Presenta:

Los 80 ya no son lo que eran: Moria, mi mamá y una nueva forma de mirar la vejez

Los 80 de Moria Casan son una década que admite maneras muy distintas de vivirse, y ninguna vale más que otra.

Moria Casán acaba de cumplir 80 años y lo hizo como Moria hace casi todo: ocupando el centro de la escena.

Moria Casán acaba de cumplir 80 años y lo hizo como Moria hace casi todo: ocupando el centro de la escena.

Alejandra López

Durante mucho tiempo, llegar a los 80 parecía venir con una escenografía preparada: un sillón, una manta sobre las piernas, remedios ordenados en una cajita y una familia hablando un poco más fuerte de lo necesario. La persona mayor quedaba ubicada en una especie de sala de espera de la vida, como si todo lo importante ya hubiese sucedido.

Esa imagen envejeció. Hoy una mujer de 80 puede conducir un programa de televisión, enamorarse, trabajar, viajar, opinar sobre política, aprender a usar una aplicación, necesitar ayuda para bañarse o atravesar una enfermedad. Puede hacer varias de esas cosas en la misma semana. Y ninguna de esas vidas le debe una explicación a la otra.

Moria, en el centro de la escena

Moria Casán acaba de cumplir 80 años y lo hizo como Moria hace casi todo: ocupando el centro de la escena. Sigue en televisión, está en el teatro y una serie biográfica volvió a convertir su vida en conversación pública. Llega a esta edad en movimiento, expuesta, irreverente y todavía dueña de un lenguaje que el público reconoce antes de que termine la frase. Sería tentador mirarla y anunciar que ahí está la prueba de que la vejez ya no existe. También sería injusto. Moria no demuestra cómo deben vivirse los 80; demuestra una de las formas posibles de vivirlos. La suya. Con una personalidad construida durante décadas y un trabajo que todavía la mantiene visible.

Llega a esta edad en movimiento, expuesta, irreverente y todavía dueña de un lenguaje que el público reconoce antes de que termine la frase.

Llega a esta edad en movimiento, expuesta, irreverente y todavía dueña de un lenguaje que el público reconoce antes de que termine la frase.

Las mujeres que hoy rondan esa edad nacieron en la década de 1940. Crecieron en un país donde el destino femenino parecía escrito: casarse, tener hijos, sostener una casa y, si trabajaban, procurar que el empleo no alterara demasiado el resto. Sin embargo, atravesaron la expansión de la educación, el ingreso masivo de las mujeres al mercado laboral, el divorcio, los cambios en la sexualidad, la democracia, la computadora, Internet y el teléfono que ahora les pide una contraseña, un código y, por las dudas, otro código. No llegaron hasta aquí inmóviles: cruzaron buena parte del siglo XX y aterrizaron en uno que cambió hasta la manera de pedir un turno médico.

Zoé, mi mamá

Mi mamá tiene 84 años. Se llama Zoé, es licenciada en Psicología y fue profesora de Secundario. Su vida se parece poco a la de Moria, aunque ambas pertenecen a una generación de mujeres que atravesó transformaciones enormes. Mamá tiene cierta fragilidad que a veces reduce su mundo. Está muy unida a mi papá, José. Después de tantos años juntos se cuidan mutuamente con los recursos que tienen, sus costumbres y ese idioma privado que construyen las parejas que compartieron casi una vida entera. Cuando le pregunté qué significaba para ella tener más de 80, no me habló de reinvención ni de proyectos disruptivos. Me habló de lucidez. De poder pensar, decidir y comprender lo que sucede alrededor. Me dijo que hay que "pensar el hoy, vivir el hoy". Y después lanzó una frase que podría servirles a muchos que todavía confunden edad con desaparición: "No somos viejos chotos, somos personas mayores". Detrás del humor hay un reclamo serio: ser tratadas como personas. No como criaturas que ya no entienden, no como pacientes antes que mujeres, no como abuelas genéricas sin deseos propios. Personas mayores, sí, pero personas completas, con carácter, preferencias, temores y derecho a decidir.

