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Pensar de nuevo: contra la comodidad de lo ya pensado

En su nuevo libro, Tomás Abraham propone interrumpir certezas y volver sobre las ideas en una época dominada por la opinión veloz.

Hay algo inquietante en el título del nuevo libro de Tomás Abraham: Pensar de nuevo.

Hay algo inquietante en el título del nuevo libro de Tomás Abraham: Pensar de nuevo.

Archivo MDZ

Hay algo inquietante en el título del nuevo libro de Tomás Abraham: Pensar de nuevo (Editorial El Ateneo 2026). No suena a promesa, sino casi a advertencia. Porque pensar —cuando efectivamente ocurre— no es un acto cómodo. En una época donde todo se dice rápido, donde la opinión circula como moneda corriente y se desgasta en el mismo movimiento que la pone en juego, la propuesta de Abraham tiene algo de gesto intempestivo.

No invita a “tener ideas”, sino a sospechar de ellas. A detenerse justo ahí donde creemos que ya entendimos. Quizás el problema no sea que pensamos poco, sino que pensamos siempre lo mismo. Como si la cabeza fuese un dispositivo de repetición: reaccionamos, opinamos, tomamos posición, pero rara vez nos desplazamos de ese lugar. En ese punto, el libro toca un nervio sensible: no denuncia, incomoda. Hay, en el trasfondo, un aire de familia con Michel Foucault, en esa idea de que pensar no es confirmar lo que somos, sino abrir una interrogación sobre lo que hacemos. Pero Abraham escribe sin red académica: su prosa es directa, por momentos filosa, y evita cuidadosamente el refugio de la erudición como garantía.

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"Pensar de nuevo" el libro de Tomás Abraham.

Pensar no es confirmar lo que somos

“De nuevo” no es acá sinónimo de novedad. Es, más bien, un modo de volver sobre lo mismo para ver si algo distinto puede aparecer. Una operación que recuerda a Gilles Deleuze cuando hablaba de la repetición: no lo idéntico que insiste, sino la diferencia que se filtra. El libro avanza sobre escenas reconocibles —la política, los medios, la vida cotidiana—, pero no se queda en la superficie del comentario. Hay una desconfianza persistente hacia las certezas rápidas, hacia esa tranquilidad que produce “tener una opinión”. Porque tal vez ahí, en esa seguridad, sea donde el pensamiento ya dejó de ocurrir.

Tomás Abraham nos dice (página 64) “quienes nos dedicamos a la filosofía disfrutamos del placer de contemplar la creación de ideas y, del mismo modo en que la imagen artística modifica nuestra percepción de la realidad y nos hace descubrir nuevas formas y brillos en los objetos que la rutina destiñe, el pensamiento filosófico también nos transmite esos soplos que ponen en funcionamiento nuestro propio fuelle mental para confrontarnos de un modo diferente y crítico con el saber autorizado y la opinión pública”.

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El libro avanza sobre escenas reconocibles —la política, los medios, la vida cotidiana—, pero no se queda en la superficie del comentario.

El libro avanza sobre escenas reconocibles —la política, los medios, la vida cotidiana—, pero no se queda en la superficie del comentario.

El libro avanza sobre escenas reconocibles

Si algo enseñó Jacques Lacan es que no somos dueños de lo que pensamos, que hay una distancia —a veces mínima, a veces brutal— entre lo que decimos y aquello que nos determina. En ese sentido, “pensar de nuevo” no sería acumular lucidez, sino soportar ese desajuste. Abraham no escribe un tratado ni ofrece un método. Lo que propone es algo más exigente: un ejercicio. Uno que no garantiza resultados, pero sí produce un efecto inmediato: nos vuelve menos seguros. Y quizás por eso el libro tiene algo de necesario. No porque venga a enseñarnos a pensar —esa ilusión pedagógica siempre tranquiliza—, sino porque introduce una incomodidad precisa: la de no poder apoyarnos del todo en lo que ya sabemos. En tiempos donde todo empuja a decir, a responder, a fijar posición, Pensar de nuevo insiste en otra lógica. Más silenciosa, más incómoda, menos rentable: la de interrumpir. Porque a veces pensar no es avanzar.

Es, simplemente, no seguir.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.