Inseguridad: el fantasma del futuro

Inseguridad: el fantasma del futuro

Muchos mendocinos sienten que en las últimas semanas se incrementaron los robos y los hechos violentos. Analizando cifras oficiales, sin embargo, se concluye que el 2020 es un año mucho más “seguro” que el anterior. La incógnita, entonces, es por qué tanta gente tiene miedo. ¿Dónde está la realidad?

Facundo García

Facundo García

Las cifras oficiales respecto al crimen en 2020 muestran un descenso en la cantidad de delitos violentos en Mendoza. Según el Ministerio Público Fiscal, las denuncias por homicidios bajaron un 28% respecto al año pasado; y las correspondientes a robos agravados por uso de armas cayeron un 29%. Cuidado: no es lo que perciben los mendocinos en los barrios. Todas las semanas entran a esta redacción llamados desde diversos puntos del Gran Mendoza para comentar que los vecinos tienen miedo hasta de dormir en sus habitaciones y salir al patio, porque los delincuentes se meten por cualquier lado, a cualquier hora y con un grado de agresividad pocas veces visto.

¿Cómo analizar este defasaje entre los números y el testimonio de las personas? Una primera teoría es que los delitos se mantienen o aumentaron, pero la gente ya no los denuncia. Es conocido el hecho de que las estadísticas sobre robos son menos confiables que las de homicidios, porque muchas víctimas deciden no informar sobre los primeros y en cambio los segundos sí suelen comunicarse a las autoridades.

Pero aún teniendo en cuenta los homicidios, el 2020 muestra una baja. ¿Qué es lo que está pasando?

La otra enfermedad

Cualquier lector es capaz de evocar uno o dos robos que se produjeron cerca de su domicilio en el último mes. Con un añadido: en más de un caso el modus operandi sorprendió por el grado de crueldad con el que actuaban los delincuentes.

La semana pasada, antes de dar positivo de Covid-19, el secretario de Seguridad de la Nación, Eduardo Villalba, admitió que el contexto actual trajo "mayor violencia" en los delitos. O sea que los números se mantienen o bajan, pero parece que la ferocidad no detiene su escalada. 

¿Por qué? Una hipótesis de trabajo podría ser que la pandemia y sus efectos económicos no solamente han disparado la miseria -más de la mitad de los niños argentinos vive hoy en la pobreza- sino que han acentuado la desigualdad

Desigualdad: muchos analistas huyen de esa palabra como de la peste. No obstante, existe una profusa bibliografía que asocia a la desigualdad de ingresos sostenida en el tiempo con la violencia social. No es una opinión a la bartola. Decenas de estudios apuntan en ese sentido. Y el mantra se repite: aquellas sociedades con altos índices de desigualdad tienen muchas más probabilidades de ser violentas

Las sociedades más igualitarias tienen bajos índices de homicidios

El Estudio Global sobre Homicidios que publicó Naciones Unidas el año pasado aborda esa tesis. Allí se lee que "la desigualdad es un buen predictor de los niveles de homicidio", aunque es verdad que provincias similarmente desiguales pueden exhibir niveles muy diferentes de agresividad en las calles. 

Lo innegable es que los países más igualitarios están lejos de encabezar la lista de los que tienen más homicidios. Desde un punto de vista pragmático, ese es el dato. Porque las disquisiciones éticas son interesantes, sí. Pero lo que a la mayoría le interesa es que dejen de chorearle a punta de pistola. Y ese problema tiene premisas muy claras

Latinoamérica, en efecto, registra los mayores índices de delitos violentos del mundo. Es la única región en la que la tasa de homicidios ha crecido desde 1990. Quizá porque también va muy adelante en lo que respecta a desigualdad.

En Mendoza, se idealizan pautas de consumo inalcanzables para la mayoría. Eso trae consecuencias.

