Restos de vid y hongos: el invento mendocino que podría cambiar la construcción
Especialistas del Conicet desarrollan paneles termoacústicos con residuos de poda de vid y micelio de hongos.
Especialistas del CONICET trabajan en un proyecto para desarrollar sistemas aislantes térmicos y acústicos, a partir de residuos vitivinícolas.
GentilizaEn una provincia atravesada por la vitivinicultura, cada temporada de poda de vid deja miles de toneladas de restos vegetales. Ese material, habitualmente considerado un residuo agroindustrial, podría tener ahora un nuevo destino: convertirse en aislantes térmicos y acústicos para viviendas y edificios gracias a un desarrollo del Conicet.
El proyecto se desarrolla en el Instituto de Ambiente, Hábitat y Energía (INAHE-Conicet) y apunta a fabricar biomateriales a partir del cultivo de micelio de hongos sobre residuos de poda de vid. En diálogo con MDZ, Maira Terraza, becaria doctoral del centro Científico e integrante del equipo, explicó que la investigación busca unir dos mundos que en Mendoza tienen enorme impacto: la vitivinicultura y la construcción.
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“Tenemos una gran disponibilidad de biomasa proveniente de la vid. Hay más de 400.000 toneladas al año en la provincia. Ese recurso hoy se ve como un residuo agroindustrial, pero puede transformarse en un insumo de alto valor tecnológico”, señaló Terraza.
La idea no nació de un día para el otro. La investigadora venía trabajando en biomateriales desde la pandemia, primero desde el ecosistema emprendedor y sin un foco específico en la construcción. En 2022 se presentó a una beca del CONICET para profundizar ese desarrollo con mayor infraestructura, equipamiento y respaldo científico. A partir de allí, el proyecto tomó una orientación más concreta: pensar materiales sostenibles con potencial de uso masivo.
Cómo trabaja el micelio de los hongos
La clave del desarrollo está en el micelio, la parte vegetativa del hongo. A diferencia del hongo visible que suele reconocerse como champiñón o gírgola, el micelio está formado por una red de filamentos microscópicos llamados hifas.
Cuando el micelio crece sobre la biomasa de poda de vid, metaboliza algunos compuestos presentes en la madera y se extiende por todo el sustrato. Ese proceso, conocido como colonización, permite que los restos vegetales queden unidos en una estructura compacta.
“El micelio va creando una red de filamentos que se extienden a lo largo de todo el sustrato. Una vez que se integra, se genera una estructura cohesiva donde el sustrato y el micelio están totalmente ligados entre sí”, explicó Terraza.
Para traducirlo a una imagen simple, la científica utiliza una comparación doméstica: funciona como un engrudo natural. El micelio actúa como ligante de la matriz lignocelulósica y permite formar un bloque sólido sin recurrir a adhesivos sintéticos tradicionales.
El proceso no termina allí. Una vez que el material adquiere cohesión, debe secarse y deshidratarse para inactivar el crecimiento del hongo. Ese paso es fundamental para cortar el ciclo antes de la fructificación, es decir, antes de que aparezca el hongo visible.
Una alternativa frente a materiales contaminantes
Los aislantes tradicionales que se utilizan en la construcción, como el telgopor, el poliuretano, la lana de vidrio o la lana de roca, cumplen un papel clave en la eficiencia energética de los edificios. Sin embargo, muchos de ellos provienen de recursos no renovables o demandan procesos industriales con alta energía incorporada.
Frente a ese escenario, los biomateriales con micelio aparecen como una alternativa con menor impacto ambiental desde su origen. Según Terraza, la principal ventaja está en observar todo el ciclo de vida del producto: desde la producción hasta su disposición final.
“Es un material 100% orgánico. Cuando empezamos a medir las etapas de la cadena productiva y comparamos huella hídrica o huella de carbono, la ventaja aparece desde el lado de la sostenibilidad ambiental”, indicó.
