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La Inteligencia Artificial escucha, el analista interpreta, esa diferencia puede cambiar una vida.

La IA y las neurociencias avanzan con fuerza, pero el psicoanálisis sostiene que el sufrimiento humano no se resuelve con información ni algoritmos.


Hay preguntas que no aparecen porque alguien las formule. Aparecen porque una época las impone. La nuestra tiene una que se repite cada vez con más frecuencia: ¿la inteligencia artificial va a reemplazar al psicólogo? La sola pregunta revela el espíritu de estos tiempos. Vivimos fascinados por la velocidad.

Queremos respuestas inmediatas, diagnósticos precisos y soluciones que no nos hagan perder tiempo. Si una máquina puede responder en segundos aquello que antes demandaba una consulta, entonces pareciera lógico preguntarse si el consultorio tiene los días contados. Sin embargo, el psicoanálisis ya conoce esa escena. No es la primera vez que lo dan por muerto. Hace más de un siglo que convive con quienes anuncian su desaparición. En distintos momentos fueron la medicina biológica, el conductismo, los psicofármacos o las terapias de resultados rápidos. Cada una de esas corrientes sostuvo, con distintos argumentos, que el inconsciente terminaría convertido en una curiosidad histórica. No ocurrió. El psicoanálisis permaneció. No porque fuera inmune a las críticas ni porque rechazara los avances científicos, sino porque siguió ocupándose de una pregunta que ninguna otra disciplina consiguió responder del todo: ¿qué hace que un ser humano sea irrepetible?

Hoy los protagonistas son otros

Por un lado, la inteligencia artificial sorprende por su capacidad para dialogar y ofrecer respuestas de una calidad extraordinaria. Por otro, las neurociencias avanzan a un ritmo admirable y nos permiten comprender el funcionamiento del cerebro. Sería absurdo negar el valor de ambos desarrollos. La inteligencia artificial llegó para quedarse. Las neurociencias representan uno de los mayores logros científicos de nuestro tiempo. El problema comienza cuando confundimos los territorios.

La inteligencia artificial sorprende por su capacidad para dialogar y ofrecer respuestas de una calidad extraordinaria.

El cerebro no es el sujeto

Y una respuesta inteligente no es lo mismo que una interpretación. Cada vez son más las personas que, antes de llamar a un profesional, prefieren abrir una aplicación y escribir aquello que les resulta obstáculo. La máquina escucha sin cansarse porque se encuentra disponible las veinticuatro horas. Responde con rapidez y en ciertas ocasiones, con una empatía que sorprende. Pero allí aparece una diferencia que no siempre advertimos. Las personas no sufrimos por falta de información. Nadie deja de amar a quien le hace daño porque alguien se lo explique mejor y nadie elabora un duelo porque recibió un consejo. Tampoco se abandona una repetición dolorosa simplemente porque comprendió de dónde viene. Si fuera así, bastaría con leer un libro para dejar de sufrir.

Y, sin embargo, continuamos mortificados y es el punto preciso donde el psicoanálisis continúa teniendo algo para decir. Una sesión analítica no consiste en recibir respuestas. Consiste en descubrir preguntas que nunca nos habíamos permitido formular. Hay palabras que uno pronuncia durante años sin escucharlas realmente hasta que, en determinado momento, alguien devuelve una interpretación y aquello que parecía conocido adquiere un sentido completamente distinto. Ese instante no ocurre porque alguien posea más información. Ocurre porque existe un encuentro. La inteligencia artificial puede comprender el significado de las palabras pero todavía no puede ocupar un lugar en la vida de quien habla. No participa de la transferencia. No despierta amor, rechazo, rivalidad, dependencia o identificación del modo en que sucede entre dos personas. Y justamente allí, en esa trama afectiva, es donde muchas veces comienza el verdadero trabajo analítico.

La inteligencia artificial puede comprender el significado de las palabras pero todavía no puede ocupar un lugar en la vida de quien habla.

Algo semejante ocurre con las neurociencias

Pueden mostrar qué regiones del cerebro se activan frente al miedo o al placer. Describir circuitos neuronales con precisión. Lo que no pueden hacer es responder por qué una pérdida destruye a una persona mientras otra consigue transformarla en una oportunidad. No pueden explicar por qué alguien vuelve una y otra vez al mismo fracaso amoroso o insiste en elegir aquello que lo lastima. Es que el cerebro puede estudiarse pero una vida necesita ser narrada. La inteligencia artificial no reemplazará al psicoanálisis. Sí pondrá en crisis a aquellos profesionales que redujeron su tarea a explicar, aconsejar o tranquilizar. Si ésa fuera la esencia de una consulta, la competencia sería desigual. Ningún ser humano podría responder con la velocidad de una máquina ni acceder, en segundos, a la cantidad de información que procesa un algoritmo.

La inteligencia artificial no reemplazará al psicoanálisis

Pero el analista nunca fue una enciclopedia ni un consejero. Su trabajo consiste en sostener una pregunta hasta que el propio sujeto encuentre una verdad que nadie puede decir en su lugar. Quizá ésa sea la razón por la que el psicoanálisis sigue vivo después de tantos anuncios de despedida. Nunca prometió eliminar el dolor. Nunca ofreció recetas para alcanzar la felicidad. Se propuso algo modesto y, al mismo tiempo, profundo: ayudar a que cada persona pueda encontrarse con aquello que la constituye como única.Así las máquinas seguirán aprendiendo. Las neurociencias seguirán descubriendo nuevos secretos del cerebro. Pero mientras exista alguien que, en medio de la noche, se pregunte por qué ama como ama o por qué repite aquello que juró no volver a hacer, seguirá siendo necesario otro ser humano dispuesto a escuchar algo más que las palabras.

* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.

IG @carlosgustavomotta