¿Por qué la Alameda se llama Alameda si no tiene álamos?
El paseo de la Alameda en Mendoza lleva 200 años con un nombre que ya no explica su paisaje. Una historia que une árboles, agua, huarpes y a San Martín.
Donde ahora abundan tipas y acacias, en su momento eran hileras de grandes álamos.
Julieta Caballero - MDZLa pregunta aparece casi sola al recorrer uno de los paseos más tradicionales de Mendoza. La Alameda hoy está rodeada de árboles frondosos, principalmente tipas, pero ninguno explica su nombre. Para encontrar la respuesta hay que retroceder más de 200 años, hasta una ciudad muy diferente de la actual.
La Alameda fue creada en 1808, en un barrio arrabalero de la Mendoza colonial, cuando la ciudad todavía era pequeña y estaba atravesada por canales y acequias. El agua y el arbolado ya comenzaban a ser elementos fundamentales para transformar y hacer habitable este territorio árido, una relación que se mantiene hasta la actualidad. El Cabildo de Mendoza dispuso entonces la creación de un paseo público de dos cuadras, con dos hileras de álamos, sobre la vía que hoy conocemos como avenida San Martín y que en aquella época se llamaba calle San Nicolás.
A su lado corría el canal Tajamar, un cauce que todavía existe, aunque hoy se encuentra mayormente entubado bajo la traza de la avenida San Martín. Su recorrido se extiende desde la calle Minuzzi, en Godoy Cruz, hasta Coronel Díaz, límite entre Ciudad de Mendoza y Las Heras: casi cinco kilómetros en total. Durante siglos, en cambio, el agua del Tajamar circuló a cielo abierto y fue parte visible del paisaje cotidiano de la ciudad.
Pero para entender por qué había un canal en ese lugar hay que retroceder todavía más, hasta antes de la llegada de los españoles. El sistema de canales y acequias que permitió transformar este territorio en un oasis tiene sus raíces en los conocimientos del pueblo huarpe, que aprovechó y condujo el agua de los ríos y del deshielo cordillerano. Sobre esa infraestructura y ese saber se desarrolló luego el sistema de irrigación que hizo posible el crecimiento de Mendoza.
La Alameda también quedó vinculada a la etapa sanmartiniana. Cuando el general José de San Martín gobernó Cuyo, entre 1814 y 1817, el paseo fue ampliado y embellecido, y adquirió mayor importancia como espacio público y de encuentro. San Martín tenía además un terreno sobre la Alameda, aunque allí nunca llegó a construir su vivienda: ese sitio es hoy un Lugar Histórico Nacional y sede del Museo Histórico Sanmartiniano.
Su residencia durante aquellos años se encontraba, en cambio, sobre la actual calle Corrientes. El Cabildo había alquilado esa propiedad a la familia Álvarez para convertirla en residencia oficial del gobernador, donde San Martín vivió junto a su esposa, Remedios de Escalada, y donde nació su hija, Mercedes Tomasa. Según los registros históricos, la pareja solía recorrer la Alameda, que se convirtió en uno de los puntos de reunión de la sociedad mendocina de la época. La casa fue destruida, junto con buena parte de la ciudad, por el terremoto de 1861; en el mismo lugar funciona hoy el Museo Casa de San Martín.
Después del terremoto, Mendoza se reorganizó y, desde 1884, el sector de la Alameda se consolidó como barrio residencial. Con el paso de las décadas incorporó también comercios y conventillos ligados al crecimiento de la ciudad e, hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, se afirmó como área residencial y comercial.
Antes de la Alameda, el agua: la herencia huarpe
Mucho antes de que Mendoza tuviera calles, plazas y paseos como los conocemos hoy, los huarpes ya habían desarrollado sistemas para aprovechar el agua de los ríos y del deshielo cordillerano. En un territorio árido, esa capacidad era decisiva: construyeron una red de canales que permitió sostener cultivos y asentamientos en una región donde las lluvias no alcanzaban.
Cuando los españoles llegaron a Mendoza, en el siglo XVI, no partieron de cero: se encontraron con un territorio ya transformado por el manejo huarpe del agua, y aprovecharon y ampliaron esas redes de irrigación. Reconocer esa herencia permite mirar distinto el paisaje actual: detrás de una ciudad arbolada en medio de una región árida hay siglos de conocimiento sobre cómo conducir y aprovechar el agua.
Y ahí reaparece el Tajamar, que formaba parte de esa red hídrica y llevaba agua hacia distintos sectores de la ciudad. En la Mendoza de los siglos XVIII y XIX, un cauce así no era un elemento separado del espacio urbano, y la Alameda nació precisamente dentro de esa trama.
El Tajamar y los álamos que cambiaron Mendoza
Los primeros álamos fueron introducidos por el español Juan Francisco Cobo, a comienzos del siglo XIX. Su rápida adaptación transformó el paisaje provincial y sumó una especie que ofrecía sombra, madera y protección frente al clima. En la zona de la Alameda se plantaron junto al paseo y al Tajamar, acompañando el cauce y convirtiendo el sector en un espacio de sombra, frescura y encuentro. Una alameda es, justamente, un lugar poblado de álamos.
Esa imagen ayuda a entender algo que todavía define a Mendoza: el arbolado urbano no puede separarse del sistema de riego. En una provincia árida, los árboles de las calles no crecen de manera espontánea, sino que dependen de la red de acequias y canales que conduce el agua hasta ellos. Por eso la construcción del oasis mendocino fue también la construcción de un paisaje urbano donde agua y árboles quedaron profundamente entrelazados.
La Alameda sobrevivió a sus álamos
Los álamos originales cumplieron su ciclo de vida y, hacia 1911, fueron reemplazados por tipas y acacias. El paisaje cambió, pero el nombre quedó, junto con algo más profundo: la forestación siguió ligada a la disponibilidad de agua, y el arbolado ganó protagonismo para hacer habitable una ciudad construida sobre territorio árido.
La zona también atravesó el terremoto de 1861, que modificó para siempre la organización urbana de Mendoza, y la calle San Nicolás pasó a ser la actual avenida San Martín. El Tajamar, por su parte, no desapareció: hoy corre entubado bajo la avenida, sin la presencia visible que tuvo durante siglos, aunque en algunos sectores todavía es posible reconocer su traza.
Quien recorre hoy la Alameda se encuentra con tipas y acacias, no con los álamos que le dieron origen al nombre, y camina sobre un Tajamar que ya no se ve. Pero ahí está la historia completa: el conocimiento huarpe sobre el agua, la infraestructura que los españoles heredaron y ampliaron, y los álamos que un día bautizaron un paseo que terminó sobreviviéndolos.





