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La palabra que se detiene, la tartamudez infantil y el desafío de escuchar

Especialistas advierten que una consulta temprana y el acompañamiento familiar son claves para evitar que el síntoma afecte la autoestima.


Hay silencios que dicen más que las palabras. Y hay palabras que, cuando intentan salir, parecen quedar atrapadas entre el deseo de ser pronunciadas y la imposibilidad de hacerlo. La tartamudez infantil pertenece a ese territorio donde el lenguaje deja de ser un simple instrumento de comunicación para convertirse en una experiencia que compromete al niño y a quienes lo escuchan.

La primera reacción de muchos adultos suele ser tan espontánea como desacertada: "hablá despacio", "respirá", "tranquilizate", "pensá antes de hablar". Lo hacen con la mejor intención, pero esas intervenciones suelen aumentar la presión sobre el niño. Cuanto más intenta controlar su habla, mayor puede ser el bloqueo. La tartamudez no es un signo de menor inteligencia, de inmadurez ni de falta de capacidad. Tampoco debe interpretarse como un problema exclusivamente emocional. Durante mucho tiempo se creyó que era consecuencia del nerviosismo o de conflictos psicológicos. Hoy la evidencia científica muestra un panorama mucho más complejo. Se trata de un trastorno de la fluidez del habla en el que intervienen factores genéticos, neurobiológicos, lingüísticos y ambientales. Lo psicológico no suele ser la causa inicial, pero sí puede influir en su evolución. La ansiedad, las exigencias excesivas, las burlas, el temor a hablar o determinadas situaciones familiares pueden aumentar la intensidad del síntoma. Muchas veces no es la angustia la que produce la tartamudez; es la tartamudez la que termina produciendo angustia.

La tartamudez no es un signo de menor inteligencia

Entre el 5 y el 8 por ciento de los niños atraviesa un período de disfluencias o tartamudez durante el desarrollo del lenguaje. En la mayoría de los casos desaparecen espontáneamente. Aproximadamente el uno por ciento de la población mantiene una tartamudez persistente en la vida adulta. La tartamudez acompaña al ser humano desde la Antigüedad. Hipócrates y Aristóteles ya intentaban explicar su origen. Durante siglos se la atribuyó a defectos de la lengua, del aparato fonador o incluso del carácter. Entre quienes la padecieron aparecen algunas de las figuras más destacadas de la historia. El orador ateniense Demóstenes, según la tradición, entrenaba pronunciando discursos frente al mar con piedras en la boca para fortalecer su dicción. Siglos después, el rey Jorge VI de Inglaterra debió enfrentar su tartamudez en medio de la Segunda Guerra Mundial, una historia relatada en el film El discurso del rey. Estos ejemplos demuestran que la tartamudez no limita la inteligencia, la creatividad ni el desarrollo profesional. El verdadero obstáculo suele ser el estigma y la vergüenza que muchas veces acompañan al síntoma.

La tartamudez no es un signo de menor inteligencia, de inmadurez ni de falta de capacidad.

No toda dificultad para hablar constituye una tartamudez

Muchos niños pequeños repiten palabras mientras organizan el pensamiento. Esa disfluencia evolutiva forma parte del desarrollo normal del lenguaje y suele resolverse espontáneamente. La tartamudez clínica presenta características específicas: repetición involuntaria de sonidos o sílabas, prolongación de fonemas, bloqueos al iniciar una palabra, tensión muscular, movimientos asociados del rostro o del cuerpo y, con frecuencia, evitación de determinadas palabras o situaciones sociales. El diagnóstico considera la edad de aparición, el tiempo de evolución, la intensidad del cuadro, los antecedentes familiares y el impacto que tiene sobre la vida del niño. Cuando las dificultades persisten durante varios meses, aumentan progresivamente o comienzan a afectar la escolaridad, la autoestima o las relaciones sociales, resulta imprescindible realizar una evaluación profesional.

Desde el psicoanálisis, la pregunta no consiste solamente en saber por qué un niño tartamudea, sino qué lugar ocupa esa dificultad en la economía singular de su palabra. Hablar no significa producir sonidos. Hablar es dirigirse a otro. Es encontrar un lugar desde donde decir. Por eso cada síntoma merece ser escuchado antes que apresuradamente corregido. La tartamudez no posee una explicación psicoanalítica universal. Cada caso requiere una lectura particular. Reducir toda la intervención a ejercicios mecánicos de pronunciación puede mejorar la fluidez, pero no siempre alcanza para comprender el sufrimiento que muchas veces acompaña al niño. Frente a la tartamudez infantil, la responsabilidad inicial pertenece a los adultos. Con demasiada frecuencia se espera que el niño "madure" o que el problema desaparezca por sí solo. Mientras tanto, el síntoma se instala y comienza a condicionar su vida cotidiana. La consulta temprana constituye una decisión de enorme importancia. No porque todos los niños necesiten el mismo tratamiento, sino porque una evaluación precoz permite establecer qué tipo de intervención requiere cada caso.

Padre y madre —o quienes ocupen esos lugares en la vida del niño— deben asumir activamente esa responsabilidad. No para buscar culpables. La culpabilización nunca ayuda. Se trata, por el contrario, de comprender que el niño necesita adultos que tomen decisiones, consulten oportunamente y sostengan el tratamiento con serenidad. Cuando el cuadro lo requiere, la intervención psicológica resulta un componente esencial del abordaje, junto con la evaluación y el tratamiento fonoaudiológico. Ambas disciplinas no compiten; se complementan. Mientras una trabaja sobre la fluidez del habla, la otra ofrece un espacio para alojar la experiencia subjetiva del niño y las resonancias que el síntoma produce en la familia. Quizá uno de los aspectos más importantes del tratamiento sea transmitirle al niño una idea sencilla pero decisiva: mejorar es un proceso.

Frente a la tartamudez infantil, la responsabilidad inicial pertenece a los adultos.

No existen soluciones inmediatas ni técnicas milagrosas

El niño necesita descubrir que su esfuerzo cotidiano tiene sentido. Cada palabra pronunciada sin temor, cada situación comunicativa que antes evitaba y ahora puede afrontar, constituye un verdadero avance. La constancia vale más que la ansiedad por obtener resultados rápidos. El papel de la familia consiste en acompañar ese recorrido, celebrar los pequeños progresos y no transformar cada conversación en un examen. La tartamudez nos recuerda algo que suele olvidarse, que hablar no consiste simplemente en articular sonidos correctamente. Hablar es ocupar un lugar en el mundo. Es poder expresar una idea, formular una pregunta, declarar un afecto, defender una posición o simplemente decir el propio nombre sin miedo. Por eso el objetivo de un tratamiento no debería reducirse a eliminar un síntoma. La verdadera meta consiste en que ese niño vuelva a confiar en su palabra.

Porque cuando un niño recupera la confianza para hablar, no solamente mejora su lenguaje. También fortalece su autoestima, amplía su mundo de relaciones y descubre que aquello que tiene para decir siempre vale más que los tropiezos con los que, a veces, su palabra intenta abrirse camino.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.

IG @carlosgustavomotta