Nicolás Kasanzew: "Los generales en Malvinas tenían más miedo de ganar la guerra que de perderla"
Único cronista argentino que cubrió la guerra de Malvinas desde las islas repasó su experiencia, las tensiones, la censura y las marcas que dejó el conflicto.
Nicolás Kasanzew fue el único cronista de la televisión argentina que estuvo en las Islas Malvinas.
Agustín Tubio/MDZNicolás Kasanzew llegó a Malvinas el mismo 2 de abril de 1982, casi por casualidad, sin saber que su reciente incorporación a la Televisión Pública (entonces llamado Argentina Televisora Color) lo conduciría directo al frente. Desde allí, se convirtió en una voz singular: la única presencia televisiva argentina que permaneció en las islas durante toda la guerra.
Su relato reconstruye la experiencia de informar sobre la Guerra de Malvinas en un contexto atravesado por la propaganda, las restricciones militares y el aislamiento. También aporta una mirada crítica sobre el rol de los mandos y sobre el destino que tuvo gran parte del material que registró y que nunca fue emitido.
-
Te puede interesar
Las mujeres invisibles: las de la guerra de Malvinas
A más de cuatro décadas, Kasanzew reflexionó en MDZ sobre las secuelas que dejó la guerra, el trato a los veteranos y la necesidad de recuperar una memoria que, según sostiene, fue distorsionada y silenciada.
Mirá la entrevista completa con Nicolás Kasanzew sobre Malvinas
— ¿Cómo llegaste a las Islas?
— Llegué sin haber estado siquiera en ese momento en Canal 7 (la Televisión Pública). Tenía que reinsertarme en el noticiero sin sospechar nada. Me habían contratado días antes y fui triste porque me lo había perdido. Dije: “¿A quién mandaste?”. Le pregunto a mi productor. “No, no manda nadie”. “¿Cómo no? Fulano tiene que hacer la guerra política. Su tana no puede. Pero mándame a mí”. “Ah, bueno, andá”. Ahí me di cuenta de que me había contratado para eso, porque él sí sabía lo que se venía. También sabía que yo hablaba inglés, que me gustaba ese tipo de coberturas intensas. Yo había cubierto algunas guerras civiles en Centroamérica y, así, de traje y corbata, como había venido, me fui para Comodoro. ¿Qué día fue? Fue el día mismo, 2 de abril. El 2 de abril no nos dejaron cruzar. Cruzamos el 3, un grupo de periodistas, y después en abril a Malvinas entraban bandadas de periodistas, pero ninguno se quería quedar. Todos se volvían. Yo soy testigo de que les ofrecían quedarse. Después se cerró y ya no pudo entrar nadie más, una vez más.
— ¿Cómo es informar sobre una guerra en ese contexto político que atravesaba el país?
— Yo creo que fue difícil, pero como es cubrir cualquier guerra, porque está la famosa vieja frase: en toda guerra la primera baja es la verdad. Los Estados utilizan la desinformación como un arma más. Hubo una censura absurda del lado argentino, pero también del lado británico. Y lo peor fue que, más allá de todas las restricciones que tenían las islas, yo mandaba mi material y no tenía retorno. No se podía saber qué salía al aire y qué no. Al volver con mi camarógrafo nos queríamos matar porque entre el 90% y el 95% de nuestro material nunca fue mostrado y además fue destruido. Clara muestra de dos cosas: primero, de que lo que filmamos no era funcional a la propaganda del momento; y segundo, de la terrible imbecilidad de los servicios de inteligencia, porque ahí no había secretos militares. Durante ese 90% o 95% de material que mandamos no salió emitido por ATC en ese momento.
— ¿Te acordás de algún material en especial que no salió porque no le servía al Gobierno?
