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La médica argentina que llegó a la NASA: "La vida de un astronauta se parece muy poco a las películas"

Lorna Evans es médica aeroespacial y piloto. Investiga la salud de los astronautas y podría vivir un año en una simulación de Marte recreada por la NASA.

La argentina Lorna Evans posa junto a la cápsula espacial Orion en una instalación de la Nasa. 

La argentina Lorna Evans posa junto a la cápsula espacial Orion en una instalación de la Nasa. 

Cuando era niña, Lorna Evans le contó a su padre que quería ser astronauta. “Pero hija, no hay astronautas argentinos, menos mujeres”, le respondió él. Ella no dudó: “Bueno, entonces voy a ser la primera”. Aquel diálogo familiar se convirtió en el punto de partida de una historia atravesada por la perseverancia. Nacida en Lanús y radicada actualmente en Estados Unidos, Evans estudió Medicina, se convirtió en piloto y encontró en la medicina aeroespacial la especialidad que le permitió unir sus dos grandes pasiones.

El camino estuvo lejos de ser sencillo. Recibió cuatro rechazos antes de conseguir una oportunidad en la NASA y debió dejar atrás su país, su familia y sus amigos. Hoy participa en investigaciones relacionadas con la salud de las tripulaciones espaciales y se postuló para integrar una misión análoga de larga duración.

Si resulta seleccionada, podría pasar 365 días dentro de un hábitat que recrea las condiciones de aislamiento y las exigencias de una misión espacial. Su mayor sueño va todavía más lejos: formar parte algún día del programa Artemis y llegar a la Luna.

En esta entrevista con MDZ, Evans habla sobre los “no” que casi la hicieron abandonar, explica cómo se cuida la salud humana fuera de la Tierra y revela qué hay detrás de la imagen romántica de la vida de un astronauta.

Lorna Evans, en la entrada principal del Centro Espacial Johnson de la NASA.

Lorna Evans, en la entrada principal del Centro Espacial Johnson de la NASA.

De Lanús a la NASA: un sueño contra todos los pronósticos

—¿Recordás el momento exacto en que decidiste que querías ser astronauta?

—Recuerdo ser muy chica, estar en mi casa hablando con mi papá y comentarle que quería ser astronauta. Él me respondió: “Pero hija, no hay astronautas argentinos, menos mujeres”, a lo que le contesté: “Bueno, entonces voy a ser la primera”. Ese es uno de los recuerdos más tempranos que tengo de mi pasión por el espacio y de mis ganas de ser astronauta. Realmente no sé muy bien de dónde viene porque era muy pequeña, pero sí lo recuerdo de forma muy vívida. Intuyo que habrá habido cosas que vi o que me impactaron como para decirle eso a mi papá, pero no tengo memoria de eso; solo de haberle dicho que quería ser astronauta.

—En un país donde no había astronautas argentinos como referencia, ¿qué te hizo creer que ese sueño podía convertirse en una meta real?

—Cuando uno es tan pequeño, en verdad no sabe si tiene o no la capacidad de hacerlo realidad: es solo un sueño, un deseo. A medida que fui creciendo, con las limitaciones que encontraba por mi situación económica y el contexto del país, me fui dando cuenta de que iba a ser muy difícil; pero siempre sentí que ese sueño de ser astronauta y la pasión por el cielo estaban latentes en mí. Por eso, siempre hice cosas que me acercaran a esa pasión de pequeña. Así fue como hice la carrera de piloto de avión, para estar lo más cerca de los cielos que pudiera, algo que sí podía hacer en Argentina. Después, la vida me fue llevando muy de a poco hasta donde estoy ahora. Mi idea siempre fue acercarme lo máximo posible a cumplir ese sueño desde el lugar en el que estaba o con lo que tenía al alcance, y esa búsqueda fue la que me trajo hasta acá.

—Elegiste estudiar Medicina, convertirte en piloto y luego especializarte en medicina aeroespacial. ¿Cómo fuiste construyendo ese camino?

