Presenta:

Messi, Scaloni y la inteligencia emocional aplicada: sentir, conversar y rendir

La inteligencia emocional no consiste en ocultar las emociones, sino en gestionarlas para transformar la vulnerabilidad en rendimiento.

Hay líderes que entienden que las personas no rinden más cuando se las desconoce como personas, sino cuando se las acompaña a convertirse en su mejor versión.

Hay líderes que entienden que las personas no rinden más cuando se las desconoce como personas, sino cuando se las acompaña a convertirse en su mejor versión.

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Muchas veces confundimos inteligencia emocional con estar siempre bien, como si una persona emocionalmente inteligente fuera aquella que no se quiebra, no duda, no se preocupa o no siente presión. Pero la verdadera inteligencia emocional no consiste en no sentir.

Consiste en reconocer lo que sentimos, poder expresarlo, conversarlo y, desde ahí, elegir una respuesta funcional. Messi no mostró debilidad en los últimos episodios. Mostró humanidad. Y esa humanidad no le impidió rendir: al contrario, pareció ordenarlo emocionalmente para volver al juego con foco, compromiso y hambre competitiva. Ahí aparece una enseñanza enorme para el deporte, para las empresas y para la vida: sentir no es el problema.

El problema es no saber qué hacer con lo que sentimos

En los momentos difíciles muchas personas buscan una justificación para bajar la responsabilidad: “no estoy bien”, “no puedo”, “no es el momento”, “tengo demasiadas cosas encima”. Y claro que hay situaciones que duelen, afectan y condicionan. Pero el profesionalismo aparece cuando, aun atravesando una dificultad, una persona logra entregar el máximo posible con los recursos que tiene disponibles en ese momento. Eso no se logra solo con talento. Se logra con cultura, con entrenamiento emocional y con conversaciones reales. Una emoción que no se conversa no desaparece: muchas veces se transforma en tensión, enojo, desconexión, ansiedad o bajo rendimiento. Por eso los equipos de alto rendimiento no son los que esconden las emociones debajo de la alfombra. Son los que construyen confianza para hablar de lo que pasa sin quedarse atrapados en el problema. La apertura emocional requiere coraje. Poder decir “esto me pasa”, “así estoy”, “necesito apoyo” o “hoy no estoy al ciento por ciento, pero voy a dar todo lo que tengo” es una señal de madurez, no de fragilidad. Y también requiere un entorno que sepa escuchar sin juzgar, acompañar sin invadir y desafiar sin romper.

En los momentos difíciles muchas personas buscan una justificación para bajar la responsabilidad.

En los momentos difíciles muchas personas buscan una justificación para bajar la responsabilidad.

Ahí aparece una de las grandes virtudes del ciclo Scaloni

Haber construido un equipo donde la persona está en el centro, pero sin perder exigencia competitiva. Porque humanizar no significa consentir todo. Un líder no está para habilitar el victimismo ni para bajar la vara cada vez que aparece una dificultad. Está para encontrar el equilibrio entre relaciones y resultados, entre contención y desafío, entre empatía y rendimiento. Un equipo que solo exige resultados puede terminar rompiendo personas. Pero un equipo que solo contiene y deja de exigir puede perder identidad, foco y competitividad. La inteligencia emocional del líder aparece cuando logra integrar ambas dimensiones: cuidar a la persona y, al mismo tiempo, ayudarla a dar lo mejor.

El modelo de liderazgo 360 hablamos justamente de este equilibrio: un líder completo no mira solamente los resultados, ni tampoco se queda únicamente en las relaciones. Un líder 360 entiende que las personas necesitan sentirse valoradas, escuchadas y acompañadas, pero también necesitan rumbo claro, objetivos desafiantes y conversaciones que las ayuden a evolucionar. El verdadero liderazgo aparece cuando logramos integrar humanidad y rendimiento: cabeza para decidir, corazón para conectar y acción para transformar. Por eso las conversaciones son una herramienta central de liderazgo. No conversaciones decorativas, sino conversaciones valientes: las que ordenan emociones, aclaran expectativas, sostienen compromisos y permiten que cada integrante sepa que no tiene que actuar como una máquina para ser respetado. En los grandes equipos se puede hablar del dolor, de la presión y del miedo, pero también se habla de responsabilidad, de objetivos y de rendimiento.

Lo que vimos en Messi fue exactamente eso: emoción, expresión, apoyo del equipo y respuesta competitiva. No se quedó en la emoción. La transformó en acción. No negó lo que le pasaba. Lo integró. No utilizó la dificultad como excusa. La atravesó con profesionalismo. Esa es la inteligencia emocional que necesitamos comprender: no es blandura, no es comodidad, no es ausencia de exigencia. Es la capacidad de liderarnos internamente para actuar mejor externamente. Es saber conversar lo que nos pasa para que no nos lidere desde la sombra. Es construir vínculos que nos contengan, pero también nos impulsen. Messi y la Selección nos recuerdan que detrás de cada gran resultado no hay solamente técnica, táctica o talento. Hay cultura emocional. Hay confianza. Hay conversaciones.

Un líder completo no mira solamente los resultados, ni tampoco se queda únicamente en las relaciones.

Un líder completo no mira solamente los resultados, ni tampoco se queda únicamente en las relaciones.

Hay líderes que entienden que las personas no rinden más cuando se las desconoce como personas, sino cuando se las acompaña a convertirse en su mejor versión. Porque liderar no es elegir entre humanidad o rendimiento. El verdadero liderazgo logra las dos cosas: humaniza el vínculo y eleva la exigencia. Contiene, pero no consiente. Escucha, pero también orienta. Abraza, pero vuelve a poner a la persona de frente al objetivo. Tal vez por eso esa imagen de Messi emocionado y luego enfocado nos dice tanto. Porque nos muestra que el alto rendimiento no nace de negar las emociones, sino de aprender a gestionarlas. Y que los mejores equipos no son los que no sienten: son los que saben conversar, sostenerse y rendir aun cuando sienten.

El verdadero liderazgo no elige entre humanidad y rendimiento: conversa, contiene, desafía y logra que la persona dé lo mejor con los recursos que tiene en ese momento.

* Carlos Sosa - Consultor especialista en Liderazgo. Esp. Neurociencias. Autor del Libro “Liderazgo 360°”