La vida en su inicio: cuidar desde el comienzo
Ante la crisis social y la caída de la natalidad, crece la necesidad de cuidar la salud mental perinatal y acompañar la vida desde el origen.
La cultura del cuidado nos llama a ser refugio donde hay desconsuelo.
Archivo.En tiempos donde los estruendos de una sociedad convulsionada tienden a opacar el valor de la vida humana; donde muchas decisiones se miden en monedas y no en dignidad; donde crece la urgencia de cuidar la salud mental perinatal y se multiplican silenciosamente la angustia, la soledad y la pérdida de sentido vital, resulta imprescindible volver a poner en el centro la cultura del cuidado.
Cuidar no es un gesto accesorio ni una respuesta tardía
Cuidar es una actitud fundante. Y ese cuidado comienza desde el inicio mismo de la vida, desde la concepción, allí donde todo empieza y donde se juega, en gran medida, el desarrollo integral de la persona. Tal vez la pregunta no sea sólo qué sucede en el mundo, sino dónde podemos comenzar a cambiarlo. Como recordaba Santa Teresa de Calcuta: “Si quieres cambiar el mundo, ve a casa y ama a tu familia”. Allí, en lo cotidiano, en los vínculos más cercanos, se arraiga y se hace concreta la cultura del cuidado.
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Cuidar la vida implica también cuidar a quienes la gestan y la reciben. La salud mental perinatal —tanto materna como paterna— es un pilar fundamental para el bienestar del niño desde el inicio de su existencia. Las experiencias adversas tempranas dejan huellas profundas en el desarrollo emocional, cognitivo y social. Por eso, acompañar desde el comienzo no es sólo un gesto de humanidad: es una responsabilidad social. En este contexto, la realidad de la fertilidad también interpela. Argentina atraviesa una caída histórica de la natalidad, al tiempo que muchas personas y parejas enfrentan el dolor de la infertilidad en silencio. Los determinantes sociales de la salud influyen profundamente en estas vivencias; sin embargo, con frecuencia el problema se reduce a una lógica tecnificada o mercantilizada, dejando de lado su complejidad humana, relacional y emocional.
A esto se suma la falta de formación específica de muchos profesionales para abordar estas situaciones con sensibilidad, lo que puede generar efectos iatrogénicos. De allí la importancia de promover una formación interdisciplinaria, con intervenciones centradas en la persona, basadas en evidencia y orientadas por una ética del cuidado. También es necesario revisar los discursos culturales. Existe una puja por instalar la creencia de que la maternidad es una desventaja, una complicación a resolver, una piedra en el camino de realización para la mujer. Sin embargo, cuidar al niño por nacer implica, ante todo, cuidar a la mujer: contenerla, acompañarla y generar condiciones —también laborales— que respeten su realidad.
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Es necesario revisar los discursos culturales
¿Cómo acompañar entonces a quienes desean formar una familia —un gesto que hoy puede resultar contracultural— y más aún, hacerla crecer? ¿Cómo sostener a mujeres, varones y niños por nacer en contextos de vulnerabilidad? Se vuelve urgente revalorizar el rol de la familia, fortalecer la salud mental perinatal y capacitar a quienes acompañan estas etapas tan decisivas. Proteger la vida desde la concepción no es sólo una declaración de principios. Es una tarea concreta y profundamente humana: implica aprender a mirar y escuchar sin juzgar, contener, acompañar y servir, inclinándose ante el dolor del otro.
La cultura del cuidado nos llama a ser refugio donde hay desconsuelo, fuente de paz y manantial de esperanza. Porque una sociedad que aprende a cuidar la vida desde su origen también aprende a cuidar su propio futuro.
* Irene Gutiérrez. Coordinadora de la Diplomatura en Acompañamiento Integral de la Fertilidad e Infertilidad de la Universidad Austral.