Una generación que será cada vez más grande

Los números muestran que esta conversación será cada vez menos excepcional. Según el Censo 2022, el 16,2% de la población argentina tiene 60 años o más. Entre las personas de 75 años y más, casi dos de cada tres son mujeres; a partir de los 85 hay 228 mujeres por cada 100 varones. No hablamos de un puñado de abuelas extraordinarias, sino de una parte creciente de la sociedad. De acuerdo con datos del Ministerio de Salud de la Nación, la esperanza de vida en el país creció 17 años en el último cuarto de siglo. También se proyecta un crecimiento de la población que llega a los 80 años.

Cuando le pregunté qué significaba para ella tener más de 80, no me habló de reinvención ni de proyectos disruptivos.

Cuando le pregunté qué significaba para ella tener más de 80, no me habló de reinvención ni de proyectos disruptivos.

La Organización Mundial de la Salud sostiene una idea fundamental: no existe una persona mayor típica. Hay personas de 80 con capacidades físicas y mentales comparables a las de adultos mucho más jóvenes y otras que necesitan ayuda para vestirse o comer. Envejecer saludablemente tampoco significa estar libre de enfermedades. Significa conservar, con los apoyos adecuados, la posibilidad de hacer aquello que cada persona valora: decidir, mantener vínculos, moverse, aprender y seguir participando.

La trampa de tener que demostrar algo

La llamada nueva longevidad abrió una conversación necesaria, pero también puede esconder una nueva exigencia. Vivir más no garantiza llegar sin enfermedades, duelos, dependencia, dolores o dificultades económicas. Tampoco obliga a convertirse en una mujer hiperactiva, viajera, emprendedora, sexy y perfectamente independiente. Si después de cumplir 80, además de atravesar ocho décadas, hay que parecer joven, producir, hacer pilates, viajar, socializar y aprender italiano, la promesa de libertad empieza a parecerse demasiado a una agenda. Durante años la vejez fue narrada desde la pérdida. Ahora corremos el riesgo de narrarla solamente desde el rendimiento. Cambiamos el mandato de retirarse por el de reinventarse y podemos dejar nuevamente afuera a quienes no pueden o no quieren hacerlo. Una mujer que necesita asistencia no vale menos que otra que sigue trabajando. Una que prefiere su casa no fracasó frente a otra que toma un avión. Una que tiene miedo no entendió mal la longevidad. Está atravesando una experiencia humana.

La autonomía tampoco debería ser una prueba que se aprueba o se reprueba. A veces significa vivir sola y tomar todas las decisiones. Otras, poder elegir quién ayuda, cómo y cuándo. Preguntar qué quiere ponerse, qué desea comer o si prefiere recibir una visita no es un detalle: es reconocer que sigue siendo autora de su propia vida. Moria y Zoé no son dos polos entre los cuales debamos elegir. Son dos recordatorios. Moria muestra que una mujer puede llegar a los 80 sin retirarse de la escena. Mi mamá recuerda que también se puede llegar con fragilidad, sostenida por los afectos y aferrada al presente. Entre ambas aparecen miles de historias: mujeres que trabajan, cuidan, son cuidadas, se enamoran, enviudan, se ríen, se cansan, se entusiasman o simplemente buscan atravesar el día con un poco de paz. Tal vez la verdadera novedad no sea que a los 80 se pueda hacer de todo. Tal vez sea aceptar que a los 80 no hay que demostrar nada. Ni juventud eterna, ni productividad, ni valentía permanente.

Cambiamos el mandato de retirarse por el de reinventarse.

Cambiamos el mandato de retirarse por el de reinventarse.

Cumplir años no borra lo vivido ni obliga a transformarlo en una hazaña. A veces la vigencia estará en un escenario y otras, en una conversación durante el almuerzo. Algunas vidas se muestran y otras se protegen. Todas merecen ser miradas sin lástima y sin exigencias. Mi mamá dice que hay que vivir el hoy. Moria, a su manera, también parece hacerlo. Quizás en ese punto sus mundos se encuentren: en la decisión de seguir siendo quienes son, sin aceptar que otros les escriban el personaje de la vejez.

Los 80 dejaron de tener una sola imagen. Ahora falta que aprendamos a mirar todas las demás.

* Daniela Rago. Lic. en Psicopedagogía y Relaciones Públicas. Creadora del Movimiento Mujeres 5.0. Este artículo tiene fines informativos y de reflexión, y no reemplaza la consulta con profesionales de la salud.

X: @Mujeres50

Instagram: @danielarago9k

Mail: [email protected]