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La Selección argentina devolvió algo más valioso que los títulos: la esperanza de un país

Más allá de las victorias, el equipo de Scaloni construyó un relato colectivo que volvió a unir a los argentinos en tiempos de incertidumbre.

La selección argentina va por la gran final, una nueva esperanza.

La selección argentina va por la gran final, una nueva esperanza.

Archivo.

Hay momentos en los que un país descubre que aquello que estaba buscando no era solamente una victoria. Era otra cosa. Era la posibilidad de volver a sentirse parte de un mismo relato. La Selección argentina ha conseguido eso. Más allá de los resultados, ha devuelto a millones de personas una experiencia cada vez más infrecuente: la esperanza compartida.

Vivimos en una época dominada por la incertidumbre

Las noticias suelen anunciar crisis económicas, guerras, polarización política o tecnologías que prometen cambiar radicalmente nuestra manera de vivir. La desconfianza parece haberse convertido en el afecto dominante. Se desconfía de las instituciones, de los dirigentes, de la palabra pública e incluso del futuro. En semejante escenario, la esperanza deja de ser un sentimiento ingenuo para convertirse en un bien escaso. Quizá por eso este grupo de jugadores produce un efecto que excede ampliamente al deporte. No se trata solamente de Lionel Messi ni de Scaloni. Tampoco de una generación particularmente talentosa. Lo que conmueve es la impresión de estar frente a un colectivo donde el éxito individual nunca desplaza al proyecto común.

Hay momentos en los que un país descubre que aquello que estaba buscando no era solamente una victoria.

Hay momentos en los que un país descubre que aquello que estaba buscando no era solamente una victoria.

En tiempos donde el individualismo suele presentarse como un ideal, la Selección ofrece la imagen contraria. Nadie parece jugar para sí mismo. El que hace un gol corre a abrazarse con quien le dio el pase. El que permanece en el banco celebra con la misma intensidad que quien está en la cancha. El suplente parece comprender que también forma parte de la victoria. No abundan hoy escenas semejantes. El fútbol, como todo fenómeno cultural, funciona también como una superficie donde una sociedad proyecta sus deseos. Lo que el pueblo argentino celebra no es únicamente una gambeta, un quite o un gol. Celebra una forma de estar con otros. Celebra el esfuerzo silencioso, la solidaridad, la disciplina, la humildad y una alegría que no parece fabricada para las cámaras. Tal vez allí resida el secreto de la identificación.

Desde el psicoanálisis sabemos que una comunidad no se sostiene únicamente por intereses comunes. También necesita ideales compartidos. Freud lo había señalado en Psicología de las masas donde un grupo se constituye cuando los individuos encuentran un mismo punto de identificación. Ese ideal organiza los afectos y hace posible que el "yo" ceda, por un instante, lugar al "nosotros". Durante noventa minutos sucede exactamente eso. Las diferencias políticas casi desaparecen. Las discusiones cotidianas quedan suspendidas. El empresario y el albañil, el adolescente y el jubilado, quien vive en Buenos Aires y quien lo hace en las distintas provincias de nuestro pais, todos gritan el mismo gol. No porque piensen igual, sino porque, por un instante, sienten lo mismo.

Vivimos cada vez más solos

La hiperconectividad no ha eliminado el aislamiento; muchas veces lo ha profundizado. Nos comunicamos permanentemente, pero compartimos poco. La Selección, en cambio, produce un fenómeno extraño para esta época: devuelve el deseo de reunirse. Familias enteras modifican sus horarios. Amigos que hace meses no se ven, vuelven a encontrarse. Los bares se llenan. Las plazas se convierten en pantallas gigantes. Las calles recuperan una alegría que parecía olvidada. No resulta un detalle menor. Las sociedades también necesitan rituales. Necesitan momentos donde recordar que existe algo más grande que los problemas individuales. El fútbol ocupa, desde hace décadas, parte de ese lugar simbólico en la Argentina. Pero esta generación ha logrado potenciarlo porque transmite autenticidad. No parece actuar un papel. No da la impresión de representar un personaje construido por el marketing. La cercanía con la que habla, la emoción con la que canta el himno o la manera en que celebra cada logro hacen que millones de personas sientan que allí hay algo verdadero.

 El fútbol, como todo fenómeno cultural, funciona también como una superficie donde una sociedad proyecta sus deseos.

El fútbol, como todo fenómeno cultural, funciona también como una superficie donde una sociedad proyecta sus deseos.

Y cuando una sociedad encuentra algo verdadero, responde con afecto. La felicidad es precisamente eso. Un instante donde desaparece la sensación de amenaza. No porque los problemas se hayan resuelto, sino porque, durante un momento, dejan de ocupar el centro de la escena. Después volverán las cuentas por pagar, las preocupaciones laborales, las enfermedades, las pérdidas y las incertidumbres. Pero durante unas horas ocurre algo extraordinario: el porvenir deja de percibirse como una amenaza y vuelve a presentarse como una posibilidad. Eso se llama esperanza. La esperanza no consiste en creer ingenuamente que todo saldrá bien. Consiste en seguir apostando incluso cuando el resultado todavía no está escrito. En ese sentido, esta Selección ha construido una ética antes que una estadística. Enseña que el compromiso importa tanto como el talento; que la confianza puede ser más decisiva que el miedo; que ningún partido termina antes del último minuto y que ningún proyecto colectivo se sostiene sin generosidad.

Por eso el resultado de una final, cualquiera sea, no agotará el significado de este equipo. Las copas permanecerán en las vitrinas. Los récords serán superados. Los goles terminarán convertidos en archivos de video. Pero hay algo mucho más difícil de conseguir: modificar el clima emocional de un país. Eso ya ocurrió. Y quizá, dentro de muchos años, cuando los nombres cambien y otra generación vista la camiseta argentina, no recordemos solamente cuántos títulos obtuvo este equipo. Recordaremos algo más importante: que durante un tiempo nos hizo creer, otra vez, que era posible ser felices juntos.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.

IG @carlosgustavomotta