Presenta:

Un adiós al desconocido que tanto nos conoció

El Indio Solari murió a los 77 años pero su legado será eterno: su obra, su vida y la trascendencia.

El Indio Solari será despedido este sábado.

El Indio Solari será despedido este sábado.

Archivo MDZ

Me enteré adentro de un ascensor. El mensaje lo mandó mi hermano en un grupo de WhatsApp que tenemos con mi familia donde nos mandamos cosas del Indio y de Los Redondos. Lo primero que escupí fue un grito de "¡No!". Al lado mío había cuatro personas. Una me preguntó qué había pasado. "Murió el Indio", contesté como si se tratara de un familiar al que todos conocen, quieren y lamentan su muerte.

Salí a la calle y me puse los auriculares. "¡Ay! mariposa Pontiac ¿qué va a ser de mí?", retumbó en mi cabeza con un ritmo y una aceleración a la que no estaba dispuesto a seguir. Era la canción que había dejado en pausa para entrar al edificio del que acababa de salir. Revisé el teléfono a la espera de una desmentida que nunca llegó.

Pensé en todos los momentos de mi vida que transité con esta banda. Me acordé de la tarde que me escapé del colegio para imprimir la frase "ATRAPADO EN LIBERTAD" en una bandera; pensé en las horas que pasé en la ruta con mi papá para seguir a este hombre que nos recordaba que la vida sin problemas es matar el tiempo a lo bobo, y nos daba la dosis justa de lo que fuera que cada uno estuviera buscando en sus canciones, esas que él alguna vez definió como dispositivos de imaginación. También fui hacia los momentos más lindos y más tristes, los cotidianos y los más rimbombantes. Y en todos estaba su voz, como un telón de fondo que tiñe los recuerdos que, en este día, mienten un poco.

Pero pensar al Indio y a Los Redondos desde una mirada individual es injusto y segmentado. Un fenómeno de masas trasciende lo que le pasa a cada uno dentro de su propio auricular. Las lágrimas que chorrean son solo una expresión de lo que le pasa a una multitud de almas que hoy despide a un desconocido que nos conoció tanto como para decirnos lo que nunca nadie interpretó. Un desconocido que puso en palabras lo que distintas generaciones aún no sabían que les pasaba.

Un desconocido que en 1986 reconoció que los buenos habían vuelto, pero también advirtió que estaban rodando un cine de terror; que hermanó la violencia con la mentira; que fue corriendo a ver qué había escrito en su pared la tribu de su calle; que calificó de muy curioso a ese montaje final; que reconoció las pistas del futuro en los nervios de los jóvenes y que a la vez nos convocó a hacer la revolución con una canción de amor; que cuando ya no daba para más nos adelantó que iba a marchar cantando, y hoy después de tanto aviso aún no lo podemos entender.

Las horas que siguen estarán dedicadas a llorar sus canciones, al repaso de su carrera y al abrazo colectivo para entender que no estamos tan solos. Y lo que nos queda será el legado de un artista que no eligió el virtuosismo de la técnica musical como único camino para golpear pechos. Nos queda su coherencia artística y filosófica: su búsqueda implacable por reinventarse todo el tiempo, aún perdiendo fans y consiguiendo otros, su libertad de hacer el camino "solos y de noche"; su convencimiento en la década del 80 de que "la vida es decidir estar vivo" y su readaptación 30 años después, cuando en su vida todo pasó, de que "la vida es decidir y pretender".

Su lírica, muchas veces marcada por la intriga y el misterio, se imprimió en pieles, paredes y banderas, que hoy, en todo el país flamearán a media asta, pero cuando pase la tormenta serán parte de una obra que va a latir donde ya no quede pulso, cuando las respuestas pierdan las certezas y un espejo refleje una mirada perdida. Allí habrá una voz ronca que se pregunte "¿Y cómo no sentirse así?".

Gracias, Indio.