— Sí, por supuesto. Por ejemplo, me dieron la directiva —mi productor, un civil, obviamente, pero le vendría la orden de arriba— de no filmar más soldados conscriptos. Y yo me negué por una cuestión de ética profesional y porque además se ponían muy contentos de que los filmáramos, porque así imaginaban que los podían ver sus seres queridos en el continente. Así que seguí filmando soldados conscriptos. Imaginate la cantidad de material que me liquidaron, nada más que por eso. O, por ejemplo, vuelve de combatir un capitán de aviación naval y su numeral muere en el combate. Lo entrevisto: es un tipo muy especial, el cantor de tango Pintor Calle. Y una de las tantas preguntas que le hice fue: “¿Llevabas todo tu equipo de supervivencia?”. Y me dice: “No, yo cuando salgo a volar no llevo ni el peine”. Los jefazos enloquecieron: “¿Cómo dice eso? Antirreglamentario”. Destruyeron la nota, con un valor histórico impresionante.
— ¿Con qué personajes de la guerra pudiste tener contacto?
— Los de Malvinas, prácticamente con todos. Todos. Yo andaba por todas partes donde pudiera, donde no me cercenaran el tránsito. Trataba de subirme a un helicóptero, si me llevaban; a un unimog; y si no, seguía caminando.
— ¿Menéndez nunca intervino en tu trabajo?
— Menéndez siempre me hizo la vida imposible. Todo me lo negaba en dos sentidos: me negaba la verdad y me negaba la posibilidad de moverme, de hacer determinadas cosas. Menéndez y los generales en Malvinas tenían más miedo de ganar la guerra que de perderla, porque su pasividad era rayana, si no en la cobardía, en la traición. Era incomprensible la pasividad que siempre mostraron durante esos meses.
— Una de las portadas más recordadas fue “Estamos ganando”. ¿Tuvo algún sentido?
— Mirá, yo nunca dije nada de eso porque no soy propagandista, soy periodista. Me enteré. Hubo titulares aún peores de la misma revista. Llegó a titular “Hundimos la flota” y yo, con mi camarógrafo, que vimos un recorte de diario con esa tapa reproducida, a la noche, cuando todas las noches nos bombardeaba la flota, decíamos: “Bueno, tranquilo, esto no debe ser Inglaterra, porque la hundió la revista. Esta debe ser la de Birmania o Kuala Lumpur”. Nadie puede saber hasta el último tiro quién gana la guerra. Porque, por ejemplo, si bien esas noticias en el continente se daban para vender ejemplares, después de la guerra jefes militares ingleses —están los videos, están los testimonios— dijeron que estuvieron a un tris de perder la guerra, sobre todo por nuestra aviación, que les masacró la flota.
— ¿En algún momento pensaste que no ibas a volver?
— Mirá, a mí me gustaba estar ahí, aunque suene políticamente incorrecto, porque la adrenalina es una forma de adicción. Y además era mi guerra: una guerra noble, justa, una causa limpia. Yo fui educado en mi generación con la idea de que teníamos que recuperar Malvinas. Tenía una madre muy rezadora y sabía que me iba a cubrir con sus rezos. La verdad es que nunca imaginé que me mataran.
— ¿Cuál fue el momento más duro que pasaste en las islas?
— El más peligroso, quizás, fue cuando nos enteramos de la decisión de Menéndez de rendirse. Y nosotros no queríamos rendirnos con mi camarógrafo. No queríamos entregar los materiales ni la máquina. No queríamos ver a los soldados argentinos levantando los brazos. Y me negó la posibilidad de subirme al buque hospital Almirante Irízar, que estaba fondeado ahí. Nos deprimimos mucho. Pensamos que nos resignábamos a caer prisioneros cuando, en el último momento, llega un avión Hércules de transporte trayendo un cañón de refuerzo. Me avisan de eso. El comandante dice: “No voy a entregar la máquina”. Me ofrecen subirme. Hablé con mi camarógrafo y decidimos subir. Fue un vuelo realmente muy peligroso, porque ya estaban las bengalas inglesas iluminando el aeropuerto, los cañones ingleses tirándole a la pista, había patrullas de aviones arriba. Salimos pegándonos al mar durante dos horas, volando a oscuras, rezando todos los padrenuestros que caben en dos horas. Y cuando se prenden las luces había vómitos en el suelo por la tensión vivida. En una versión nos tiraron un misil; obviamente no le pegaron. Al lado mío había un suboficial con una nueve milímetros en la mano. Le digo: “Macho, ¿qué querés matar?”. Me responde: “No, es que si entra un misil no quiero morir ahogado. Yo me pego un tiro”. Y mi camarógrafo, cuando se prenden las luces, me dice que me desmayé durante el viaje. Tiempo después, cuando le hacen un estudio por una enfermedad terminal, descubren que había tenido un microinfarto. Fue realmente un vuelo para el infarto.