Por supuesto, la pobreza, las cuestiones institucionales y la desocupación también gravitan; no se trata de sacar conclusiones burdas. Pero la desigualdad arroja a millones a una encrucijada. Integrarse a la sociedad a través del mercado plantea como ideales pautas de consumo que cumple una porción mínima de la población. Y esa diferencia entre lo que una persona desea y lo que puede comprar se traduce en angustia, inquietud, resentimiento. Léase también: crimen.

En mayo pasado, el estudio Capacidad de desarrollo humano y derechos laborales en la población urbana al final de la década 2010- 2019, del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) perteneciente a la UCA, mostraba que uno de cada cuatro de los encuestados con peor condición laboral y educativa se sentía infeliz, mientras esa infelicidad aparecía en solo el 6% de las clases medias profesionales.

No hace falta insistir en que la pandemia ahonda ese malestar. Quien se siente infeliz no valora su presente. Y aunque duela decirlo, es muchísimo más probable que quien no valora su presente se calce un arma en la cintura y decida salir a robar.  

La tentación del narco

Entre el 1 de enero y el 31 de julio, se realizaron en Mendoza al menos 203 allanamientos de kioscos en los que se vendían drogas, con 1832 detenidos (282 por comercio/tráfico y el resto por tenencia). Son casi 2000 personas integradas a un circuito ilegal

¿Raro? Para nada. Desde la racionalidad económica, el negocio narco tiene su lógica. Incluso haciendo menudeo, un transa de 20 años puede acceder a ingresos mensuales muy superiores a los que conseguiría, por ejemplo, como pasante en una empresa, por no hablar de los trabajos de poca calificación como la limpieza o las changas.

Nadie niega que se hacen esfuerzos para combatir a las bandas: a principios de junio, la Policía concretó en un solo día más de treinta allanamientos para desbaratar una organización que operaba en el Barrio La Gloria de Godoy Cruz, con 15 aprehensiones y el secuestro de valiosa evidencia.

Sin embargo, cuando los agentes se fueron, ese adolescente que miraba desde la esquina siguió hundido en su dilema. Si el modo más obvio de conseguir respeto es tener dinero, ¿por qué resignarse a una vida de privaciones?

Nuevas zonas

Otro fenómeno que llama la atención es la sospecha de que los ladrones están extendiendo su radio de acción hacia zonas donde antes no actuaban. Vistalba, Chacras, la Quinta Sección de Capital. Áreas que alguna vez fueron relativamente tranquilas: hoy los vecinos tienen pavor hasta de salir a regar las plantas.

Esta expansión geográfica del crimen puede obedecer a varias causas. La primera es que la baja general de ingresos -o el incremento de precauciones- en los barrios “conocidos” obliga a explorar nuevos territorios en busca del botín. Las víctimas hablan de ladrones “profesionales”, es decir, que no pertenecen a la marginalidad. “Estaba bien vestido”, apuntan unos. “Iban en un auto cero kilómetro”, detallan otros.

Una vez más, hay que insistir en que no se trata (solo) de la pobreza. Si persiste esa distancia abismal entre lo que algunos tienen y lo que otros desean; si el camino para conseguir estatus en la provincia sigue circulando por lo estrictamente material, seguirán los delitos y la delincuencia. No importa cuántos policías honestos haya en la calle. Es un problema que excede a las Fuerzas de Seguridad

Y una acotación final, a modo de heterodoxa despedida. El lunes pasado, dos ladrones asaltaron a la abuela de este redactor, una señora de 88 años. Le tiraron el pelo y le quitaron la alianza de casada, que llevaba en su mano desde hacía 7 décadas. "Dame el anillo o te corto el dedo", le exigió el delincuente. En un momento del robo, luego de que le tiraran el pelo y la condujeran a una habitación, la abuela miró el pantalón del chorro y elogió la tela. "Y si, señora -respondió el caco-. Lo que pasa es que esta es mi ropa de laburo".

  • Para aportes o comentarios, puede escribir a fgarcia@mdzol.com

 

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