—Fue un camino largo, pero hoy en día puedo decir que todo valió la pena y que tenía que vivirlo de esa manera para llegar a donde estoy hoy. Todo comenzó con ese sueño de niña. Después empecé a estudiar Medicina, un poco influenciada por mi papá, que es médico y me decía que me iba a gustar mucho. La realidad es que, cuando terminé el secundario, no sabía muy bien qué quería hacer: me gustaba mucho la física, pensé en estudiar Ingeniería Aeronáutica o Nuclear, e incluso evalué unirme a la Fuerza Aérea para ser piloto; pero al final el consejo de mi papá hizo que me terminara anotando en Medicina. Durante la carrera de Medicina no lograba encontrar una especialidad que me apasionara. Pediatría me gustó mucho, pero sentía que no era mi verdadera vocación. La pasión por el cielo seguía tan latente dentro de mí que entendí que debía explorarla. Así fue como empecé a sumar mis horas de vuelo para ser piloto. Pero para poder volar hay que hacerse un examen psicofísico y ahí descubrí que existía la medicina aeronáutica. En ese instante me pregunté si existía la medicina espacial, o sea, la medicina que se encarga del cuidado de los astronautas. Me di cuenta de que sí y dije: “Esto es lo mío, es por acá”.

La medicina espacial unió mis dos mundos y le dio sentido a todo. Ahí descubrí mi verdadera vocación. La medicina espacial unió mis dos mundos y le dio sentido a todo. Ahí descubrí mi verdadera vocación.

—Antes de ingresar a la NASA recibiste cuatro rechazos. ¿En algún momento pensaste abandonar y qué te impulsó a intentarlo una vez más?

—La verdad es que estuve a punto de tirar la toalla después de recibir tantos rechazos consecutivos; verdaderamente empecé a dudar. Fue en ese preciso momento, mientras hacía un voluntariado en un evento aeronáutico, cuando mi mentora me dijo: “Andá a hablarle a esta persona”. Me acerqué, me presenté y le conté mi historia. Le hablé de mis rechazos, de que no sabía qué más hacer y de lo desanimada que estaba. Él me respondió que a él lo habían rechazado siete veces en la NASA, y que hoy llevaba 20 años trabajando ahí como médico aeroespacial (a mí en ese momento me habían rechazado cuatro veces solamente). Me dijo: “Si es verdaderamente lo que amás, seguí intentando”.

Fue ahí que se encendió una llama dentro de mí y pensé: “Voy a seguir intentando hasta el final, porque esto es lo que amo”. Decidí probar una vez más y entré.

—¿Cómo fue el día en que recibiste la noticia de que ibas a trabajar con la NASA? ¿Cuál fue el precio más alto que pagaste por perseguir este sueño?

—El día que recibí la noticia de que me habían aceptado fue increíble; estaba súper emocionada, muy feliz. Sin embargo, creo que recuerdo con más fuerza el primer día que pisé la NASA: fue sentir que la niña que habita en mí finalmente había cumplido su sueño de pequeña, eso que solo veía en las películas y en la tele. Hasta hoy, jamás sentí una felicidad más pura que esa.

No sé si diría que pagué un precio, pero sí tuve que poner muchas cosas en la balanza y elegir. Tal vez lo más difícil de este camino fue dejar mi país, mi gente, mi familia, mis amigos, la cultura, la comida, los mates. Eso siempre se siente. Por más que viviendo afuera te comuniques todos los días con los tuyos, no es lo mismo: no estás ahí. Cuando volvés, tus amigos tienen otros chistes internos, nuevas palabras o modismos, experiencias que vivieron sin que estuvieras presente. Eso a veces pesa, pero fue una decisión que tuve que tomar. A veces hay que relegar ciertas cosas para seguir adelante; es parte del camino, es parte del aprendizaje y es lo que nos termina forjando como personas.

La medicina que prepara los viajes a la Luna y Marte

—Para quienes nunca escucharon hablar de esta especialidad, ¿qué es la medicina aeroespacial y por qué resulta tan importante para las futuras misiones?

—La medicina aeroespacial es una rama específica de la medicina que se encarga de estudiar los estresores a los cuales están sometidos los seres humanos en ambientes extremos como el espacio. Su objetivo es proteger la salud y la seguridad, optimizar el rendimiento y crear protocolos para prevenir y mitigar riesgos en entornos extremos, principalmente en el aire y en el espacio exterior. Nuestro cuerpo está diseñado para la vida en la Tierra; por eso, cuando lo exponemos a la microgravedad surgen desafíos muy específicos: pérdida de masa muscular y densidad ósea, redistribución de los fluidos hacia la cabeza o cambios en el sistema cardiovascular, gástrico, ocular. En verdad, la microgravedad impacta en todos los sistemas del cuerpo humano.

