Lalo Morino: "La radio no es alguien hablando: es alguien escuchando"
Lalo Morino, docente del ISER y voz destacada de la radio, reflexiona sobre su historia, la docencia, el streaming y el valor ritual de escuchar.
Lalo Morino es una de esas voces que atraviesan generaciones. Locutor, conductor y formador en el ISER, su vínculo con la radio nació en la infancia y se fortaleció con los años. En esta entrevista MDZ, repasa su historia, defiende la esencia de la radio frente al streaming y rescata el rol de la comunidad en la comunicación sonora.
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-¿Cómo nació tu vínculo con la radio?
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-La radio estuvo presente en mi vida desde que tengo memoria. No fue una decisión consciente, sino un entorno donde crecí. Mi viejo ya trabajaba en medios, mi vieja también tenía relación con ese mundo, así que era natural. Mi primera salida al aire fue en Radio Belgrano, grabado por mi papá cuando yo era un bebé. Dije 'Feliz Año Nuevo' en un spot y desde entonces, aunque no me diera cuenta, ya estaba adentro. Después vinieron los programas, las escuchas familiares, los viajes en los que parábamos en distintas radios porque mi viejo conocía a todos. En cada ciudad había una puerta que se abría, una cabina donde se respiraba lo mismo que en casa. Fue una crianza sonora. La radio no era un trabajo, era parte de nuestra identidad como familia.
-¿Qué rol tuvo tu adolescencia en tu formación radial?
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-En la adolescencia fue cuando confirmé que eso que me rodeaba desde chico era también un deseo propio. Si bien tenía interés por el arte y las humanidades en general, lo que me pasaba con la radio era distinto. Era una especie de atracción visceral. Vivíamos en Azul, una ciudad donde la radio era poderosa, con figuras de renombre. Yo era un chico, pero ya estaba metido en los pasillos, escuchando, mirando, absorbiendo. Un día, Santomauro el dueño de la radio, me dijo: '¿Por qué no hacés algo a la madrugada?'. Y ahí empecé formalmente. El programa salía a las dos o tres de la mañana. Yo tenía 16 años. Esa experiencia fue fundacional. Aprendí no solo a hablarle al aire, sino a habitar la soledad del estudio, a entender el ritmo, los silencios, el respeto por el oyente. No era un juego: era un oficio.
-¿Cómo fue tu paso académico y profesional antes de llegar al ISER?
-Siempre me interesó el conocimiento. Por eso, cuando terminé el secundario, decidí estudiar Comunicación y Antropología. Ya trabajaba en radio, pero quería entender más. Después gané una beca del Rotary que me llevó a Colombia, donde estudié prácticas audiovisuales, cine y televisión. Eso me abrió otro mundo. A mi regreso, a comienzos de los 90, el país estaba en crisis. Vine a Buenos Aires, recién separado, buscando trabajo, con la idea de validar mi experiencia. Fui al Comfer, pero habían perdido mi documentación, así que decidí presentarme en el ISER. El proceso fue durísimo: éramos miles para muy pocos lugares. Cuando entré, entendí que ahí pasaba algo más grande. No era solo formación técnica, era formar parte de una comunidad con historia, con ética, con pasión. Encontré una familia, una hermandad de voces, guionistas, productores, operadores. Ese mundo me atrapó definitivamente.
Lo radiofónico es una familia
-¿Qué te enamoró de la docencia?
-Creo que enseñar es una forma de seguir aprendiendo. Y yo amo aprender. Vengo de una familia donde el saber era algo que se celebraba. Mis hermanas son docentes, mis padres eran apasionados del conocimiento. En mi casa se leía, se debatía, se escuchaba radio todo el día. La docencia me permite compartir eso. No solo transmitir técnicas de locución o herramientas de comunicación, sino ayudar a que otros encuentren su voz, su forma de decir. Ya había dado clases en la universidad en Olavarría, y cuando empecé en el ISER fue como cerrar un círculo. Es un lugar único, donde se cruzan generaciones, estilos, historias. Para mí, cada aula es un escenario y una trinchera: se enseña, pero también se resiste, se defiende una forma de hacer radio con profundidad y sentido.
-¿Qué opinás sobre el auge del streaming como formato?
-El streaming está de moda y muchos lo asocian a la radio, pero para mí es otra cosa. El streaming, en muchos casos, toma lo peor de la televisión y lo disfraza de novedad. Es más exhibición que comunicación. La radio tiene otra lógica: no necesita ser vista, necesita ser sentida. La radio no es alguien que habla, es alguien que escucha a alguien. Hay una diferencia abismal entre hablar solo y hablarle a alguien que te está esperando. En la pandemia se vio claro. La gente volvió a la radio para sentirse acompañada. En un mundo de pantallas, la radio es compañía invisible. No compite con lo visual: te envuelve desde lo íntimo, te permite imaginar, crear, cerrar los ojos y ver hacia adentro. El streaming puede tener su encanto, pero no reemplaza esa experiencia sensorial y emocional que solo la radio ofrece.
-¿Qué momentos muestran ese valor comunitario de la radio?
-En los pueblos y ciudades del interior hay dos momentos claves en las radios locales: los servicios a la comunidad y las necrológicas. Son espacios donde literalmente todo se detiene. La gente escucha para saber si se murió alguien, a qué hora es el velorio, dónde. Es el momento más íntimo y más masivo al mismo tiempo. Además, ahí las radios recuperan su valor económico porque concentran audiencia. Esos minutos son la prueba de que la radio sigue siendo el corazón de muchas comunidades. Y mantener una radio local hoy es heroico. No solo por lo económico, sino porque implica sostener una red afectiva, un vínculo cultural, un espacio de pertenencia. La radio es todavía ese fogón en el que el pueblo se reúne para saber, para compartir, para llorar o para reír.
-¿Cómo viviste tu llegada a Radio Mitre?
-Entrar a Radio Mitre fue una gran responsabilidad. Me tocó ocupar el lugar de Marisa Delgado, una referente, en las madrugadas. Y además, suceder a Juan Carlos del Missier, un verdadero artesano de la conversación. Heredar esa marca no era menor. Por suerte, Mitre tiene un ecosistema que te respalda: operadores brillantes, productores de primera, una estructura profesional muy sólida. Todo fluye, todo está preparado para que puedas concentrarte en el contenido, en el oyente. En esas madrugadas, uno está solo en el estudio, pero no se siente solo. Hay una red invisible que te sostiene. Y lo más importante: hay un oyente del otro lado que te elige. Esa conexión es mágica. Vos estás ahí para acompañar, para contar, para escuchar también. La radio es un acto de presencia emocional, incluso en la soledad.
¿Cómo descubriste la docencia?
-¿Cuál es la diferencia entre imagen y escucha en la radio?
-La imagen te impone una mirada, te fija una realidad. La radio, en cambio, te propone una escucha activa. Vos completás lo que escuchás con tu imaginación. Cerrás los ojos y ves. En la radio, no estás pasivo: estás creando. Si digo 'un monstruo', cada uno se imagina algo distinto. Eso no lo puede hacer la televisión ni el streaming. Por eso digo que la radio es una forma de arte más libre. No necesita que te quedes mirando. Te acompaña mientras hacés otras cosas, te habla al oído, te susurra, te interpela. Y hay algo profundamente humano en eso. En una época en la que todo se grita y se muestra, la radio sigue apostando al susurro, a la pausa, al silencio con sentido. Y eso, para mí, es sagrado.