¿Quién fue la Difunta Correa?
Una distancia gigante separa el clamor social movilizado por la fe de los innecesarios dictámenes oficiales. Aquella difunta no requiere que nadie le diga lo que ya es.
La tradición oral cuenta que el niño que sobrevivió milagrosamente junto a su madre se llamaba Baudilio Bustos Correa. Foto: Turismo de la Nación.
Se reabre el debate en un sector de la curia. Tarde, y contradictorio, otra vez. “Vox Populi, vox Dei”. Mientras los templos cada vez convocan a menos fieles, los santuarios populares concentran cada vez más devotos. ¿Por qué será? Una distancia gigante separa el clamor social movilizado por la fe de los innecesarios dictámenes oficiales. Aquella difunta no requiere que nadie le diga lo que ya es.
“Dicen que murió de sed / Iba en busca de algarroba / Amamantado de sombra / Su cachorro la seguía / (…) Pobrecita la Deolinda / Qué amargo fue su destino / Los arrieros la encontraron / Dormidita en el camino / Pie de palo la custodia / El vallecito la guarda / Y pa' todos los paisanos / La Dijunta es una santa”. (“Pobrecita la Deolinda” de José Larrarlde – 1968).
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Por otro lado, como un prototipo de la “argentinidad al palo”, el panteón mítico de ídolos y “santos” criollos en Argentina es inmenso. Juan Bautista Bairoletto como una referencia en Cuyo, pero también: Segundo David Peralta ("Mate Cosido"), Felipe Pascual Pacheco ("El Tigre de Quequén"), José Font, ("Facón Grande"), Olegario Álvarez ("El Gaucho Lega"), Isidro y Claudio Velázquez junto a Vicente Gauna ("Los vengadores chaqueños") o el mendocino adoptivo, oriundo de Curicó (Chile): “Gaucho” Cubillos a quien el gobernador Moyano puso precio a su cabeza, y en su lápida del cementerio mendocino, plagada de ofrendas, puede leerse: “Mártir de los humanos, su alma milagrosa perdura haciendo el bien a los humildes”.
Podríamos agregar al rebelde Juan de Dios Santos Guayana, apodado “el indio” por su origen huarpe, y cabecilla de uno de los primeros “mendozazos”, allá por 1860, liderando la rebelión de los laguneros de Guanacache cuando protestó airadamente (llegando a las armas) porque algunos referentes de la aristocracia mendocina se “robaban” el agua (río Mendoza arriba) secando las históricas lagunas lavallinas, con construcciones clandestinas y desviando el cauce normal del río.
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Y ni qué hablar de Antonio "Curuzú" Gil Núñez ("El Gauchito Gil"), que cada 8 de enero convoca más de 300.000 personas en Mercedes (Corrientes) para rendirle culto y reúne (al igual que nuestra difunta, millones de personas al año), solo comparable en poder de convocatoria con el reciente, humilde santificado, gaucho cura Brochero (San Gabriel del Rosario Brochero) o San Cayetano, el patrono de los que piden por el pan y el trabajo.
Todos los nombrados con características comunes. Rebeldes contra el poder de turno. Contando con ferviente adhesión popular. Personajes que podrían ser de novelas. Recostados en un perfil romántico. Idealizados, cuya ponderación se sustentó en la justificación de que lucharon contra el poder. Generosos y solidarios. Su devoción popular, con miles de lugares para su culto manifestado en todas las rutas y pueblos del país, fue fruto también de su raíz contracultural. De su desarraigo, donde su prédica gambeteó al que siempre mandaba, y donde el pueblo también hizo lo suyo: los convirtió en su “santos protectores”, paganos o consagrados por la iglesia, pero siempre santos protectores.
Las heroínas
Caminando en paralelo, rescatadas mucho antes por la literatura que por la historia están ellas. Ocupando un justo lugar en el imaginario popular; “abriéndose cancha” a fuerza de “sopapos”, y sin miedo a ponerle un cuchillo en el “cogote” a más de un camarada que se propasaba. Por ejemplo: la “fortinera” mendocina Carmen Funes, apodada “la pasto verde”. Fundadora de pueblos. Soldado en los tiempos de Roca, donde el fortín y la milicia eran un espacio dominado por los hombres, siendo absolutamente menospreciada por la atroz concepción conservadora y machista de la política y la historiografía tradicional. Pero además Manuela Pedraza, “la tucumanesa”, la guerrillera Martina Chapanay, la “huinca” Dorrotea Bazán, la legendaria Fermina Zárate o la rivadaviense Fidela Ferreyra de Amparán.
