La incertidumbre no es el problema: es la condición misma de vivir
Lejos de ser un error, la incertidumbre atraviesa el tiempo, el deseo y las decisiones, no se elimina: se habita, incluso cuando nada garantiza el resultado.
La incertidumbre no se supera, se habita.
Archivo.En un tiempo obsesionado con las certezas, la incertidumbre aparece como amenaza. Pero ¿y si no fuera el problema, sino la condición misma de vivir, desear y decidir, incluso cuando nada garantiza el resultado? Los días domingos tienen algo de laboratorio emocional. Baja el ruido de la semana, pero sube otro murmullo: el de los interrogantes que durante los días hábiles logramos postergar.
- ¿Estoy donde quiero estar?
- ¿Y si esto cambia?
- ¿Y si no alcanza?
No es casual que la incertidumbre se haga más audible cuando el tiempo afloja. Vivimos un tiempo que prometió reducir la incertidumbre a fuerza de datos, pronósticos y tutoriales. Aplicaciones que anticipan el clima con precisión quirúrgica; economistas que explican el dólar minuto a minuto; gurúes del bienestar que aseguran saber cómo vamos a sentirnos dentro de diez años si seguimos ciertos pasos. Y sin embargo, basta un mensaje que no llega, un estudio médico con resultados ambiguos, un trabajo que no llega (a pesar de nuestra insistencia y perseverancia).
Te Podría Interesar
La incertidumbre no es un error del sistema, es parte del sistema
Freud advertía que el ser humano no es “dueño de su propia casa”. Jacques Lacan lo expresó de un modo más crudo: no hay otro que brinde una garantía. No existe un saber definitivo que nos diga cómo vivir sin riesgo. Cada intento por clausurar la pregunta finaliza produciendo más angustia que alivio. Un dato de lo color puede confirmarlo. Durante la pandemia, cuando el trabajo inmediato se volvió radicalmente incierto, crecieron de forma sostenida tanto las consultas por ansiedad como el consumo compulsivo de información. Horas frente a noticieros y redes sociales, no para saber más, sino para intentar domesticar lo indomesticable. La paradoja fue evidente: cuanto más se buscaba la certeza, más crecía la inquietud.
En la vida cotidiana la incertidumbre se cuela en escenas mínimas
Por ejemplo, en una mesa familiar donde nadie sabe si habrá vacaciones este año. En el profesional que duda si aceptar un cambio laboral en un país que parece no dar tregua. En un vínculo afectivo que aparentemente funciona, pero no promete. Convivir con la incertidumbre no es resignarse ni adoptar un optimismo ingenuo. Es aceptar que no todo puede anticiparse ni controlarse y que aún así, hay decisiones posibles. Sin incertidumbre no hay deseo. Si todo estuviese garantizado, sólo quedarían rutinas bien aceitadas pero vacías de vida.
Solemos confundir certeza con seguridad. Y no son lo mismo. La seguridad no proviene de tener todas las respuestas, sino de poder sostener las preguntas sin desmoronarse. Elegir sabiendo que puede salir mal. Amar sin promesas eternas. Apostar, incluso en contextos inestables, donde el futuro rara vez viene expresada en letra chica clara. El desafío contemporáneo no es eliminar la incertidumbre, sino aprender a convivir con ella sin convertirla en enemiga. Aceptarla como una presencia incómoda como espacio donde algo nuevo puede surgir. Porque vivir no es avanzar con un mapa completo, sino animarse a dar pasos cuando el camino todavía se está trazando.
La incertidumbre no se supera: se habita. El problema no es saber qué va a pasar, sino vivir como si hubiera que saberlo todo para poder vivir.
* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta. Pueden ver su programa Megapsinepolis por YouTube



