algo que me estremeció. También estuve en Azeroth, donde se produjo una serie de secuestros masivos, y al hablar con los residentes, me daba cuenta de que sus historias no eran tan diferentes a las nuestras. Nos contaban que podían ser nosotros o alguien cercano a nosotros, y era tan cierto. Es muy duro darte cuenta de que el sufrimiento es tan cercano, tan accesible, que la línea entre lo que les pasa a los demás y lo que nos podría pasar a nosotros es casi inexistente. Esa cercanía con el dolor ajeno, ese sentimiento de identificación con el sufrimiento de las víctimas, me marcó profundamente. A pesar de las diferencias culturales, sociales y geográficas, todos somos humanos y vivimos las mismas emociones cuando nos enfrentamos a la tragedia.
- ¿Cómo viviste el voluntariado en Israel?
- El voluntariado fue una de las experiencias más intensas y transformadoras de mi vida. Vi cómo familias que antes vivían de manera completamente estable, perdieron todo en cuestión de días. Casas, empleos, pertenencias, todo se desmoronó a raíz de la violencia. Lo más impresionante fue ver cómo la solidaridad, aunque a veces parecía pequeña, tenía un impacto gigante. A través de mis acciones, por más mínimas que fueran, pude ver que marcaban una diferencia. No se trataba de una ayuda material, sino de un acto de humanidad, de estar allí para alguien que te necesita, sin preguntas, sin prejuicios. Ese tipo de voluntariado me hizo sentir conectada con las raíces del pueblo judío, con el compromiso de ayudar al prójimo. Me sentí parte de algo mucho más grande que yo misma. Además, al final de cada jornada de voluntariado, la coordinadora nos decía cuántas familias habíamos ayudado con nuestra labor. Eso, por más sencillo que fuera, me hizo sentir que había hecho algo importante, que mi tiempo había sido bien aprovechado.
- ¿Qué opinas sobre la normalización del conflicto en Israel?
- La normalización del conflicto en Israel me dejó reflexionando sobre la resiliencia de la gente. Me impresionó profundamente la capacidad de las personas de adaptarse a una vida llena de incertidumbre y de violencia. En lugares como Tel Aviv, la gente entraba en los refugios durante las alarmas, pero minutos después, volvían a sus actividades cotidianas como si nada hubiera pasado. Tomaban café, caminaban por la playa, como si el miedo fuera algo con lo que simplemente tenían que convivir. Esa adaptación me dejó pensando en lo que implica vivir en un lugar así, donde la rutina se redefine por la constante amenaza. Es algo que nunca podría haber entendido completamente sin verlo en persona. La normalización de esta violencia es algo que no deberíamos permitir en ninguna parte del mundo. La gente en Israel ha aprendido a sobrevivir, a no dejarse vencer por el miedo, pero la realidad es que viven con una constante presión psicológica que nosotros, desde afuera, no podemos comprender totalmente.
"La gente se tomaba un café como si nada hubiera pasado en Israel"
- ¿Qué te trajiste de Israel en el regreso?
- Cuando regresé, no solo me traje objetos materiales, sino una mochila llena de experiencias que me marcaron de manera profunda. Uno de los recuerdos más significativos fue un anillo con la frase "Esto también pasará". Es una frase cargada de esperanza, especialmente en momentos de gran sufrimiento. El judaísmo tiene este concepto de que todo es transitorio, que nada es permanente, y eso me dio mucha fuerza. También me traje anécdotas de personas que conocí, momentos de risa en medio de la tragedia, y una profunda reflexión sobre la capacidad humana para encontrar sentido y esperanza incluso en los momentos más oscuros. Me sorprendió cómo la gente, a pesar de todo, podía reírse, contar chistes, y encontrar pequeñas alegrías en su vida diaria. Esa capacidad de resiliencia me hizo pensar que, quizás, todos deberíamos aprender a encontrar momentos de luz en la oscuridad, porque eso es lo que nos ayuda a seguir adelante.

