La Vendimia reparte amores, entre estrellas y oscuridades cómplices
La fiesta máxima de Mendoza alcanza con su ensueño no solo a las reinas, sino también a más de un corazón despistado que encuentra su norte ahí, en el oeste de la ciudad
Largo y transitado acceso con su más que interesante pendiente, que se sentía como si se estuviera escalando un cerro.
Archivo.Ella suba hacia el teatro griego de Mendoza, por el acceso que va desde la playa de estacionamiento del Estadio provincial hacia el oeste. Largo y transitado acceso con su más que interesante pendiente, que se sentía como si se estuviera escalando un cerro; y no se trataba de una forma de decir: es el famoso Cerro de la Gloria al que le era necesario subir para llegar al lugar en el cual, esa noche, se realizaría la repetición de la Fiesta Nacional de la Vendimia.
"No llegué a tiempo para comprar las entradas del Acto Central" se repetía la mendocina patalarrastra mientras hacía un último esfuercito para acceder a la entrada del predio -y ya que estoy acá, veré a las bandas que tocan esta noche; aunque la verdad, lo que siempre me gustó, de chiquita, fue la fiesta. Me aguantaré el tunchi tunchi de los artistas invitados, aunque lo mío es el folclore… en fin. Y era por eso que iba: por la fiesta, no por los músicos que reemplazaban en la repetición a la elección de la reina, que ya había ocurrido el sábado a la noche en el acto central. A ella le gustaba el San Martín bajando de los cerros, los inmigrantes bailando la tarantela y saludar a la virgen de pie, entre lágrimas y con su pañuelo en alto, después de que se representaba la caída del granizo. Y no es que fuera muy creyente que digamos, pero sentía que su mendocinidad se refrescaba año a año entre tarantelas, pasodobles, granizos de cotillón, vírgenes llevadas en andas y sanmartines.
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Unos pasos más atrás, y mirando al piso como si por observarlo se le fuera a hacer menos pesada la subida, iba él. Quejándose quizá en voz baja, del esfuerzo que tenía que hacer por ver a su banda preferida: -Me voy a tener que bancar a cientos de gauchos y racimos gigantes, cuecas, gatos y tonadas, pero en fin, la entrada es accesible y me encanta ver a mi grupo musical preferido; bien vale la pena el esfuerzo -se repetía el pibe como para autoconvencerse de haber tomado en forma correcta la decisión de ir, solo, a ver el show de esa noche.
Las estrellas alumbraban en el cielo, y la luna llevaba varios días menguando su tamaño desde una ya lejana luna llena, como intentando dejar a esas pequeñas lucecitas de fondo, desde sus millones de años luz de distancia, tomar el principal protagonismo de la jornada; la tormenta que venía amenazando desde temprano había ya desistido de su propósito desestabilizador de festejos populares, y una brisa fresca (no fría ni nada parecido, solo fresca) calmaba las ansias de los asistentes a la repetición de la fiesta, que trabajosamente avanzaban hacia el teatro griego.
Ella, precavida y organizada, llevaba una mochila con sanguchitos y agua saborizada; que no es que no pudiera aguantarse el hambre por unas horas, pero ver comer a los demás…eso sí que le daba ganas. Así que ya desde la época en que venía con su finada madre, traían los triples de miga y la bebida; se tomaban el micro en la esquina de Mitre y Godoy Cruz, y se sumaban a la masa maravillosa de habitantes de la provincia y turistas de variada procedencia, que accedían al predio del cerro en colectivo. Ese ritual sí lo había cambiado este año: esta vez se vino en auto hasta el parque, y de ahí, a caminar nomás. “Vamos subiendo la cuesta, que arriba mi calle se vistió de fiesta” dijo una vez un poeta, hablando de otro encuentro popular, pero explicando a la perfección el espíritu que se repetía esa noche en el pedemonte mendocino. Entrando ya al predio, en el sector más alto, se sentó lo más al medio posible. Estaba lejos del escenario, pero eso sí, más cerca que las veces que había ido a ver la fiesta desde los cerros, donde el esfuerzo por no desbarrancarse le daba un sabor especial a la cosa.
El tipo, sin darse casi cuenta, se sentó al lado de la piba. Y recién ahí la vio: no le pareció una hermosura, pero bueno, él tampoco era un actor de Hollywood, para qué vamos a mentirnos. Dos personas normales, bah, ni muy muy ni tan tan, como somos la gran mayoría de los mortales: aptos para ser amados, sin tanta vuelta, sobre todo bajo el brillo de las estrellas; aunque las luces del escenario atentaban contra la visión celestial, pero en fin, que a eso habían ido, a ver el show, no estaba la cosa como para quejarse de los efectos lumínicos. Ella, sentada en la punta de la fila, junto a un pasillo, sintió la necesidad de comerse el primer triple de salame milán y queso. Y ahí notó que, si bien no tenía nada que ver con el pibe de la silla de al lado, esa era la única persona que tenía cerca; y tampoco era una maleducada como para andar comiendo en público sin convidar… así que mientras él miraba su celu, sacó el primer sanguchito de la mochila y se lo mostró a su circunstancial vecino, como ofreciéndoselo. Él, bastante hambriento por la subida, de todos modos se resistió al convite, y con una suave sonrisa y un movimiento de cabeza hacia los costados, desistió de la invitación. Qué bronca ser tan tímido, se lamentó, pero de todos modos el hielo estaba ya roto, y la charla se hacía indispensable.
No es necesario saber quién comenzó a hablar, ni quién respondió: -¿Linda noche, no?¿Has venido otras veces?¿Preferís la fiesta o el show musical? -Todo, me gusta todo. ¿Y a vos? -See. Todo. Sí a todo. Las luces se apagaron por tan solo un instante, y el espectáculo comenzó casi de inmediato, entre la algarabía de los presentes. La música llenó los espacios, y dos corazones se acercaron, como si nada, perdidos en un mar de gente; más personas había esa noche en el teatro griego (al parecer) que estrellas en el cielo. La soledad se alejaba hacia los cerros, para perderse al menos por esa noche; los duendes de la vendimia tenían más trabajo que hacer, por suerte, mientras el verano se escurría entre fuegos artificiales y efectos lumínicos. Los hombros de dos cuerpos hasta ahora desconocidos se tocaron inocentemente en la oscuridad del lugar, mientras la noche cubría con su manto de complicidad a la platea alta. Todo podía suceder. Sí a todo.
* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.
IG: @prgmez



