Scrolleo, luego existo: qué lugar le damos a los celulares en las escuelas
El debate sobre los celulares en las escuelas va más allá de prohibirlos: la evidencia no es concluyente y plantea nuevos desafíos educativos.
Integrar o prohibir los dispositivos son hoy las dos alternativas que aparecen con más fuerza sobre la mesa.
Archivo.El debate sobre el uso de celulares en las escuelas suele plantearse como una disyuntiva: ¿prohibir o no prohibir? Pero quizás estamos haciendo una pregunta demasiado sencilla frente a un problema bastante más complejo.
Hoy, discutir si los chicos van a tener acceso a un teléfono parece, en buena medida, una discusión saldada. Un informe de Argentinos por la Educación muestra que 6 de cada 10 estudiantes de tercer grado ya tienen un celular propio. En secundaria, la proporción llega al 90%. Y, aunque existen diferencias según el nivel socioeconómico, la presencia del dispositivo atraviesa a todos los sectores sociales. Estamos frente a una tecnología que ya forma parte de la vida cotidiana de los estudiantes y que la escuela no puede ignorar. El desafío entonces es encontrar formas de regular su uso y, al mismo tiempo, enseñar a utilizarla de manera responsable. Quizás el primer reflejo sea atribuirle el deterioro en los niveles de aprendizaje al celular y al uso de aplicaciones y redes sociales. Esta lectura se nos presenta a primera vista como lógica e incluso frecuente. Fortaleciendo el caso, la evidencia disponible muestra que el celular puede ser una fuente de distracción en la escuela y que las políticas que restringen su uso logran reducirlo durante el horario escolar.
Un debate que ya cambió
Sin embargo, lo interesante para este debate es que todavía no hay evidencia concluyente sobre su impacto en los aprendizajes. Los estudios internacionales presentan resultados heterogéneos: algunos encuentran mejoras en el rendimiento (en especial en aquellos alumnos más vulnerables y rezagados académicamente), mientras que otros no detectan efectos significativos. Incluso las políticas más estrictas, que reducen considerablemente el uso de los teléfonos, no necesariamente se traducen en mejores resultados académicos. Esto abre una oportunidad particularmente interesante para Argentina. En un contexto en el que 12 jurisdicciones están adoptando diferentes regulaciones, tenemos la posibilidad de generar evidencia local: evaluar qué políticas funcionan, para quiénes, en qué edades y bajo qué condiciones. No se trata de implementar las soluciones que se toman en el resto del mundo, sino de aprender de lo que sucede en nuestro propio contexto.
Porque reducir una distracción no necesariamente significa generar aprendizaje, sobre todo si el estudiante deja de mirar el celular pero no cambia su vínculo con la atención, los hábitos de estudio o las propuestas de enseñanza. El dispositivo es visible y fácil de señalar, pero detrás de su uso hay cuestiones más profundas como hábitos, capacidad de autorregulación, formas de relacionarse con la tecnología y prácticas familiares y escolares. En este punto, las familias también tienen un papel central. Muchas veces los chicos reciben su primer celular a edades tempranas para comunicarse, organizar traslados o tener mayor autonomía. Pero esas decisiones también construyen hábitos. Por eso, además de establecer reglas para las escuelas, necesitamos mayor información y un fuerte nivel de concientización para las familias.
El rol clave de las familias
Quizás, entonces, la pregunta no sea simplemente si debemos prohibir o permitir los celulares. En algunos momentos y contextos, restringirlos puede ser una buena decisión, especialmente en edades muy tempranas, pero lo central es que las escuelas cuenten con la autonomía y el apoyo necesarios para tomar decisiones acordes a sus realidades. En ese sentido, los establecimientos educativos enfrentan hoy múltiples desafíos y el uso de la tecnología se suma a ese escenario. Al mismo tiempo, representa una oportunidad para intervenir sobre el problema y enseñar a los estudiantes a relacionarse con la tecnología de manera responsable. Para eso, es imprescindible que los docentes cuenten con formación y herramientas adecuadas.
Los propios datos de Aprender muestran que el 62% de los directivos y el 52% de los docentes de primaria considera importante recibir mayor formación para implementar las tecnologías de la información y la comunicación en educación. No alcanza con entregar dispositivos o establecer reglas: también hay que desarrollar capacidades para utilizarlos pedagógicamente. En este debate global sobre el uso de los celulares en el aula, resulta tentadora la conclusión definitiva en torno a la prohibición. No obstante, al menos hasta el momento, la evidencia internacional no termina de confirmar que restringir su uso se traduzca, por sí mismo, en mejores aprendizajes.
Educar para usar tecnología
Integrar o prohibir los dispositivos son hoy las dos alternativas que aparecen con más fuerza sobre la mesa. Lo que ya no parece una opción es no discutir qué lugar queremos que ocupe la tecnología en la escuela.
* Tomás Besada. Economista y Analista de Datos en Argentinos por la Educación.