Silvia, la 'gaucha' lujanina apasionada por la historia argentina

La mendocina Silvia Beatriz Garguir Masera (68) es una fervorosa difusora de la historia y las tradiciones argentinas, que recorre todo el país llevando sus anécdotas, relatos y ponchos para contribuir a la supervivencia de nuestra cultura.

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Nicolás Munilla

Silvia Beatriz Garguir Masera

Pachy Reynoso/MDZ

¿Qué nos identifica como nación argentina? A pesar del paso del tiempo, numerosas costumbres forman parte de nuestro legado popular: el mate, el asado, las peñas, la música folclórica, la pintura y literatura costumbristas, las artesanías de plata y metales, las domas y otras tantas expresiones populares.

Ya sea en forma oral o escrita, hay quienes se encargan de mantener vivo nuestro legado histórico. La mendocina Silvia Beatriz Garguir Masera (68) es una fervorosa difusora de la historia y las tradiciones argentinas, que recorre todo el país llevando sus anécdotas, relatos y ponchos para contribuir a la supervivencia de nuestra cultura.

Sí, ponchos, ya que Garguir posee una colección de 45 piezas únicas artesanales e industriales. Con ellos, esta docente jubilada lujanina se envuelve en una atmósfera gauchesca que revaloriza la cultura campestre y las vivencias de aquellos que forjaron la patria argentina.

Silvia Beatriz Garguir Masera

Su casa en Chacras de Coria es un fiel reflejo de su pasión por la tradición. Entre ponchos, sombreros, fotos, mobiliario y recuerdos, Silvia habla con fervor sobre lo que representa para ella difundir el saber popular argentino. “El poncho es un pretexto para contar la historia nacional. Soy una buscadora de relatos históricos y tradiciones orales, de cosas que la gente entienda, de aquello que no cuentan en las escuelas y que tampoco sale en los libros”, aseguró a MDZ con un entusiasmo que nunca decae y que transmite a través de sus palabras y el intenso brillo de sus ojos.

Como en sus charlas sobre historia y tradición, Silvia mantiene vivo su legado familiar, cuya fuerte impronta de empeño y arduo trabajo exitoso la marcó desde siempre. Todo inició cuando sus bisabuelos, oriundos de Italia y que llegaron al país a finales del siglo XIX, se pusieron bajo la protección de un cacique en Santa Fe, antes de arribar a Mendoza con sus tres hijos italianos y dos argentinos. “El cacique, que era viejito y se llamaba Montenegro, se pasaba todo el día en un pozo vacío tejiendo tarigues de fibras teñidas, los cuales todavía conservo y tienen más de 130 años”, explicó Silvia.

Por su parte, el abuelo de Silvia adquirió años después una estancia de 6000 hectáreas en Vicuña Mackenna, Córdoba, la cual bautizó Talapenda. Así creció su interés por lo rural y las tradiciones del gaucho, pasiones que transmitió a sus hijos y nietos: “En Mendoza mis padres, mi hermano y yo vivíamos con mis abuelos, y me la pasaba escuchando todo lo relacionado con el campo. También me gustaba quedarme los domingos con mi ‘nona’ para que me contara cosas de su infancia. Siempre estuve muy vinculada a la tradición y eso forjó mis ideas a futuro”.

Silvia Beatriz Garguir Masera

Luego de jubilarse hace quince años Silvia, que además de docente es licenciada en Publicidad y Propaganda y trabajó en escuelas y medios de comunicación, entre otros sitios, decidió volver a sus amores de juventud, la historia y el campo. Pero aún no sabía cómo hacerlo: “Me dí cuenta que comprar ponchos era algo que me estaba copando, por lo que me puse a investigar leyendo libros, buscando relatos orales y absorbiendo cuanta información encontraba sobre ponchos e historia. Así comencé dando charlas en escuelas e instituciones, y luego se fue volviendo más grande”.

Sus presentaciones abarcan sitios como escuelas primarias, secundarias y CENS; bibliotecas populares, museos y archivos; universidades; ferias de libros; eventos internacionales; festivales y capacitaciones; medios de comunicación e incluso actos de gobierno. Entre algunas de sus exposiciones se destacan la celebración del Día de la Tradición en la Legislatura provincial, en 2017; el VII encuentro de la Organización Argentina de Mujeres Empresarias en 2018; y un almuerzo solidario de la Fundación de lucha contra el cáncer gineco-mamario de la Federación Económica de Mendoza.

Además de Mendoza, ha recorrido otros lugares como Mar del Plata, Rosario y Vicuña Mackenna.

Silvia también ha sido homenajeada con varias distinciones: Personalidad destacada de Luján de Cuyo, Distinción Legislativa de la Honorable Cámara de Diputados de Mendoza, Diploma de Oro de la Escuela Normal ‘Tomás Godoy Cruz’, y Medalla de Oro “Sembrador de ideales” de la Fundación Antonio Rizzuto de Buenos Aires.