— ¿Cómo fue la relación con los kelpers? ¿Fue hostil?
— Ellos no ocultaban su odio hacia nosotros. Nos amenazaban. Fue bastante hostil.
— ¿En qué consistían esas amenazas?
— Insultaban, te amenazaban, te decían: “Van a venir nuestros muchachos y los van a matar a todos”. Ojo, también hubo casos individuales de kelpers que ayudaron, por ejemplo, a pilotos eyectados o a algún combatiente suelto. Pero, en general, obviamente nos odiaban. No coincidía en nada con esa versión que se daba en el continente de que poco menos que nos iban a recibir con banderitas argentinas.
— Cuando volviste de la guerra, ¿cómo fue el tratamiento de la sociedad hacia vos y hacia los veteranos?
— Comenzó lo que se ha dado en llamar desmalvinización, que era una forma de censura. Había que tapar Malvinas. Fue una convergencia perversa de dos ocultamientos: los militares quisieron tapar las miserias de la guerra —que afloraron igual— y el gobierno siguiente, el de Alfonsín, trató de tapar las grandezas, los actos heroicos de nuestros combatientes. Entonces los combatientes se vieron ninguneados, ocultados, despreciados. Y, de alguna manera, lo mío fue un coletazo de esa desmalvinización. A mí primero me sacaron del medio los militares, me hicieron una campaña de desprestigio porque yo estaba escribiendo mi libro para compensar lo que no había podido mostrar. No sabían qué iba a poner en el libro. Y después me prohibió directamente Alfonsín. Él tenía un problema personal con Galtieri, con quien había estudiado en el Liceo Militar, y esa relación de odio influyó. Alfonsín prohibió conmemorar el 2 de abril y sacar los restos del primer héroe, el capitán Giachino, y los tiraron en un lugar horrible en Mar del Plata. Cuando las incipientes organizaciones de veteranos, que la estaban pasando muy mal, le pidieron ayuda, la respuesta fue: “Pídanle ayuda a quien los mandó a la guerra”. Los veteranos se dieron cuenta de que no eran de nadie: el Ejército los había licenciado y la población les daba la espalda. De ahí tantos suicidios.
— ¿Cuántas personas conociste que hayan terminado con su vida por Malvinas?
— Demasiadas. Muchísima gente, incluso personas que yo había entrevistado. Hace poco se suicidó un soldado cuya carta yo leí en la guerra: estaba pegada a una bomba y yo la leí sin tocarla; el viento la arrancó, la corrí y alcancé a leerla. Era una carta muy emocionante, de amor a sus seres queridos. Bueno, más de 40 años después se suicidó.
— ¿Cómo se puede reparar ese daño entre los veteranos y la sociedad?
— Es muy difícil, porque el síndrome de estrés postraumático sigue actuando aún hoy, 40 años después. Se siguen suicidando veteranos. Si bien en la mayoría de los distritos tienen una pensión digna, no solo de pan vive el hombre. Hay que dejar de ningunearlos, dejar de decir esa mentira de que fueron “chicos de la guerra” no aptos para el combate. Los ingleses reconocen su valor. Hay que dejar de decir que fueron por un general borracho, lo cual es mentira. Yo hice una investigación: Galtieri probablemente tendría que ser fusilado por otros motivos, pero alcohólico no era. Se inventó esa marea de desmalvinización para ridiculizar la gesta. Imaginate un soldado que pasó hambre, frío, miedo, vio caer a sus camaradas y le dicen: “Fuiste por un general borracho”. Es el pasaporte al rechazo. Tenemos que devolverles la dignidad a nuestros soldados, no solo para que sobrevivan dignamente, sino también en lo simbólico.
