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La Inteligencia Artificial no necesita rebelarse para dominarnos

La IA simplifica decisiones cotidianas, pero su avance abre una pregunta clave: ¿cuánto de nuestra libertad estamos dispuestos a ceder por comodidad?

El problema del futuro quizá no sea una humanidad dominada violentamente por las máquinas.

El problema del futuro quizá no sea una humanidad dominada violentamente por las máquinas.

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Durante años imaginamos que el peligro llegaría cuando las máquinas pensaran como nosotros. Quizás nos equivocamos. Tal vez el verdadero riesgo comience cuando nosotros dejemos de pensar por nosotros mismos. En Yo, Robot, la inteligencia artificial llega a una conclusión aterradora. En ella, los seres humanos deben ser protegidos incluso de sus propias decisiones. Para salvarnos, entonces, hay que limitar nuestra libertad. La película se estrenó en 2004. Veintidós años después, la escena parece bastante menos lejana.

No porque haya robots persiguiéndonos por las calles, sino porque comenzamos a delegar silenciosamente una cantidad creciente de decisiones, como por ejemplo sobre qué leer, qué mirar, qué comprar, qué camino tomar, qué música escuchar, qué escribir y hasta cómo responderle a otra persona. La inteligencia artificial hace nuestra vida más sencilla. Y ese es precisamente su enorme valor. Pero también allí aparece la pregunta incómoda: ¿cuándo la asistencia se convierte en dependencia?

Durante años imaginamos que el peligro llegaría cuando las máquinas pensaran como nosotros.

Durante años imaginamos que el peligro llegaría cuando las máquinas pensaran como nosotros.

El Foro Económico Mundial acaba de ubicar los efectos adversos de la inteligencia artificial como el riesgo que más crece cuando se mira hacia los próximos diez años: pasa del puesto 30 en el corto plazo al quinto en el horizonte de una década. Entre los escenarios que analiza aparece incluso la posibilidad de que partes crecientes de la vida social queden bajo el control de sistemas de IA. En la serie Black Mirror se vislumbró hace tiempo algo esencial, que la tecnología más inquietante no es necesariamente la que se vuelve malvada, sino aquella a la que entregamos voluntariamente demasiada parte de nuestra vida. Y la contradicción ya está entre nosotros.

En Argentina, el 56% de las personas cree que la IA permitirá ahorrar tiempo en las tareas cotidianas. Al mismo tiempo, el 44% reconoce que esta tecnología le genera nerviosismo. Queremos que haga cada vez más por nosotros, pero tememos qué puede ocurrir cuando lo haga. Entre los más jóvenes el desafío es todavía mayor. Más de la mitad de los chicos argentinos de entre 9 y 17 años ya utiliza inteligencia artificial y, entre quienes la usan, dos de cada tres lo hacen con fines escolares. Por eso quizás la discusión más urgente no sea tecnológica sino que es humana.

Podremos tener sistemas que conozcan nuestros gustos, anticipen nuestros deseos, redacten nuestros textos, organicen nuestras agendas e incluso nos aconsejen sobre decisiones personales. Pero eficiencia no equivale a la libertad. Y acertar no es lo mismo que elegir libremente con responsabilidad. Una inteligencia artificial puede mostrarnos cuál sería estadísticamente la mejor decisión. Lo que nunca deberíamos entregarle es el derecho a decidir qué consideramos una vida buena, qué estamos dispuestos a sacrificar por alguien, a quién queremos amar, en qué creemos o por qué vale la pena levantarnos cada mañana.

En Argentina, el 56% de las personas cree que la IA permitirá ahorrar tiempo en las tareas cotidianas.

En Argentina, el 56% de las personas cree que la IA permitirá ahorrar tiempo en las tareas cotidianas.

El problema del futuro quizá no sea una humanidad dominada violentamente por las máquinas. Puede ser algo mucho más sutil, una humanidad tan acostumbrada a ser asistida que termine perdiendo el hábito de decidir. Por eso la pregunta ya no debería ser solamente si algún día la inteligencia artificial podrá dominarnos. La pregunta verdaderamente urgente es otra, ¿cuánto de nuestra libertad estamos dispuestos a entregarle a cambio de comodidad? En Yo, Robot las máquinas deciden proteger al ser humano de sí mismo. En Black Mirror, casi siempre somos nosotros quienes construimos la prisión.

Tal vez todavía estemos a tiempo de escribir un final diferente. Porque la inteligencia artificial seguirá avanzando. La verdadera incógnita es si nuestra humanidad avanzará con ella.

* Adriana Sirito. Autora del libro Almafobia: La inteligencia espiritual en tiempos de inteligencia artificial.