Más que un diablo: Pujllay, el verdadero rostro del Carnaval de Jujuy
Símbolo ancestral andino, el Pujillay no representa al mal sino al juego y la fertilidad. Su figura une identidad, memoria y celebración popular en el Carnaval.
Cada año, el Carnaval transforma calles y cerros de Jujuy. Entre máscaras y trajes brillantes aparece la figura del “diablo”.
Cada año, el Carnaval transforma calles y cerros de Jujuy en un estallido de música, albahaca y comparsas. Entre máscaras y trajes brillantes aparece la figura del “diablo ”. Pero en la cosmovisión andina su nombre real es Pujllay, y su significado dista mucho del demonio católico.
La palabra, de origen quechua, significa “jugar”. Antes de la llegada de los españoles, representaba una energía ligada al desorden necesario, a la risa colectiva y al equilibrio vital. En los Andes, el desorden festivo no implica caos, sino un ciclo indispensable para que la vida vuelva a empezar.
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Con la conquista y la imposición del cristianismo, muchas creencias originarias fueron reinterpretadas bajo categorías europeas. Lo que no encajaba en la nueva lógica religiosa pasó a asociarse con lo demoníaco. El Pujllay no desapareció: adoptó cuernos, máscaras y gestos exagerados que la colonia podía identificar como “diablo”, pero conservó su esencia festiva y fértil.
El ritual que abre el tiempo del juego
El ciclo comienza con el desentierro del muñeco que simboliza al Pujllay, guardado durante todo el año en el mojón, un altar de piedras en los cerros. Allí se realiza la chaya con bebidas, hojas de coca y cigarrillos para honrar a la Pachamama. Cuando el muñeco vuelve a la superficie, estalla la fiesta.
Durante nueve días, el tiempo cotidiano se suspende. Las jerarquías sociales se diluyen y quienes visten el traje —con espejos que ahuyentan energías negativas— entran en un estado ritual. No actúan: encarnan una memoria colectiva que sobrevivió al mestizaje.
Cuando un jujeño se viste de diablo en Carnaval, no representa la condena ni el mal. Representa gratitud por la cosecha, abundancia y conexión con la tierra. Es una figura ambigua, alegre y ancestral que funciona como hilo entre el pasado andino y la celebración actual.
El entierro final, en el Domingo de Tentación, devuelve el orden. El muñeco regresa a la tierra y las máscaras caen. Pero lo que permanece es la identidad: una creencia que resistió siglos y que hoy sigue latiendo en cada comparsa.