Es autora del libro ‘Los Ángeles de mi historia’ (2005), en el que narra relatos familiares intercalado con historias cotidianas de Chacras de Coria. Por su rico valor literario, parte de esta obra figura en la recopilación de ‘Historias de Luján por lujaninos’, editado hace una década. Incluso fue directora de las fiestas vendimiales chacrenses de 2005, 2006 y 2007.

Ponchos

La prenda más característica y representativa de la tradición argentina (y sudamericana) es el poncho, cuyos orígenes se remontan a los pueblos precolombinos andinos y terminó siendo adoptado por las clases rurales criollas, con su máxima representación en el gaucho.

En su colección, Silvia resguarda retazos de la historia argentina, que preservan no solo la esencia de cada poncho, sino también el legado de la cultura americana y de personajes que, en alguna forma u otra, contribuyeron al enriquecimiento de una nación que construyó sus bases a fuerza de trabajo y sacrificio.

Silvia Beatriz Garguir Masera

Uno de los poncho pampa posee una guarda encadenada con geometrías en forma de cruz chacana, símbolo de las culturas aborígenes andinas y que explica la visión del universo: “Su punta hacia arriba simboliza el mundo ideal; hacia abajo representa el mundo real; a la izquierda todo lo relacionado con religión, política y filosofía; y a la derecha es lo mismo pero en relación con el cosmos”, explicó Silvia.

Otro poncho negro de origen patagónico, hecho de lana en telar, presenta dibujos de cabezas de caballo, un recuerdo de la llegada de este animal al sur, importado por los españoles, y que los tehuelches adoptaron rápidamente a su forma de vida seminómada.

Algunos ponchos son similares a los que recibió José de San Martín por parte de los cincuenta caciques pehuenches que participaron del histórico Parlamento de San Carlos, realizado en 1816. El del cacique Sayhueque era azul, color máximo de la divinidad suprema, con guardas rojas, que representan su naturaleza combativa. La manta de Ñacuñán, en cambio, tiene colores más claros, que luego fueron adoptados en los ponchos mendocinos. “Ñacuñán es ‘águila blanca’, el cacique de la luz; mientras que Sayhueque es ‘flecha de piedra’, el cacique del atardecer, por su carácter más combativo”, relató.

Silvia Beatriz Garguir Masera

Garguir posee otra réplica de un poncho que perteneció al Libertador, un encapuchado de cardada reversible confeccionado en Lima. “Según dicen, cuando San Martín llegó a Perú, se entrevistó con el virrey José de la Serna, un viejo amigo que conocía de sus épocas de militar en España. El funcionario realista le regaló un poncho de seda inglés, que a San Martín le pareció demasiado pomposo. Pero a la salida de esa cena, un grupo de pobladores le regaló otro poncho que San Martín amó y atesoró por siempre. De hecho en Boulogne sur Mer, el día de su muerte, se encontró con ese humilde poncho cubriéndole las piernas”.

Uno de los ponchos más conocidos es el que usaban los ‘Infernales’, gauchos que componían el ejército al mando de Martín Miguel de Güemes y que luchó en las guerras de independencia hispanoamericana. “El color rojo simboliza la sangre de toro, mientras que las guardas negras son por la muerte del inca Atahualpa y el moño negro representa el luto por la muerte de Güemes, siendo este último un agregado posterior al original poncho andino que adoptaron los Infernales”, señaló Garguir.

La muerte de Güemes, ocurrida el 17 de junio de 1821, tras siete días de agonizar luego de ser apuñalado por la espalda, también sirve como disparador para una curiosa anécdota popular: “Cuando se entera de la muerte de su esposo, Margarita del Carmen Puch y Velarde entra en una habitación y se corta su largo y hermoso pelo negro, el cual Güemes tenía por costumbre acariciar, y durante nueve meses no acepta comida ni bebida hasta que muere con solo 28 años”.

Silvia Beatriz Garguir Masera

Relatos curiosos

Los ponchos, sombreros, trarús, trarihues y rastras, son ‘excusas’ estimuladoras para avanzar hacia un objetivo mayor: la difusión de la historia argentina. Gracias a una memoria prodigiosa y una retórica entretenida con fines didácticos, y ataviada con sus vestimentas gauchas, Silvia se inspira en los fogones de las pampas y comienza a hilar historias que capturan rápidamente el interés de los oyentes.

“Mis relatos se construyen y enriquecen con lo que saben otras personas y con una intensa dedicación a la lectura y el estudio que ejercita mi memoria, costumbre que adquirí gracias a mi papá que nos compraba cuanta colección apareciera y nos incentivaba a aprender”, reconoció.

Como buena narradora, Silvia parte de un punto específico y entrelaza diferentes anécdotas englobadas en un símil contexto histórico, manteniendo el ritmo de sus palabras sin perder el hilo narrativo ni enredándose en los acontecimientos. En su calidad de anfitriona, nos ofrece algunas historias interesantes.

