Sofía Lewicki: "Hay adultos con dificultades para vincularse, dependientes de las pantallas e incapaces de esperar"
La psicóloga y especialista en crianza analiza el impacto de los modelos autoritarios, la desconexión emocional y el uso cotidiano del celular. En su libro Tan mal sí salimos, propone revisar la propia infancia antes de buscar nuevas formas de acompañar a los hijos.
Crianza y pantallas: Sofía Lewicki pide coherencia en los límites.
Sofía Lewicki es madre, licenciada en Psicología y Psico Neuro Educadora. Especializada en crianza, se desempeña como docente adjunta en la diplomatura Nuevos Paradigmas en Crianza y Desarrollo Infantil. Además de atender en su consultorio privado, acompaña a familias mediante talleres, colabora en diversos medios gráficos y es autora de “Tan mal sí salimos”, su primer libro.
- ¿Dónde estudiaste psicología y cómo nació tu interés por la crianza?

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- Empecé estudiando en Mar del Plata. Cuando estaba en tercer año de la carrera me vine a Buenos Aires a hacer una pasantía de verano porque sentía que me faltaba práctica. No podía ser que los psicólogos terminemos la carrera sin estar en contacto con las personas. Contacté a alguien de forma random por Facebook y le dije que quería conocer el Hospital Borda. Me terminé quedando toda la temporada ahí. Cuando volví a Mar del Plata me agarró casi una depresión; necesitaba la acción de estar en contacto con los pacientes. Así que decidí dejar los finales que tenía pendientes allá y mudarme a Buenos Aires. Me anoté en la UCES para terminar la carrera y me quedé acá.
- ¿Y cómo pasaste del Hospital Borda, donde la mayoría son adultos, al mundo de los niños?

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- Trabajando en lo institucional me di cuenta de la precariedad de la salud en general, del deterioro de los profesionales y de las personas que están ahí; era muy complejo. Pero el cambio empezó cuando estudié en una clínica de niños. Ahí se activó algo dentro mío, de mi propia niña y de mi infancia. Lo que terminó de detonar todo fue mi propio embarazo. Ahí mi cabeza hizo una explosión y me empecé a interesar por la psicología perinatal. Siento que es una gran deuda de la psicología, porque en la facultad se habla muy poco de la gestación, de los nacimientos y de esos primeros años. Además, hay muy pocas mujeres en la bibliografía oficial hablando de la psicología de la crianza. Empecé a ver que lo que me contaron en la facultad no tenía nada que ver con lo que vive una mujer en su cuerpo, con su psiquismo o con la culpa.
- Justamente sobre eso, ¿Nos hacés una sinopsis de tu libro? ¿Por qué te animás a decir "Tan mal sí salimos"?
- Basta con mirar a la sociedad actual para ver que tan mal sí salimos: actualmente hay adultos con dificultades para vincularse, dependientes de las pantallas e incapaces de sostener la espera. En el libro recorro cómo el lugar que históricamente ocuparon las infancias se transmitió en el inconsciente colectivo sin que nadie se cuestionara el maltrato o la minimización de sus sentimientos. Incluso los llamamos 'menores', un término que marca opresión. Fuimos educados cancelando nuestra voz y deseos para que otro nos dijera qué sentir, y para lograr eso, primero tuvieron que desconectarnos de nuestro sentir intrínseco.
- Antes el hijo tenía que ser funcional a la familia. Ahora queremos ser más respetuosos, pero si no paramos a registrar nuestra propia frustración y nuestro hartazgo, ¿cómo vamos a hacer para ser mejores padres?
- Si no nos detenemos a pensar desde el dolor y desde lo que nos duele, no hay manera de hacerlo mejor; vamos a seguir repitiendo como autómatas. Las crianzas de nuestras generaciones tuvieron que ver con la represión y el autoritarismo, lo cual borra los límites porque te convertís en una cosa para el otro. Nuestros padres no tenían herramientas, y no se trata de echar culpas porque ellos también fueron víctimas, se trata de mirar la realidad para hacer las cosas mejor. Hoy en día, establecer límites de hasta dónde soy yo y hasta dónde es el otro es muy difícil. Por eso yo hablo de la "crianza del reconocimiento", que es el paso previo que le falta a la crianza respetuosa: el reconocimiento de uno mismo como un sujeto. Como de niños no fuimos reconocidos, ahora de adultos nos toca ver cómo nos reconocemos, cómo nos reencontramos con nuestra voz y qué es lo que queremos.
La entrevista completa a Sofía Lewicki
- Es que además la sociedad opina constantemente sobre las decisiones de las madres. Si va descalzo, si tiene frío, si le das la teta o no…
- Totalmente, se opina sobre el cuerpo ajeno y sobre las madres. Hay algo muy intuitivo en lo que cada mujer puede dar; hay quienes quieren dar la teta hasta los tres años y está mal visto, y otras que no tienen ganas o les duele, y también está bien. El problema actual es la desconexión del propio saber. Estamos en la era de la sobreinformación: te llenás de tips, recetas y opiniones de coaches o psicólogos, pero te desconectas de vos misma. Apuesto a que la mujer pueda volver a conectar con lo que siente y confiar en lo que ella puede dar, armando su propia fórmula. Nos enseñaron a legitimar primero la voz exterior y dejar la nuestra para lo último.
- ¿Y qué hacemos con las pantallas?
- Los niños no nacen queriendo ver pantallas; nacen en un mundo donde ven a los adultos permanentemente conectados. Son niños de la "teta selfie". Desde que nacen en el hospital, lo primero que ven es la cara de la madre y la pantalla del celular. ¿Cómo va a ser algo malo si es lo primero que ven de su mamá? Eso es lo primero que tenemos que repensar. El celular no solo saca la capacidad de mirar a un amigo, de jugar con barro o de leer un libro; también nos saca a nosotros la mirada de ver a nuestro propio hijo. Los adultos somos adictos al celular con la excusa del trabajo o de las aplicaciones, pero no queremos que nuestros hijos lo sean. El primer paso es ser conscientes y establecer horarios. Por ejemplo, cuando llegan los chicos, dejan el teléfono en una cajita. Si tu hijo viene a mostrarte un dibujo y vos estás con el teléfono para sacarle una foto inmediata, al final ni viste el dibujo, apuntaste a la foto.
- ¿Cuál es tu recomendación oficial con los límites de tiempo de las pantallas? A veces en la semana te piden "cinco minutos más" por el cansancio de la escuela y uno va cediendo por culpa.
- El límite lo tenemos que tener claro nosotros primero. Si vas cediendo, el niño va a aprender eso. Al final, lo único que hablás con tu hijo en la tarde es: "Ya está, córtala, terminó, dámelo". Si siempre estás diciendo que no pero al final no sos coherente en cumplirlo, generás una desorganización psíquica en el niño. Hay que ser coherentes. Si pactás media hora, le avisás cinco minutos antes que ya se va a cortar. Si al apagarlo el niño llora y vos se lo volvés a prender porque está acelerado, ¿qué aprende ahí? Aprende que llorando consigue lo que quiere. No significa que sea un manipulador nato, es que vos le estás enseñando ese camino. El límite necesita coherencia.