Lo fascinante de esta especialidad es que se retroalimenta constantemente. Con cada misión espacial recibimos datos valiosísimos sobre cómo reacciona el organismo a este entorno. Hay muchísimas cosas que vamos descubriendo a medida que pasa el tiempo, que se realiza investigación y se valida en diferentes misiones y acumulamos más información. La medicina aeroespacial evoluciona muchísimo con cada exploración: cada astronauta que viaja nos ayuda a entender mejor el cuerpo humano y a desarrollar mejores protocolos médicos y de seguridad.

Para las misiones de larga duración a la Luna o a Marte, la medicina espacial va a ser más indispensable que nunca. A esas distancias no hay posibilidad de un retorno rápido a la Tierra en caso de emergencia, ni de ir a un hospital de alta complejidad. Por eso, tenemos que ser capaces de diagnosticar de forma efectiva con los elementos con los que contamos en vuelo, y con una mayor autonomía a la que estamos acostumbrados a manejar. Hoy en día, la mayor parte de nuestra experiencia clínica, operacional y de recolección de datos fisiológicos proviene de la órbita baja, gracias a misiones de corta o larga duración, como las que realizamos a la Estación Espacial Internacional (ISS). Sin embargo, esto va a cambiar radicalmente y va a representar un verdadero desafío para las futuras misiones al espacio profundo, donde la distancia y el retraso en las comunicaciones nos van a exigir un nivel de autonomía médica sin precedentes. Necesitamos la capacidad de tratar cualquier cuadro clínico con los kits médicos que se encuentran a bordo y, al mismo tiempo, aprovechar toda esa información al regresar a la Tierra para diseñar mejores medidas de prevención y mitigación. Esto nos va a permitir preservar lo máximo posible la salud de los astronautas y evitar, dentro de lo que se pueda, situaciones indeseadas en el futuro.

—Hoy participás en investigaciones relacionadas con la salud de los astronautas. ¿En qué proyectos trabajás y qué impacto podrían tener en futuras misiones?

—Actualmente me dedico a estudiar el impacto de los diferentes niveles de dióxido de carbono dentro de la cabina. Evaluamos cómo las fluctuaciones en sus concentraciones afectan la fisiología de los astronautas, generando desde cefaleas hasta alteraciones vasculares o cognitivas, y desarrollamos medidas de mitigación para garantizar un ambiente seguro y operacional. Por otro lado, también estoy investigando sobre la nutrición en misiones al espacio profundo, más que nada la Luna y Marte, con un enfoque en nutrición basada en plantas. Esto es clave para mantener la salud metabólica de la tripulación en viajes largos y evitar lo máximo posible déficits nutricionales, ya que los alimentos empaquetados van perdiendo su valor nutricional con el paso del tiempo y la exposición a la radiación.

El impacto de estas investigaciones en misiones a la Luna o Marte es directo: nos permite diseñar sistemas de soporte vital más eficientes y garantizar la salud, el rendimiento operacional y la supervivencia de la tripulación en viajes donde no hay reabastecimiento rápido posible.

Un año encerrada para simular una misión espacial

—También te postulaste para integrar una misión análoga de la NASA. ¿Qué significa ese rol, cómo es el entrenamiento y por qué podrías pasar un año dentro de un módulo?

—Ser astronauta análoga significa ser una astronauta, pero en la Tierra: recreamos exactamente la misma misión que va a suceder en el espacio, pero en la superficie terrestre. Es un hábitat diseñado para simular de la forma más realista posible las condiciones de vida, el confinamiento extremo y los desafíos operacionales de una misión al espacio profundo. En mi caso, me postulé a las misiones análogas de un año de la NASA para la Luna y Marte.

En caso de ser seleccionada, voy a vivir dentro del hábitat cumpliendo con las tareas diarias, el mantenimiento del módulo, los experimentos científicos y caminatas espaciales simuladas con realidad virtual. Mientras tanto, los investigadores evalúan desde afuera nuestra fisiología, la nutrición, el impacto del aislamiento y la dinámica de grupo.

