Presenta:

La sociedad de la queja: cuando el malestar se convierte en modo de vínculo

La queja se ha convertido en una forma habitual de comunicación, pero, ¿qué revela sobre la sociedad? Psicólogos y sociólogos analizan su impacto y posibles soluciones.

En términos clínicos, la queja es un discurso sin destinatario.

En términos clínicos, la queja es un discurso sin destinatario.

Archivo

En las últimas décadas, la queja dejó de ser un gesto ocasional para transformarse en un malestar habitual de relación con el mundo. En la calle, en redes sociales, en la mesa familiar, en espacios laborales, el acto de quejarse se volvió casi un lenguaje compartido. Pero ¿qué revela esta proliferación de quejas? ¿De qué habla, realmente, la sociedad cuando se lamenta?

Psicólogos, sociólogos y analistas coinciden: la queja es un fenómeno que crece a la par de la frustración. En un contexto donde se exige eficiencia, inmediatez y disponibilidad permanente, las expectativas aumentan más rápido que la capacidad real de satisfacerlas. Cuando la vida no se ajusta a ese ideal, aparece el enojo y, con él, la queja.

Quejarse
La queja dejó de ser un gesto ocasional para transformarse en un malestar habitual de relación con el mundo.

La queja dejó de ser un gesto ocasional para transformarse en un malestar habitual de relación con el mundo.

En términos clínicos, la queja es un discurso sin destinatario

No busca ser respondida, sino confirmada. Por eso incluso cuando se obtienen soluciones la persona puede continuar quejándose: no estaba buscando resolver un problema, sino sostener un modo de hablar. Por otro lado, los medios y las plataformas digitales aprendieron que la queja “vende”, genera clics, moviliza usuarios, sostiene audiencias. Se instaló una economía emocional basada en la sospecha y la crítica permanente. La indignación se volvió un recurso comunicacional eficaz y rentable. Existe un término que llamo “consumo de malestar” y que provoca una circulación paradojal: cuanto más nos quejamos, más se normaliza y se instala la idea que todo debe ser rechazado. Se genera una atmósfera emocional gris, donde ser entusiasta es sospechoso y la queja se convierte en forma legítima de participar en lo público.

Un libro de reciente aparición, escrito por el periodista y coach ontológico Mario Massaccesi y la psicóloga y master coach Patricia Daleiro han publicado “¿Qué hacemos con las quejas? (2025, Editorial Planeta) y a través de historias reales, experiencias y reflexiones nacidas de su trabajo conjunto, proponen distinguir entre la queja funcional, que impulsa la acción y la crónica, que nos atrapa en la insatisfacción y resentimiento.

Ambos autores nos advierten que a menudo se confunde la queja con el reclamo. El reclamo tiene un sesgo más activo que la queja. En la queja solo hay un lamento por lo que sucede, en el reclamo hay un pedido, una necesidad de respuesta. También hacen referencia al “quejómetro” y que no nos damos cuenta de lo perjudicial que es la queja crónica en nuestra salud física y mental y en la de los que nos rodean.

Queja
El reclamo tiene un sesgo más activo que la queja.

El reclamo tiene un sesgo más activo que la queja.

Entonces ¿qué hacemos con la queja?

Massaccesi y Daleiro proponen varios puntos de vista que confluyen a un camino posible para salir de ella. Mi punto de vista personal, es escucharla de otro modo. Creo que debemos diferenciar la queja que expresa un sufrimiento real y la queja que funciona como refugio.

En un mundo cada vez más ruidoso, la queja seguirá existiendo. Pero su función, si nos animamos a interrogarla, puede cambiar radicalmente. La diferencia entre una sociedad que solo se lamenta y una que transforma sus malestares en algo nuevo, empieza simplemente, por animarse a preguntar: ¿qué quiero decir cuando me quejo?

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.

IG @carlosgustavomotta