De Belgrano al Riachuelo

“El 27 de febrero de 1812 Manuel Belgrano está en la Villa del Rosario, donde arman las baterías Libertad e Independencia: la primera se asienta sobre la tierra, mientras que la segunda reposa sobre una isla denominada Espinillo, desaparecida años más tarde a causa del río. Por pedido de Belgrano, una costurera llamada María Catalina Echavarría de Vidal cose una bandera de dos franjas, blanca arriba y celeste abajo, que después se toma como base para la Bandera de los Andes. Ese día la insignia se enarbola frente al ejército, siendo la primera vez en la historia argentina que se le permite a una mujer estar presente en un acto castrense, primera señal de Belgrano hacia el pueblo. Otra señal fue que el izado estuviera a cargo de un civil, honor que recayó en Cosme Maciel, tercer regidor del Cabildo de Santa Fe”.

“Luego del izamiento, que se realizó con la diana de gloria, Belgrano invita a Cosme Maciel a participar del Ejército del Norte, porque ya le había ayudado en la construcción de las baterías. Pero Maciel está en una disyuntiva al tener que decidirse entre dos mujeres: la Patria y su madre, quien estaba muy enferma. Finalmente elige a la madre. Una vez que muere la anciana mujer, Belgrano vuelve a invitarlo, pero Maciel había tenido problemas políticos y termina expulsado de Rosario, llegando a Buenos Aires. Allí se afinca al borde del Riachuelo, cerca de la desembocadura, donde monta una granja y una chacra en el sector que hoy conocemos como isla Maciel”.

La Reina de la Patria

“A mediados de 1815 se designa a Tucumán como sede del Congreso, pero el cabildo estaba en refacciones y había que elegir un lugar para reunirse. Queda como sede la casa de doña Francisca Bazán de Laguna, una propiedad de dos hectáreas que ya estaba semi alquilada y era ocupada por la Aduana y varios locales comerciales, e incluso el ejército de Belgrano había parado ahí”.

“Viajan 33 representantes de todo el antiguo virreinato: 18 abogados, 11 religiosos y 4 militares. Pero en el momento de la Declaración, que fue un martes 9 de julio, hay solo 28 delegados presentes, dado que algunos se habían ido por distintos motivos. La jornada termina a la noche con una gran cena que convoca el entonces gobernador Bernabé Aráoz”.

“Al día siguiente se desocupan los salones y se hace una fiesta convocada por Francisca Bazán de Laguna. La música se divide en minué para los pitucos y cielito para los gauchos, que hasta ese momento usaban chiripá, sombrero de panza de burra, pañuelo serenero, bota de potro y por supuesto mucho poncho. En ese festejo se elige una especie de ‘reina’, y la ganadora resulta una niña de doce años, rubia de ojos azules, llamada Lucía Aráoz, que no tenía nada que ver con el gobernador. La pequeña queda para la historia como la ‘Novia de la Patria’ o la ‘Rubia de la Independencia’”.

“Un dato muy curioso: en nuestro país solo dos lugares tienen en sus calles los nombres de los 33 congresales de Tucumán: Palermo, en Buenos Aires, y Luján de Cuyo, en Mendoza”.

La Bandera de los Andes y el mito de la Navidad

“Las patricias mendocinas, que en realidad tenían entre 13 y 16 años y eran encabezadas por María de los Remedios Carmen Rafaela Feliciana de Escalada y de la Quintana de San Martín y Matorras, de 19, salen a comprar telas para confeccionar la bandera que San Martín les pidió en la Navidad de 1816. Decepcionadas por no encontrar género, caminan largamente hasta que logran lo que buscaban en una tienda de la entonces ‘calle del Cariño Botao’, hoy llamada Espejo”.

“Hay dudas que el pedido de San Martín haya sido en Navidad, porque es muy difícil que la bandera del Ejército de los Andes hubiese podido hacerse desde el 25 de diciembre de 1816 hasta la jura en enero de 1817. Es más seguro que la bandera haya empezado a bordarse en julio, antes del nacimiento de Merceditas”.

“Otra posibilidad es que se agregaran más bordadoras a la confección de la bandera: tres monjas del Convento de la Buena Enseñanza (actual Compañía de María) y tres mujeres llamadas las ‘peladas corruptas’, quienes estaban presas y rapadas para evitar el contacto con los piojos”.

El pelotudo

“Para enfrentar los malones estaban las montoneras, compuestas por soldados distribuidos en tres líneas de tres filas bien compactas: las tres primeras formadas por los ‘pelotudos’, las tres que siguen por los ‘lanceros’ y las tres restantes por los ‘boludos’”.

“El pelotudo era el primero en entrar en acción, porque se encargaba de revolear por el aire una pelota de piedra atada con un tiento, cuyo objetivo era pegarle al caballo en el pecho y dejarlo sin respiración; caído el jinete al suelo, venía de atrás el lancero a rematarlo, pero si no lo podía lancear o el caballo seguía vivo, el boludo aparecía con la boleadora”.

“Si lo aplicamos en la vida diaria, ya sabemos que el pelotudo es al que mandan siempre al frente. No existen las malas palabras, sino las malas interpretaciones según cómo las aplicamos”.

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