Antes de ingresar al módulo, realizamos una fase de entrenamiento previo muy intensa que dura varios meses, dependiendo de la complejidad de la misión. Nos capacitan en el uso de los sistemas del hábitat, mantenimiento técnico, protocolos de seguridad y recolección de muestras científicas. También nos entrenan en respuesta a emergencias médicas utilizando los kits a bordo, así como en el manejo de realidad virtual para las caminatas espaciales. A nivel operativo, practicamos la toma de decisiones con retraso en las comunicaciones con Control de Misión y recibimos preparación psicológica para gestionar la fatiga, el estrés y la cohesión de grupo en espacios reducidos por larga duración.

Y respondiendo a la pregunta: sí, el plan es encerrarse 365 días en el módulo. Para mí representa una oportunidad enorme, ya que generar evidencia científica durante un año ininterrumpido es fundamental para planificar misiones hacia el espacio profundo. Esta información nos permite obtener conocimientos sobre el desempeño de la tripulación, además de predecir, prevenir y mitigar contingencias, asegurando la salud y el rendimiento operacional de los futuros astronautas. Es un honor increíble para mí poder aportar y contribuir al avance de las ciencias espaciales y el planeamiento de futuras misiones espaciales.

—Si tuvieras que describir cómo es realmente la vida de un astronauta, ¿qué aspectos creés que más sorprenderían al público?

—Creo que lo que más sorprendería al público es notar la brecha que existe entre la visión romántica del espacio y la realidad operativa del día a día. La gente suele imaginar al astronauta flotando relajado mientras mira la Tierra por la ventana o haciendo caminatas espaciales todo el tiempo, cuando en verdad la vida en órbita es un trabajo de altísima disciplina, rutina y microgestión.

Lo primero que llama la atención es el enorme volumen de trabajo doméstico y de mantenimiento. Siempre digo que la Estación Espacial Internacional es como una casa, y cerca del 50% del tiempo no se destina a hacer descubrimientos revolucionarios, sino a mantener la cabina: limpiar, ordenar los módulos de descanso y cocina, gestionar la basura, reparar sistemas de soporte vital, cambiar filtros, instalar instrumental y reorganizar inventario.

En el espacio la regla es clara: si no mantenés tu entorno, el entorno te mata. En el espacio la regla es clara: si no mantenés tu entorno, el entorno te mata.

Lo segundo es la rigidez del cronograma. Cada minuto del día está programado desde Tierra en bloques precisos: cuándo comer, cuándo realizar los chequeos médicos de rutina con Control de Misión, cuándo tomar muestras biológicas o realizar exámenes oculares, cuándo cumplir con las dos horas obligatorias de ejercicio para evitar la pérdida ósea y muscular, cuándo investigar y cuándo dormir. El margen para la improvisación es casi nulo. Y aunque hay días libres, como en cualquier trabajo normal, la realidad es que dormís en tu lugar de trabajo; nunca te vas de la oficina.

Lo tercero es la logística de la adaptación fisiológica. Cosas tan simples como lavarse el cabello, cepillarse los dientes, ir al baño o comer se convierten en verdaderos desafíos operacionales. A eso se le suma la redistribución de fluidos hacia la cabeza, que genera congestión cefálica constante y una pérdida parcial del gusto y el olfato.

En definitiva, la vida de un astronauta se parece muy poco a las películas. Se trata, fundamentalmente, de capacidad de adaptación, paciencia, trabajo en equipo y una enorme rigurosidad para ejecutar la rutina diaria. En definitiva, la vida de un astronauta se parece muy poco a las películas. Se trata, fundamentalmente, de capacidad de adaptación, paciencia, trabajo en equipo y una enorme rigurosidad para ejecutar la rutina diaria.

Artemis y el sueño de llegar a la Luna

—Tu gran sueño es formar parte del programa Artemis. ¿Qué representa para vos esa misión y qué significaría llegar a la Luna?

—Para mí sería un honor y un privilegio increíble. Es la oportunidad de aportar directamente al avance de la ciencia. A diferencia de Apolo, que consistía en llegar, pisar y volver, el objetivo de Artemis es establecer una presencia sostenible para aprender a vivir fuera de la Tierra.

