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Posible historia de un amor, con final abierto, como resultado de un error de cálculo

En un mensaje de texto, no siempre leemos lo que nos quisieron decir; y no siempre el autocorrector ayuda, a pesar de lo que se comente erróneamente por ahí.


Se amaban. Hermosa y profusamente. Y no resulta necesario aclarar acá de qué se trataba la hermosura y profusión del amor que se tenían, porque para qué. Mejor así, sin aclarar, y que cada quien interprete lo hermoso y la abundancia excesiva del amor que se daban, como mejor se le cante. No convivían, ni vivían en zonas cercanas, por lo que cada encuentro era deseado y esperado, y las interacciones a través de mensajes de texto les resultaban esenciales. Aunque más de una vez lo escrito podía llegar a ser malinterpretado, porque ya se sabe, una persona escribe con una entonación, pero la otra lo interpreta diferente en más de una ocasión, generando equívocos y malos entendidos, y nunca para el lado de la justicia: porque una vez que se está en la cima de la montaña, una vez que se siente el amor hermoso y profuso, solo queda mantenerse… o caer.

Así es que, ante la resistencia natural para abusar de los mensajes de audio de quienes saben escribir o leer, los textos de ida y vuelta empezaron a sembrar dudas inexistentes, miedos incomprensibles y diferencias que de ningún modo habrían existido en el milenio pasado, cuando las cosas se decían en la jeta, cuando ya las cartas escritas habían dejado de ser eficaces por la demora que existía entre el envío de una de ellas y la aparición, por debajo de la puerta, de un sobre con la respuesta. Muy lento el trámite, y muy corta la vida para andar esperando tanto. Que a alguien puede haberle funcionado en aquellos años, de eso no me quedan dudas; pero sin tener estadísticas a mano que respalden mi apreciación, supongo que fueron más los amores que fracasaron por el aletargamiento de la charla epistolar, que los que llegaron a buen puerto. Ya teníamos de todos modos los teléfonos denominados “fijos”, que nos permitían diálogos directos, y con el tono adecuado, casi como un mensaje de audio actual; pero como la llamada telefónica tenía un costo y en general se realizaba a la vista del resto de la familia, las charlas eran más cortas y no tan explícitas: lo que ganaban en dinamismo, lo perdían en profundidad. Aunque no resultaban en este caso en lo más mínimo importante las formas de comunicación del siglo veinte, ante el derrumbe que se venía produciendo de un amor hermoso y profuso, tan solo por fallas en la interpretación de los mensajes.

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Se amaban. Hermosa y profusamente.

De ese modo, sin proponérselo formalmente, pero sin que ninguna de las dos partes lo notara como algo raro, empezaron a escribirse cada vez menos. Dos personas enamoradas convencidas de que no eran ellas quienes se alejaban, quienes freezaban la relación; las dos partes de ese amor hermoso y apasionado sufriendo en soledad el supuesto abandono de su contraparte. Acá resulta necesario poner en evidencia la endiablada colaboración del autocorrector, siempre poniendo la palabra incorrecta, para qué negarlo. Colocando tildes en donde no iban, o sacando otras fundamentales; cambiando el significado de lo que se quería expresar en su ignorancia del idioma, y sobre todo en su falta de tacto en relación a las humanidades que se jugaban la vida en un tiqui tiqui. Y una vez enviado un mensaje mal redactado por culpa del maldito autocorrector, para quien había escrito el texto las opciones eran dos. Detectado el error, se corregía, generando de inmediato la duda en quien lo recibía: ¿qué habría puesto antes, que le fue necesario editar?; la otra posibilidad era que el error no se detectara, cambiando por completo lo que se había querido decir. Endiablado autocorrector: tan útil para el que no sabe diferenciar las graves de las esdrújulas, pero tan perjudicial para el amor.

La distancia entre esos dos cuerpos se fue acrecentando a la par que, en el interior de sus enamoradas almas, la necesidad del otro se incrementaba exponencialmente. La debacle final ocurrió una triste tarde otoñal, mientras las hojas caían desde los árboles sin pretender interferir en la cosa, más preocupadas por su propia muerte que por la de cualquier amor que se les cruzara en el camino: mientras el sol se retiraba entre las montañas declarando en silencio que la noche era una vez más la ganadora de la jornada, aquellas tiernas personitas enamoradas se cruzaron por la calle. Y ambas partes de aquel viejo amor, que había sabido ser hermoso y profuso, se hicieron las que no se habían visto… no con ganas de ignorarse, sino simplemente esperando el abrazo de la otra persona, en el deseo profundo de que alguien hablara y aceptara que se había equivocado y que ahí estaba de vuelta, como si nada, para reiniciar la alegría de la vida, dispuestas a olvidar si era necesario el pasado y sin ánimos de echarse culpas, esperando tan solo derretirse en los brazos esperados del ser amado. Nuevo error de cálculo: pasaron sin tocarse, a menos de un metro de distancia, y recién pararon al doblar en las esquinas más cercanas a sus contradictorias marchas, para llorar desconsoladamente contra un árbol, por ese amor, definitivamente perdido.

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Más de una vez lo escrito podía llegar a ser malinterpretado.

Como (al parecer) habría escrito alguna vez un poeta, luego de ese desencuentro “la vida continuaría, pero ya sin poesía”. El mundo no se dio por enterado; ni siquiera la app de mensajes notó la ausencia de sus textos. Lo único que sí ocurrió fue que esas dos almas, entre las miles de millones de almas que sobreviven angustiosamente en el interior de los cuerpos de los habitantes del planeta, naufragaron (quizá para siempre) por error. O no, cómo saberlo. El futuro no está escrito, pero el presente de ese perro día siguió oscureciéndose a cada minuto, llenando de penumbras y tristezas, una vez más, las calles de la ciudad.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.

IG: @prgmez