"Una familia nunca deja de ser": cómo sostener los vínculos más allá de las crisis
La orientadora familiar Milagros Ramírez propone herramientas para criar con empatía, resolver conflictos y reconstruir una familia después de una separación.
Lic. Milagros Ramírez, orientadora familiar.
Agustín Tubio / MDZTítulo:La familia, ese primer universo de emociones, puede ser refugio o tormenta. Construirla, sostenerla y reinventarla en medio de los desafíos cotidianos no es tarea sencilla. Pero tampoco es imposible. Así lo cree Milagros Ramírez, orientadora familiar, quien trabaja a diario con distintos tipos de familias ayudándolas a encontrar su mejor versión.
Con una mirada integradora y sin idealizaciones, Ramírez pone sobre la mesa temas centrales: las crisis inevitables, los secretos que dañan, el desafío de criar, y la importancia de hablar lo que duele antes de que estalle.
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-¿Qué implica ser orientadora familiar?
-Ser orientadora familiar significa tener una mirada profesional y humana sobre la familia como sistema. A diferencia de otros enfoques, este trabajo considera a la familia como una red de vínculos donde cada integrante influye y es influido por los demás. No se trata de “arreglar” a las personas, sino de acompañarlas a encontrar formas más sanas de vincularse. Escuchamos, analizamos, y proponemos herramientas para que ese grupo —tan único como irrepetible— funcione mejor. Cada familia tiene su forma, su historia y su manera de amar, y el desafío está en ayudarla a descubrir cómo crecer desde ahí, sin comparaciones.
-¿La familia se construye todos los días?
-Sí, se construye y se reconstruye día tras día, decisión tras decisión. No alcanza con decir "te quiero" o con compartir un techo: el vínculo familiar se sostiene con gestos cotidianos, con conversaciones honestas, con la voluntad de estar. Hay días en los que fluye la risa, la buena energía; y otros en los que predomina el cansancio o la tensión. Incluso ahí, hay que seguir apostando al diálogo. Poder decir "esto me molesta", o "no puedo con esto", sin atacar ni cerrarse, es fundamental. La familia es una danza permanente entre lo individual y lo colectivo. Y hay que saber bailar incluso en los días más grises.
-¿Las crisis son parte de la vida familiar?
-No solo son parte: son inevitables. Y es importante entender que no hay familias inmunes a la dificultad. Vivamos donde vivamos, tengamos más o menos recursos, todas las personas vamos a atravesar momentos de crisis. Lo que marca la diferencia no es la ausencia de conflictos, sino cómo nos posicionamos frente a ellos. ¿Somos capaces de hablar lo que sentimos? ¿Podemos escuchar sin juzgar? ¿Sabemos pedir ayuda? Las crisis, cuando se abordan con honestidad emocional, pueden convertirse en oportunidades de crecimiento. A veces incluso las peores tragedias nos obligan a mejorar, a fortalecer vínculos que estaban dormidos.
-¿Cómo se debe actuar cuando la crisis está en la pareja?
-Cuando los padres están en crisis, el impacto en la familia es profundo. Por eso es clave que los adultos se organicen primero. La familia no es una democracia: necesita conducción, límites claros, y adultos que se hagan cargo. La forma en que esa crisis se comunica dependerá de la edad de los hijos. En algunos casos se puede hablar abiertamente, armar un "consejo familiar" donde todos opinen. Y muchas veces no. Porque hay temas que no deben depositarse sobre los chicos, ni pedirles que elijan bandos o carguen con angustias que no les corresponden. Hablar no es decir todo: es saber decir lo que se necesita, en el momento justo y con la madurez que exige el rol de ser madre o padre.
¿Que pasa cuando esos hijos van creciendo?
-¿Qué consecuencias tienen los secretos familiares?
-Los secretos sostenidos en el tiempo no protegen: dañan. A veces no es lo que se ocultó lo que más lastima, sino descubrir que hubo una decisión consciente de esconderlo. Eso genera desconfianza, y la confianza, una vez rota, cuesta mucho reconstruirla. No se trata de contar todo ni de hacerlo de cualquier manera. Se trata de tener en cuenta la edad y la capacidad emocional del niño o adolescente, y decir la verdad de forma cuidadosa. Por ejemplo, si yo no tengo relación con mi padre, eso no debería condicionar el vínculo entre él y mis hijos. Si como adulto no puedo separar lo personal de lo familiar, corro el riesgo de dejar que mis heridas marquen la vida de los demás.
-¿Cómo se transita el famoso "nido vacío"?
-Es una etapa muy movilizante, porque conviven la alegría por el crecimiento de nuestros hijos con una profunda sensación de vacío. El cuerpo se queda, pero la casa se siente más grande, más silenciosa. La clave está en hablar de lo que uno siente: decir “me duele”, “te voy a extrañar”, “tengo miedo”. Eso no debilita la relación, la fortalece. Nuestros hijos también nos pueden contener si les mostramos nuestra vulnerabilidad sin culparlos. Si negamos lo que sentimos, si “pilotamos” la angustia, eso se guarda y tarde o temprano explota. La independencia de los hijos no debería ser una amenaza: es una transición que, bien vivida, puede renovar incluso a la pareja y a los vínculos que parecían desgastados.
-¿Es importante que madre y padre participen por igual en la crianza?
-Sí, aunque desde lugares distintos. La madre, muchas veces, actúa desde la protección, desde el cuidado más emocional. El padre, en general, aporta una mirada distinta sobre el riesgo, la autonomía, la tolerancia a la frustración. No es una cuestión de roles estereotipados, sino de complementariedad. Cuando ambos están presentes y activos en la crianza, los hijos crecen con más herramientas emocionales. Y si uno de los dos no está, ese lugar puede ser ocupado simbólicamente por otro referente adulto, pero nunca debe negarse su valor. Una crianza saludable necesita diversas miradas y aprendizajes que se construyen desde lo femenino, lo masculino y lo humano.
Todas las vidas humanas pasan por una crisis
-¿La familia se termina con una separación?
No. La familia nunca deja de ser. Puede terminar el matrimonio, el proyecto de pareja, pero la función parental continúa para siempre. La condición de madre o padre no se pierde con la distancia o con una firma legal. Por eso, aunque haya enojos, decepciones o rencores, hay que tener la madurez suficiente para seguir construyendo desde ese nuevo lugar. Cuando una pareja se separa, lo más importante es entender que lo que se terminó fue el vínculo amoroso, pero no el compromiso afectivo con los hijos. Una familia no desaparece: se transforma. Y si hay respeto, diálogo y responsabilidad, esa transformación puede ser incluso sanadora.

