El sable corvo de San Martín y la historia profunda que lo une a Mendoza
El sable corvo de San Martín vuelve a estar en agenda y su historia revela una fuerte conexión con Mendoza.
El sable corvo tuvo un largo paso por Mendoza y fue clave en la gesta libertadora antes de convertirse en una de las reliquias más comentadas en la actualidad.
Museo Histórico NacionalEl sable corvo de José de San Martín volvió a ocupar un lugar central en la agenda pública a partir de su próximo traslado al Regimiento de Granaderos a Caballo. Pero más allá de la coyuntura, su historia arrastra siglos, batallas y una relación profunda con Mendoza. MDZ recorrió ese pasado junto al docente e historiador Gustavo Capone, en el Memorial de la Bandera del Ejército de los Andes.
El sable del Libertador no es una pieza decorativa ni un simple objeto de museo. Según explicó Capone, se trata de un arma comprada por San Martín en Gran Bretaña, de origen musulmán o persa, con empuñadura de ébano y hoja de acero de Damasco. “Es un sable pensado para la guerra, para usar a caballo, liviano, curvo y muy filoso”, describió.
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San Martín llegó al Río de la Plata en 1812 con ese sable, aunque no lo usó en San Lorenzo. Sí lo acompañó en casi toda la campaña libertadora, desde Mendoza hasta Lima. “Cuando llega a Mendoza en 1814, ya viene con el sable, y desde acá sale a hacer historia”, recordó Capone.
Mendoza, refugio y custodia del arma
La relación entre el sable y Mendoza es más profunda de lo que suele creerse. El arma volvió a la provincia después de la campaña libertadora. Luego de que San Martín estuviera en la entrevista de Guayaquil en 1822. Incluso después, cuando el Libertador fue forzado al exilio, el sable siguió en suelo mendocino.
Desde Francia, ya instalado en Grand Bourg, San Martín escribió a su yerno Mariano Balcarce y a su hija Merceditas. Les pidió que recuperaran el sable y el estandarte de Pizarro, que habían quedado en Los Barriales, bajo la custodia de Josefa Morales de los Ríos.
Merceditas logró recuperar el sable y se lo llevó a su padre a Europa, antes de que se mudara definitivamente a Boulogne Sur Mer. En su testamento de enero de 1844, San Martín dispuso que el arma quedara en manos de Juan Manuel de Rosas, a quien consideraba defensor de la soberanía nacional.
Del testamento al museo y los robos
Tras la muerte de Rosas, sus herederos conservaron el sable hasta fines del siglo XIX. Máximo Terrero, su yerno, fue quien finalmente lo donó al Museo Histórico Nacional, por pedido de Adolfo Carranza, que buscaba reunir los grandes símbolos patrios de cara al Centenario de 1910.
Pero la historia del sable no se detuvo en las vitrinas. En agosto de 1963, jóvenes de la Juventud Peronista ingresaron armados al museo y robaron el sable corvo. La acción tuvo una fuerte carga política: buscaba recuperar mística militante en un contexto de proscripción y persecución.
El arma fue custodiada de manera ritual y reapareció tiempo después, pero volvió a ser robada en agosto de 1965. En ese segundo episodio, incluso se grabó en la hoja la inscripción “PV” (Perón Vuelve), que luego fue removida por restauradores.
Más allá de los vaivenes, los estudios realizados por la Comisión Nacional de Energía Atómica confirmaron sus características: hoja de 818 milímetros, menos de un metro de largo total, cinco milímetros de espesor y un peso inferior al kilo. “Era ideal para el combate montado, cortaba con precisión y resistía muchísimo”, explicó el historiador.
Para Capone, hay un dato que resume todo: “El sable estuvo más tiempo en Mendoza que el propio San Martín en vida”, detalló. Esa permanencia, silenciosa pero constante, refuerza el vínculo entre el arma y la provincia donde se gestó la gesta libertadora.
Un legado que se sigue contando
Hoy, mientras el sable cambia nuevamente de custodia, su historia vuelve a contarse desde Mendoza. No como una reliquia inmóvil, sino como un objeto cargado de decisiones políticas, exilios, lealtades y disputas. Un arma que atravesó continentes y generaciones.
En Mendoza, el Memorial de la Bandera del Ejército de los Andes, ubicado frente a la Casa de Gobierno, funciona como un punto clave para entender ese pasado. Allí, junto a banderas históricas y documentos, la historia sanmartiniana sigue viva, accesible y abierta al público. Y aunque hoy el sable sea foco de la discusión por su traslado dentro de Buenos Aires, una parte central de su historia sigue anclada en Mendoza.



