Reabre un histórico café de San Telmo: memoria viva y cocina argentina renovada
El Café Rivas renace en San Telmo con una cocina argentina que honra las recetas clásicas y una experiencia que invita a la permanencia.
Café Rivas está en el corazón de San Telmo con una propuesta renovada de la cocina argentina.
El Café Rivas vuelve a ocupar su lugar en San Telmo con una propuesta que combina memoria y presente. Más que una reapertura, se trata de una búsqueda por recuperar el espíritu del bar notable, con una cocina que pone en valor los platos de siempre desde una mirada actual y cuidada.
El renacimiento de Café Rivas no responde a una fórmula prefabricada ni a una tendencia gastronómica de moda. Hay, en cambio, una combinación poco frecuente: intuición, riesgo y una idea clara de lo que significa hacerse cargo de un espacio con historia. El Café Rivas ocupa una esquina cargada de historia en San Telmo. Allí terminaba el damero original trazado en 1580 por Juan de Garay, en el límite sudeste de la ciudad, cuando el resto todavía era río. Una placa en la fachada recuerda ese origen fundacional. Los actuales dueños, no llegaron con un plan cerrado, sino con una búsqueda que se cruzó, casi por azar, con un lugar que exigía algo más que abrir sus puertas: pedía ser interpretado. Este punto de partida define todo lo que vino después. El Rivas no fue re pensado como un bar más, sino como una responsabilidad cultural. En una ciudad saturada de cafés, lo que encontraron al entrar fue algo que ya no abunda: una atmósfera intacta, detalles que remiten a otra época y una identidad latente. A partir de ahí, la decisión no fue intervenir con protagonismo, sino escuchar lo que el espacio pedía.
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La recuperación estética es uno de los grandes aciertos. Lejos de la reconstrucción artificial, el trabajo consistió en devolverle al lugar sus colores, sus luces y su carácter original. La iluminación cálida y tenue, junto con la música cuidadosamente elegida, lejos de playlists genéricas, construyen un clima que invita a quedarse. Hay una intención clara: desacelerar. Que la experiencia no sea de paso, sino de permanencia, convivir con la historia y con una arquitectura que conserva el carácter original del lugar. La casona mantiene sus aberturas de madera, las ventanas guillotina fileteadas y un salón alargado donde la luz natural entra de lleno y resalta los muebles. Los boxes siguen siendo los rincones más buscados por los que llegan, mientras que la barra curva de mármol blanco con banquetas de madera con respaldo, ofrecen otra forma de habitar el espacio. En el piso superior, un balcón interno permite observar el movimiento del salón desde arriba, solo unas pocas mesas que completan una experiencia que combina intimidad y vida de café.
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Esa misma lógica se traslada a la cocina, que encuentra su eje en una idea simple pero exigente: cocinar con recuerdos de la infancia y la familia. Junto a la consultora gastronómica Daniela Butvilofsky, los dueños armaron una carta basada en platos caseros, profundamente ligados a la memoria. No hay artificios ni reinterpretaciones forzadas: hay recetas que remiten a la infancia, pero ejecutadas con precisión y cuidado. Ahí aparece uno de los rasgos más interesantes del Rivas: el trabajo sobre el detalle. Las papas del revuelto gramajo se cortan y fríen en el momento, las empanadas se hacen desde cero, las pastas se producen en casa. Los buñuelos de coliflor, heredados de la abuela de uno de los socios, y los canelones de ricota y verdura funcionan casi como anclas emocionales dentro de la carta. No es nostalgia vacía, sino memoria trabajada. Además, se pueden probar entradas exquisitas como empanadas de queso fritas con miel, profiterol con crema de queso azul, peras y nuez o una faina de queso provolone y escabeche de mejillones, con una opción veggie con morrones. En los platos principales, se pueden elegir propuestas como trucha patagónica gremolata, ojo de bife de 360g, entraña con salsa de pimienta verde, una milanesa clásica, una milanesa de berenjena y por supuesto pastas caseras. Cada plato pensado concienzudamente. Sin dejar nada al azar.
Incluso en los gestos más pequeños se percibe una búsqueda. La presentación no es un agregado superficial, sino una extensión del concepto: el clásico postre vigilante, por ejemplo, aparece reinterpretado en cubos que dialogan con el tapizado del salón (elegido por Guadalupe, siendo su mimado). Todo parece responder a una misma idea: que cada elemento del bar —desde la comida hasta el mobiliario— forme parte de un relato coherente. Las opciones de postres se completan con una versión del Don Pedro con garrapiñadas de nueces, flan con dulce de leche, manzana caramelizada con crema inglesa y crocante de caramelo y un panqueque quemado con dulce de leche. Los artífices de todo esto son: Guadalupe Unamuno y Juan Martín Garrido conocido como “Beto”. Ellos están al frente del Rivas junto a otros dos socios inversionistas. Durante un año y medio trabajaron intensamente en darle forma al espacio, que pasó a ocupar el centro de sus días. El proyecto, además, tiene el valor de haber sido construido sin grandes respaldos económicos, haciendo todo a pulmón, lo que se traduce en decisiones más orgánicas. La carta fue creciendo con el tiempo, ajustándose a medida que el equipo encontraba su ritmo. No hubo imposiciones externas ni urgencias de mercado: cada incorporación respondió a una necesidad real del funcionamiento del lugar.
“Guadalupe” y “Beto” están presentes en cada detalle: reciben a quienes llegan, abren la puerta y atienden con una cercanía que marca el tono del lugar. Siguen de cerca el servicio, atentos a que todo funcione y a que cada visita sea disfrutable. Con decir que Guadalupe se mudó al barrio para estar siempre cerca del bar. En definitiva, Café Rivas logra algo que muchos intentan y pocos consiguen: reactivar un bar notable sin convertirlo en una pieza de museo ni en una caricatura contemporánea. Hay respeto por la historia, pero también una voluntad de habitar el presente. El desafío es darle valor a una experiencia: una carta clásica argentina, reconocible, pero trabajada con mayor cuidado y una impronta más refinada. Y en ese equilibrio, hecho de memoria, oficio y sensibilidad, es donde el proyecto encuentra su verdadera identidad. A esto se suma una decisión que no siempre es evidente, pero termina de definir la experiencia: el tiempo. En Café Rivas no hay apuro por rotar mesas ni por imponer un ritmo; se habilita la sobremesa, la charla larga con seres queridos, la pausa, tan valiosa en una ciudad cada vez más acelerada, ese gesto, casi contracultural, refuerza la idea de que el valor no está solo en lo que se sirve, sino en cómo se transita el lugar. Y ahí, sin estridencias, el nuevo Café Rivas nos ofrece un refugio en plena capital federal.
Para aquellos que gusten conocerlo pueden mirar su Instagram @caferivas o pasar por el local directamente, el mismo se encuentra en la calle Estados Unidos 302, San Telmo. CABA.