— ¿Qué horrores viste en la guerra?
— El horror más grande es cuando cae alguien con quien generaste un vínculo. En la guerra los vínculos se generan muy rápido. Me pasó estar jugando un picadito con soldados —la pelota era de Boca— y al día siguiente ver a uno de esos soldados muerto, con la pelota al lado. O un piloto que venía a la hostería donde vivíamos a lavar su ropa o a hablar con la novia, y enterarte de que murió. Eso es lo que más te golpea. En cuanto a si hubo delitos contra soldados argentinos o prisioneros británicos, mientras yo estuve no me enteré de nada. Yo andaba mucho entre los soldados, no solo para filmarlos: muchas veces les compraba comida con mi plata porque les prohibían carnear ovejas o entrar a los almacenes. Después de la guerra, soldados en quienes confío me dijeron que sí hubo estaqueos. Me parece algo absolutamente repugnante y además ilegal. De todas maneras, si uno contabiliza las denuncias, representan el 0,05% de los 14.000 soldados que había en las islas. Fue una excepción, una maldita excepción, pero no la regla.
— ¿Qué pasó en la bahía de San Carlos?
— Cuando me entero de que habían desembarcado los ingleses en San Carlos, voy a ver a Menéndez y le pregunto: “¿Estamos contraatacando por tierra?”. “Por supuesto”, me dice. Me estaba mintiendo. Había 40 soldados al mando de un teniente, Carlos Daniel Esteban, que se opusieron a un desembarco de 2500 soldados británicos. Combatieron, abatieron tres helicópteros y después se replegaron. Pero a Menéndez le habían dicho que ese era uno de los lugares más propicios para el desembarco. No solo no hizo nada, sino que días antes había mandado a los comandos mejor entrenados y armados a la Isla Soledad, donde no pasaba nada, en lugar de enfrentarlos allí.
— ¿Menéndez entregó la guerra o fue incompetente?
— Habría que bucear en su mente. Evidentemente nunca dio una orden de ataque ni de contraataque. Fue de una pasividad, reitero, rayana en la traición o en la cobardía.
— Hay figuras como Estévez, Gómez Centurión o Seineldín. ¿Ese valor fue real o construido después?
— Hay algunos mitos en la guerra de Malvinas. Por ejemplo, de Seineldín no sabemos cómo podría haber sido en combate, porque no entró en combate. El teniente Estévez sí: un héroe con todas las letras, legendario, directamente mítico, te diría yo. Así que falta que los historiadores se ocupen en serio. Los académicos no se han ocupado de Malvinas: le rajan al tema, le huyen. Tienen motivaciones ideológicas, motivaciones de todo tipo, pero es hora de que se investigue bien. No se ha investigado hasta ahora y es un terreno virgen que debería atraer a los investigadores, pero todavía hay una especie de tabú.
— ¿Llegaste a conocer a Estévez?
— No tuve la oportunidad de conocerlo, o no lo sé. Eran miles de caras, no retenía nombres ni rostros. Me dicen que estuve en el lugar donde él estuvo. Además, yo sacaba fotos con mi cámara personal y el Servicio de Inteligencia del Ejército me confiscó siete rollos. Quizás estaba en esas fotos. Imposible saberlo.
— De todo el material que lograste rescatar, ¿te quedó algo?
— En realidad, lo que quedó fue lo que llegó a salir al aire. Muy poco. Mi hijo menor hizo una recopilación que está en YouTube y son cuatro horas y monedas, lo cual es nada, porque según una investigación que hizo Clarín faltan siete horas de grabación nuestras.
— ¿Qué es necesario recordar hoy de Malvinas?
— Hay que recordar a los héroes de Malvinas, pero no solo por agradecimiento, sino porque los héroes son el futuro de la nación. El heroísmo es una levadura que actúa a través del tiempo y del espacio. Si es conocido, eleva la vara de la sociedad. Mi generación se formó con ejemplos como San Martín, Belgrano, Cabral. Hoy tenemos equivalentes vivos. Son portadores de valores eternos —el amor, el coraje, la abnegación, la fe— que solo se transmiten de generación en generación con el ejemplo.