Formar parte de este programa y llegar a la Luna no solo sería un sueño cumplido, sino la posibilidad real de contribuir al desarrollo científico en todos sus niveles. Cada dato que se recolecta allá vale oro. Toda esa información técnica, biológica y operativa es exactamente lo que necesitamos para avanzar en medicina espacial, optimizar el diseño de los materiales de la cápsula y planificar con precisión las futuras misiones.

Eventualmente estar asignada a una misión así significaría trabajar para el futuro. No se trata solo de pisar suelo lunar, sino de generar el conocimiento que va a proteger y hacer posibles las próximas misiones al espacio profundo. Poder volcar mi pasión en algo que sirva de base para las generaciones que vengan después sería, sinceramente, lo más grande que podría hacer.

—Después de tantos años de preparación, ¿seguís sintiendo la misma emoción que aquella chica que miraba las estrellas desde el patio de su casa?

Sí, totalmente. La emoción sigue intacta. Con los años cambia la perspectiva, porque uno suma horas de estudio, rigor técnico y entiende la complejidad real de lo que implica la exploración espacial, pero el motor sigue siendo exactamente el mismo.

Aquella fascinación por los planetas y el espacio, el mirar el cielo nocturno cuando acampábamos con mi papá en Capilla del Monte, en donde sentía que el cielo era enorme y yo era tan pequeña, son de las experiencias que hoy me impulsan a seguir adelante, a pasar horas estudiando, entrenándome para poder postularme a misiones espaciales futuras. Cambió el contexto, pero la capacidad de asombro y el amor por la ciencia son los mismos de siempre.

Video publicado por la argentina Lorna Evans en su cuenta de Instagram @lorna.am

Abrir el camino para las próximas generaciones

—Además de tu trabajo científico, impulsás iniciativas para acercar la medicina aeroespacial a Latinoamérica. ¿Por qué es importante abrir ese camino para otros profesionales?

—Porque sé que en Latinoamérica hay muchas Lornas, muchas chicas y chicos con un contexto económico difícil, pero con la misma pasión por el espacio y la medicina aeroespacial que tengo yo. Para mí es fundamental poder brindarles acceso a la educación que yo recibí estando en el exterior y mostrarles que este camino es posible. Con el auge de los vuelos espaciales comerciales se va a generar una demanda enorme de profesionales en la región. Abrir estas puertas hoy es mi manera de contribuir con mi granito de arena para luego pasarle el bastón a las próximas generaciones, con la confianza de que ellos van a llevar lo que iniciamos a niveles que hoy ni nos imaginamos.

—Desde tu experiencia, ¿qué cualidades busca la NASA y qué primeros pasos debería dar un joven argentino que sueña con trabajar allí?

—Le diría que lo que hoy parece imposible, tal vez no lo es. En nuestro país muchas veces el contexto parece jugar en contra, pero esa misma adversidad nos enseña a ser creativos, adaptables y persistentes, que son justamente las virtudes que más se buscan en la industria espacial. Que se enfoque en formarse bien, en tocar puertas y en construir su camino paso a paso.

La NASA no busca superhéroes; busca gente apasionada, disciplinada y capaz de trabajar en equipo. Si de verdad es su sueño, que no dejen que nadie le diga hasta dónde pueden llegar. Si es lo que aman, que sigan para adelante que mientras estamos vivos, hay tiempo. La NASA no busca superhéroes; busca gente apasionada, disciplinada y capaz de trabajar en equipo. Si de verdad es su sueño, que no dejen que nadie le diga hasta dónde pueden llegar. Si es lo que aman, que sigan para adelante que mientras estamos vivos, hay tiempo.

—Si dentro de 10 años vuelvo a entrevistarte, ¿dónde imaginás que estaremos charlando: en Florida, en Houston o después de que hayas regresado de la Luna?

—¡Ojalá que sea después de haber vuelto de una misión a la Luna! (Risas). Sería un sueño absoluto. Pero sinceramente, sea en Houston, en Florida o donde me toque estar, espero que esa charla nos encuentre celebrando que pudimos mover un poquito la frontera de la ciencia. Poder demostrarles a los chicos que desde Argentina también se puede llegar, y que no hay límites para lo que somos capaces de lograr cuando hay pasión y trabajo, sería la satisfacción más grande de mi vida. Y si gracias a eso hoy hay un montón de chicos en Latinoamérica preparándose para tomar la posta y volar aún más lejos, entonces todo habrá valido la pena.