Todas las nombradas, ahí junto a la “Virgen morena” del Valle de Catamarca, la boliviana Virgen de Urkupiña en Salta o la Virgen de la Merced tucumana. Fieles advocaciones marianas y profundas expresiones de fe sincrética, donde se mezclan tradiciones católicas y sus orígenes indios y prehispánicos. María y Pachamama. Vox Populi, vox Dei. En medio de aquellas mujeres y de estas, aparecerá sin pedir permiso, desde hace casi doscientos años, Deolinda Antonia Correa de Bustos, la Difunta.
Difunta Correa
Una mujer, el desierto, la falta de agua, el coraje. Murió postrada, pero salvó a su hijo. Honró el sagrado compromiso de toda madre. “Juremos con gloria morir”, dice el himno nacional argentino. Ella dio la vida por los demás. Murió glorificada; buen ejemplo en tiempos mezquinos. ¿Qué otra cosa se requiere para ser venerada? Para un pueblo fiel, nada. Ella no necesita ser una santa oficial. Ostenta lo que ningún papel o mandato administrativo podrá torcer: a ella le creen. Le tienen fe.
Nació durante las guerras de la independencia y perdura tras haber ganado un justo lugar en la historia y la religiosidad popular argentina.
Su marido fue Clemente Baudilio Bustos, reclutado forzosamente durante las guerras civiles, y ella, decidida a seguirlo, emprendió un viaje llevando en brazos a su hijo pequeño. Vivían en Angaco (San Juan) y desde ahí partió camino a La Rioja. Cargaba algunas provisiones de pan, charqui y dos chifles de agua. Cuando se le terminó el agua, Deolinda estrechó a su pequeño hijo junto a su pecho, y se cobijó debajo de la sombra de un algarrobo. Allí murió a causa de la sed y el agotamiento. Unos arrieros pasaron por el lugar al día siguiente y encontraron el cadáver de Deolinda, mientras su hijito seguía vivo amamantándose de sus pechos. Los arrieros la enterraron en el paraje conocido hoy como Vallecito y se llevaron al niño.
El milagro del arriero
La tradición oral hizo lo suyo. La sobrevivencia del niño encontrado por los paisanos corrió como “reguero de pólvora”. De ahí en más, la leyenda escribirá la historia.
A aquel arriero que se le había dispersado el ganado no le quedaba más remedio que invocar un milagro. Iba camino a Chile cuando una tormenta hizo perder el control de la tropilla. Se acordó de la difunta. Y a ella invocó su ruego. Creer o reventar; poco a poco rejunto a todos sus animales. Ahí clavó una cruz, en el pueblito de Villavicencio (Caucete), y será ese arriero (dicen que un tal Zeballos), quien decidió construir la primera capilla, dando paso a la inmortalidad de la creencia popular, que ni la ciencia, ni los dictámenes oficiales podrá detener jamás.
El niñito de Deolinda
La tradición oral cuenta que el niño que sobrevivió milagrosamente junto a su madre se llamaba Baudilio Bustos Correa. Una reciente investigación encontró en un aviso de 1865 del diario “El Zonda”, la mención de un hombre llamado Baudilio Bustos Correa, quien residía cerca de la plaza 25 de Mayo de la capital sanjuanina, y que vendía una propiedad antes de mudarse a Córdoba. He ahí una punta que los investigadores siguen para corroborar la veracidad del hecho legendario.
Lo cierto será que millones de fieles están convencidos que la difunta hace milagros e intercede por los vivos. Así, lo que apenas empezó con una crucecita en lo alto de un cerro, hoy se ha convertido en un pueblo con casi treinta capillas plagadas de ofrendas, que recibe visitantes de todo América y reúne (reitero) millones de personas al año. ¿Por qué será? ¿Ingenuidad, inocencia, necesidad, ignorancia, negocio, manipulación, fe, desesperación, curiosidad, turismo, urgencia? No podría responder. Lo cierto es que a la difunta le creen. Ser inteligente y racional, también implica ser respetuoso. Y todos saben que es “cobradora”. Pero cumple. No miente. Es una mujer, tirada en el piso, que dio la vida por otro. Buen ejemplo en tiempos crueles. Clarito. Lindo espejo donde mirarse. Muy secundario será ser corroborado en los papeles. Hartos están de burocracia los que recurren a la difunta. No necesitan ver para creer. Es al revés, porque creen la ven santa.