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San La Muerte en Mendoza: el santo popular que asusta pero también protege

En un rincón del Acceso Sur, en Luján de Cuyo, hay un altar dedicado a San La Muerte, un santo que impresiona a primera vista y a segunda también.


San La Muerte es un santo popular que luce, sin más, como la propia representación de la muerte. Y tal como luce, intimida, asusta: un esqueleto humano de pie, con la mandíbula expuesta, cubierto en parte con un manto negro, con las órbitas oculares vacías, aunque se imagina una mirada fría y, en su mano derecha, con firmeza, sostiene una guadaña justiciera ante la que arde la vida.

A un costado del Acceso Sur, en Luján de Cuyo, bajo un estupendo aguaribay, hay un altar dedicado a San La Muerte. Quien lo erigió, lo ha ido mejorando con el tiempo, sin perder la pulcritud y sin dejarse ganas por la acumulación exuberante de objetos. Nunca faltan allí pocas y pequeñas, aunque significativas ofrendas, sobre todo, velas, botellas de bebidas alcohólicas abiertas y algún cigarrillo encendido.

Divinidad protectora

San La Muerte es una divinidad protectora, fruto de una creencia popular cuyo origen se ubica en los montes de la provincia de Corrientes, donde tiene un gran santuario sobre la Ruta 12. En Mendoza, tiene el más importante en Rivadavia, donde se lo celebra cada 15 de agosto. Toma forma, según versiones, en los primeros tiempos de la conquista española, cuando los pueblos originarios de la zona mesopotámica argentina recibieron la imposición de la Biblia de los europeos. Entonces, se produjo un sincretismo de creencias del que surgieron nuevas prácticas.

Por un lado, los europeos llegaron con la imagen que la muerte había dejado en Europa hacia fines del siglo XIV, cuando la peste mató a un tercio de los habitantes del continente: antes, la muerte era un ángel o un jinete formidable, después de la peste, la muerte fue representada como aquello que abundaba: esqueletos humanos por todo sitio. Por otro lado, los guaraníes tenían para sí el concepto de “payé”, un amuleto o talismán mágico, y el respeto ante los huesos de los ancestros. Esto y aquello se reunió en el imaginario popular y el resultado fue una figura protectora que, en lugar de propiciar la muerte, protege de ella.

El altar es sencillo, pero dedicado: una caja de vidrio con estructura de madera y, dentro de ella, un esmerado decorado de piedras ligadas con barro y, sobre ellas, cinco figuras de San La Muerte, con aspectos formidables; pechos poderosos, gestos severos y afiladas guadañas. Entre ellas, hay un Gauchito Gil, el compadre correntino, con su poncho rojo al cuello, su camisa azul y la cruz de los que han sufrido.

Detalle de la urna dedicada a San La Muerte, en Luján de Cuyo. Foto Ulises Naranjo

San La Muerte y Gauchito Gil, aliados espirituales

Según la creencia popular, sostenida de boca en boca, San La Muerte y el Gauchito Gil, otra divinidad popular de mucho arraigo en Sudamérica, son aliados espirituales. Se asegura que, en vida, Antonio Gil Núñez era un ferviente devoto de San La Muerte y que jamás se quitaba de su cuello su payé, su amuleto divino de San La Muerte, porque lo protegía de las balas oficiales y los peligros del monte.

Según la tradición popular, cuando fue capturado, los policías no pudieron herirlo con sus balas y cuchillos, porque estaba protegido por San La Muerte. Para ejecutar a Gil, los milicos debieron colgarlo cabeza abajo de un espinillo, para que el payé, que no pudieron quitarle porque estaba adherido a su piel, perdiera contacto con la tierra. Entonces, pudo ser degollado. Gil murió y nació su leyenda, la del Gauchito Gil, el devoto de San La Muerte.

La protección de San La Muerte

San La Muerte, desde el inicio, aclara la tradición popular, protege de las balas y los cuchillos, pero no cuida a delincuentes o asesinos, sino a personas que sufren alguna injusticia. San La Muerte es santo de los inocentes, no de los culpables.

Ahora, San La Muerte protege también a los que atraviesan las rutas, los camioneros, los viajantes, los ambulantes de todo tipo y, especialmente, a las personas que están en peligro, ya sea por el tránsito o por el riesgo mismo de vivir. San La Muerte es santo de los que no tienen miedo a vivir, las almas errantes, los espíritus aventureros, los que salen a buscar el porvenir en lugar de aguardarlo. Y, ya que cumple, también se le pide salud y trabajo.

Hay quienes aseguran, buscando llevar agua para el molino de las creencias oficiales, que San La Muerte fue un monje católico castigado por dar comida a pobres indígenas guaraníes. Al cura lo encerraron y lo olvidaron en su calabozo, donde murió de hambre y de él quedó sólo un esqueleto, uno que se puso de pie ante la injusticia.

Ninguna de las versiones puede probarse, pero el mundo de las creencias, precisamente, no está para ser probado, sino a través de la fe y sus propias reglas. Y estas convicciones son también las que sostienen y alimentan a los santos populares, pues ellos almacenan sus fuerzas en la fe de sus devotos y no en documentos oficiales que legitimen la creencia.

San La Muerte, un santo justiciero y popular. Foto Ulises Naranjo

Un día más

Alguien, quizás un camionero, tal vez cumpliendo una promesa, algún favor recibido, decidió que levantaría un altar a San La Muerte en Luján de Cuyo. El sitio luce impecable y, recientemente, fueron agregadas dos banderas, con mástiles oscuros. Las banderas son blancas y negras, porque así son las mejores vidas, las grises, las tibias, suelen ser vomitadas por lo divino.

Cada tanto el devoto ha de pasar a dejar una nueva ofrenda y adecentar el lugar. Y ha de agradecer el sentirse protegido por San La Muerte. No está de más imaginar que los esqueletos han de recibir la ceremonia con satisfacción y que, entrada la noche, encienden una vela para darse calor y comparten un vino o un cognac y un cigarrillo, mientras los vehículos atraviesan la ruta con rumbo perdido.

San La Muerte no necesita amigos y mucho menos mayores reconocimientos y calendarios oficiales. Le basta con un discreto racimo de devotos que no le tienen miedo al filo de su herramienta y a quienes concede un día más. Eso justamente es la eternidad, un día más.

Ulises Naranjo