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Prohibir redes y pantallas a menores no alcanza: la clave es educar a los padres

Las restricciones pueden contener, pero no resuelven. El foco debe estar en adultos: modelar hábitos, poner límites con sentido y acompañar.

Muchos países avanzan con medidas que prohíben o restringen el uso de redes sociales en menores de edad.

Muchos países avanzan con medidas que prohíben o restringen el uso de redes sociales en menores de edad.

Archivo MDZ

De la fascinación por la digitalización educativa, hemos pasado a una suerte de "estado de sitio" de pantallas. Una primera sensación es de alivio: son medidas urgentes, necesarias y valientes ante una crisis de salud mental que ya no podemos ignorar. Frente a esto, muchos países avanzan con medidas que prohíben o restringen el uso de redes sociales en menores de edad.

La preocupación es legítima, compartida y evidente

Cada vez más chicos con ansiedad, depresión, problemas para dormir y comer, irascibilidad, dificultades en la atención, aislamiento, exposición a contenidos inadecuados. Pero ¿estamos poniendo el foco donde realmente hace falta? Prohibir el acceso de los menores a ciertas plataformas funciona como un dique de contención frente a un problema que ya está causando daño. Pero no nos engañemos: es una solución de emergencia, no una respuesta de fondo. El verdadero desafío no está solo en los niños: está en los adultos que los estamos formando. Educar en el uso saludable de las pantallas no es solo establecer horarios o bloquear aplicaciones. Es enseñar a mirar, a pensar, a elegir, a apagar, a priorizar vínculos reales. Y eso se aprende, sobre todo, por modelado. Los niños observan cómo usamos el celular en la mesa, cómo respondemos mensajes mientras nos hablan, cómo gestionamos nuestro propio aburrimiento o cansancio.

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Cada vez más chicos con ansiedad, depresión, problemas para dormir y comer

Cada vez más chicos con ansiedad, depresión, problemas para dormir y comer

Aquí aparece una verdad incómoda: no podemos educar lo que no sabemos usar, no podemos acompañar en los procesos que no entendemos. No podemos delegar en una prohibición legal lo que es, en esencia, una tarea educativa y vincular de los padres. Necesitamos espacios de orientación que ayuden a pensar criterios, no recetas mágicas. Espacios que habiliten preguntas como: ¿qué función cumple la pantalla en nuestra familia? ¿qué necesidad está cubriendo (o tapando)? ¿qué alternativas reales tenemos? ¿qué acuerdos son posibles según la edad y el momento vital de nuestros hijos?

Por eso, más que preguntarnos solo qué límites necesitan los niños, deberíamos preguntarnos con honestidad ¿qué necesitan los padres? ¿Qué información clara y accesible tienen sobre el impacto de las pantallas en el desarrollo infantil? ¿Qué herramientas prácticas reciben para poner límites, sin caer en gritos, culpas o negociaciones interminables? La salud a largo plazo de nuestra sociedad depende de la educación. Prohibir las redes sociales a los 14 años es razonable, pero si a los 14 años y 1 día ese adolescente entra al mundo digital sin haber tenido un entrenamiento previo guiado por sus padres, el riesgo sigue estando ahí.

Cada familia es un mundo: cada hogar es diferente y único

También es fundamental reconocer que no todas las familias parten del mismo lugar. Hay padres informados, disponibles y comprometidos, pero también hay otros agotados, solos, atravesados por dificultades económicas, emocionales o laborales. Muchos padres actúan desde el agotamiento o el desconocimiento, y caen en la negligencia. Vivimos en una era de "paternidad cansada", donde la pantalla se ha convertido en el chupete electrónico que permite a un padre terminar su jornada laboral o cocinar sin interrupciones. A ellos no les alcanza con que les digan “ponga límites”. Necesitan acompañamiento, comprensión y ayuda concreta para encontrar una manera posible de cuidar sin sentirse culpables o fracasados.

Cuando un Estado decide prohibir redes sociales a menores, está enviando un mensaje: esto puede hacer daño y hay que proteger. Ese mensaje es valioso. Pero si no va acompañado de políticas de educación digital familiar, de campañas claras, de espacios de formación y orientación, corremos el riesgo de quedarnos en la superficie. Los niños crecerán, la prohibición se levantará, y el problema volverá a aparecer si nadie enseñó cómo usar, cómo elegir y cómo poner límites con sentido.

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Necesitamos espacios de orientación que ayuden a pensar criterios, no recetas mágicas.

Necesitamos espacios de orientación que ayuden a pensar criterios, no recetas mágicas.

Cada hogar es diferente y único

Educar el uso de las pantallas es una tarea adulta. Incómoda, desafiante, urgente. Implica revisarnos, formarnos, pedir ayuda y aceptar que no tenemos todas las respuestas. Si de verdad queremos cuidar a nuestros hijos, tenemos que empezar por cuidar y educar, a quienes los estamos guiando. Los dispositivos y aplicaciones están diseñados para captar y retener nuestra atención. Las neurociencias revelan que las funciones ejecutivas (como el control de impulsos, la planificación o la regulación emocional) no están maduras en la infancia ni en la adolescencia temprana. No podemos exigir que “se regulen”, que “no estén tanto con el celular”, que “se desconecten”, como si tuvieran las mismas herramientas internas que un adulto. Herramientas que, dicho sea de paso, muchos adultos tampoco hemos desarrollado del todo frente a las pantallas.

El problema no es solo lo que el niño hace con la pantalla, sino lo que el adulto ha dejado de hacer por estar frente a una, o por no saber cómo mediar con ella. La verdadera revolución educativa sobre el uso de la tecnología no debería estar dirigida a los hijos, sino, fundamentalmente, a los padres. Para que nuestros hijos "tenga criterio", "sepan cuándo parar" y que "no se dejen engañar", tenemos que enseñarles a usar herramientas de madurez que aún no poseen y se la tenemos que ejemplificar para que sepan cómo hacerlo. La enseñanza de la natación digital es una tarea parental que requiere, primero, que los padres aprendan a mantenerse a flote.

La meta es siempre la misma

Cuidar la integridad psicofísica, emocional y cognitiva de nuestros hijos, ese es el norte que debe guiar cada decisión. Cuando limitamos el uso de pantallas, no estamos "quitando un juguete", estamos protegiendo el tiempo de juego simbólico, el aburrimiento que genera creatividad, el contacto visual que construye apego y el sueño reparador que permite el crecimiento.

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Educar el uso de las pantallas es una tarea adulta.

Educar el uso de las pantallas es una tarea adulta.

Educar en el uso de pantallas es, en el fondo, educar en la presencia

Es ayudar a los padres a recuperar el territorio perdido de la mesa familiar, del paseo sin notificaciones, de la mirada atenta y el dialogo continuo. No se trata de demonizar la tecnología (porque es un elemento maravilloso) sino de devolverle su lugar de herramienta y quitarle su lugar de dueña de nuestro tiempo. Educar en el uso de pantallas es educar en autodominio y autosuficiencia: para ser dueños de nuestro tiempo y atención, para discernir libremente y no ser esclavos digitales.

* Lic. Milagros Ramírez. Orientadora familiar

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