En términos de desempeño, los primeros resultados también son alentadores. El equipo ya desarrolló probetas y paneles prototipo que fueron evaluados en laboratorio. Según la investigadora, el material logró comportamientos competitivos tanto en aislación térmica como en absorción acústica.
“En aislación térmica se puede comparar con aislantes tradicionales y, con un pequeño incremento del espesor, podemos alcanzar el rendimiento de esos materiales. En absorción acústica es altamente competitivo; tenemos resultados que han superado a varios materiales con los que lo contrastamos”, afirmó.
Seguridad, humedad y durabilidad: las pruebas que faltan
Uno de los principales interrogantes frente a un material orgánico es su durabilidad. ¿Puede resistir dentro de una construcción? ¿Cómo responde a la humedad? ¿Qué ocurre frente al fuego?
Terraza aclara que esas respuestas no se resuelven con intuiciones, sino con ensayos técnicos. Como todavía no existe una normativa específica para evaluar biomateriales de este tipo, el equipo adapta normas de referencia utilizadas para tableros, materiales aislantes y otros productos de construcción. Entre ellas, trabajan con estándares ASTM e ISO.
“Hemos hecho ensayos de resistencia a compresión y flexión. Ahora estamos por hacer un ensayo de absorción de agua a norma, porque ya hicimos pruebas más caseras donde vimos que tiene buen comportamiento. No es un material que se desarme por el simple hecho de ser orgánico”, explicó.
La investigadora remarca que la estabilidad alcanzada depende del protocolo de producción desarrollado. De todos modos, aún quedan etapas críticas, especialmente los ensayos de inflamabilidad, indispensables para pensar cualquier transferencia real a la industria de la construcción.
También evalúan la posibilidad de incorporar algún impregnante o recubrimiento que permita extender la vida útil del material y protegerlo frente a agentes externos.
En qué etapa está el proyecto
El desarrollo se encuentra actualmente en una fase de validación de prototipos. El equipo ya realizó ensayos sobre muestras específicas y cuenta con paneles que están siendo evaluados en condiciones más cercanas al uso real.
“Estamos haciendo ensayos in situ, midiéndolo en una situación de uso real en un prototipo de estudio. También hicimos simulaciones energéticas mediante software”, detalló Terraza.
El objetivo es reunir la mayor cantidad de información posible para avanzar hacia una futura transferencia tecnológica. Sin embargo, el paso del laboratorio al mercado todavía requiere resolver un punto clave: la escalabilidad.
“Hay un cuello de botella, que es desarrollar esta industria. Es algo que no existe y hay que pensar cómo sería esa cadena productiva, quizás en una planta piloto. Para saltar de la etapa de validación a una transferencia real al mercado necesitamos apoyo de la industria o inversiones”, sostuvo.
Una oportunidad para Mendoza
La investigación abre una pregunta estratégica para Mendoza: qué hacer con los residuos de una de sus principales actividades productivas. La poda de vid, que hoy representa un descarte de enorme volumen, podría transformarse en materia prima para un insumo tecnológico vinculado a otra industria de alto impacto ambiental, como la construcción.
Para Terraza, el potencial está precisamente en esa articulación. La provincia no solo dispone del recurso, sino también de un ecosistema productivo capaz de beneficiarse si el desarrollo logra escalar.
“Creo que este proyecto representa una gran oportunidad para la provincia, porque tenemos un recurso ampliamente disponible que hoy no se ve como tal, sino como un residuo, como algo sin valor. Si bien Mendoza viene innovando en el aprovechamiento de otros descartes para darles valor agregado, considero que este es uno de los que debemos empezar a mirar con más atención, porque tiene un gran potencial, sobre todo si lo aplicamos en la industria de la construcción, que es masiva, escalable y con un fuerte impacto ambiental”, afirmó la investigado.
El proyecto todavía debe superar etapas de validación técnica, certificación y escalado industrial. Pero plantea una dirección clara: mirar los residuos de otra manera.